Tradiciones y costumbres barcelonesas de la noche de San Juan

23 junio, 2015 | Barceloneses, Insólito

Por San Juan se celebra una de las fiestas más importantes de todo el arco mediterráneo: se festeja el solsticio de verano, el momento del año en que el Sol se sitúa en el punto más alto en relación con la Tierra y, por tanto, el día es más largo. Es una fiesta de origen pagano que el cristianismo asimiló a la celebración del nacimiento de san Juan Bautista, primo de Jesús, de quien la tradición dice que nació justo medio año antes. Se le considera su precursor, porque predicaba el bautismo de las personas, y fue él quien bautizó a Jesucristo.

San Juan es una de las celebraciones más antiguas y más sonadas del calendario festivo. Es el momento del año en que el Sol extiende su reinado a gran parte de las celebraciones, y las tradiciones reflejan, de una manera o de otra, el culto a este astro. Las hogueras y los petardos que iluminan la noche son dos de las tradiciones más vistosas y conocidas, pero ese día hay muchas más, como la torta de San Juan, los baños y la recolección de hierbas medicinales, que, cosechadas ese día, tienen más y propiedades curativas.

Los romanos ya tenían unas fiestas similares, en honor a la diosa Pales. Así lo explica el folclorista Joan Amades: “Las fiestas y las costumbres de la noche de San Juan recuerdan mucho a la Parilia romana, o sea a las fiestas en honor de Pales, que había sido la divinidad del fuego. Durante estas fiestas se creía que las aguas y las hierbas tenían virtud y se encendían hogueras que, según nos cuenta Ovidio, la gente saltaba tres veces, a fin de obtener salud y felicidad.” Estas tradiciones llegaron, de alguna manera, hasta los tiempos actuales, porque todavía hay quien salta la hoguera por San Juan.

Aunque es una celebración muy extendida por todo el Mediterráneo, en cada población adopta unas características propias. Explica Amades que en Barcelona era costumbre acercarse a la Fuente de Sant Joan que había en la calle de la Avellana, porque los barceloneses creían que así se libraban de padecer dolor de cabeza durante todo el año. Y también había gente que iba a mojarse la cabeza, el brazo o la pierna en un surtidor del paseo de Sant Joan, en uno del paseo de Gràcia o en la fuente dedicada a Galceran Marquet de la plaza de los Framenors, conocida hoy como plaza del Duc de Medinaceli.

Y es que la noche de San Juan está llena de rituales mágicos. Amades, en su Costumari Català, explica: “Nuestros abuelos barceloneses recogían brasas y tizones de la hoguera y al punto de la medianoche los echaban a los pozos para purificar el agua, diciendo: ‘San Juan Bautista, / apóstol y evangelista / por la virtud que Dios os ha otorgado / guardad el agua del pozo / de brujas y hechizos.’”

Según el mismo folclorista, el paseo de Sant Joan, conocido antiguamente como paseo Nou, debería su nombre definitivo a que mucha gente iba allí a pasear y a divertirse en dicha noche. Eso sí, intentaban no alejarse demasiado del paseo, porque en aquella época la zona todavía estaba muy poco urbanizada y se creía que, si alguien se adentraba en un lugar despoblado, podía toparse con las hijas del rey Herodes, unos seres fantásticos que aquella noche rondaban, bailando, por sitios despoblados y hechizaban a los mortales que se iban encontrando, los cuales quedaban condenados a seguirlas y a bailar con ellas hasta el fin de los tiempos.

Las hogueras son una de las grandes tradiciones de San Juan. Según explica Amades, en la Vila de Gràcia era costumbre encender dos fogatas. Una en el cruce del paseo de Gràcia con la avenida Diagonal y la otra en los Josepets, la actual plaza de Lesseps. Ambas hogueras se rodeaban con todas las sillas viejas y destartaladas que se habían podido recoger. Explica también el folklorista que en 1780 se prohibieron las hogueras en el interior del recinto amurallado para evitar los incendios; por eso la gente salía a pasear por la muralla e iba a ver los fuegos del exterior del recinto. Uno de los puntos más visitados era el convento de Sant Pere de les Puel·les, porque las monjas encendían una gran hoguera en el huerto, y así la gente podía ver el fuego de cerca.

En el ámbito gastronómico, la torta de San Juan es la gran protagonista de la velada. Amades explica que antiguamente era costumbre que el vecindario de una calle encargara una torta colectiva que, en ocasiones, llegaba a medir varios metros de longitud. El panadero tenía que usar todo el ingenio para poder cocerla, y los vecinos, normalmente los niños, la llevaban a hombros hasta el lugar donde se celebraba la verbena.