“Las tareas de cuidado son muy duras, y por eso recaen en las mujeres migradas”

Entrevista. Hablamos con Carmen Juares, de la Asociación Mujeres Migrantes en Cataluña, que apoya a uno de los colectivos más invisibilizados: las mujeres migradas trabajadoras del hogar y del cuidado. Ha compartido con Leticia Dolera el pregón de la Mercè.

Carmen llegó a Barcelona desde Honduras hace trece años y, de estos, se ha pasado seis viviendo con una persona mayor y atendiéndola casi las veinticuatro horas del día. Huyendo de la violencia de su país de origen, cayó en otro tipo de trampa: la vida de las mujeres que cuidan de nuestros mayores, en condiciones a menudo de explotación y perdiendo por el camino la autoestima, los derechos y, a veces, un buen futuro. Pero Carmen, como la mayoría de las que llegan a Cataluña, se ha hecho todavía más fuerte, y ahora no solo ayuda a compañeras a salir del pozo, sino que empieza a tener voz para reivindicar, ante las administraciones y los políticos, los derechos que le pertenecen. No quiere caridad ni condescendencia. Reclama lo que les corresponde: los mismos derechos de los que disfrutan el resto de trabajadoras y trabajadores. Estos días los ha reclamado como invitada a compartir el pregón de La Mercè junto a Letícia Dolera y no se ha mordido la lengua a la hora de hablar de las condiciones de vida de muchas mujeres sin otra salida que encargarse de las peores tareas de cuidado.

Huiste de Honduras por la violencia. Mataron a tu padre delante tuyo.

Sí, por eso no me siento hondureña. Es una sociedad que no respeta los derechos humanos más básicos, mayoritariamente machista, con muchos feminicidios sin castigo. No, no lo siento como mío.

¿Y aquí te has sentido acogida?

Bueno, por un lado en Cataluña me siento más a gusto y en general estoy feliz de vivir aquí. Es aquí donde he encontrado las condiciones que buscaba para desarrollarme como persona. Pero por el otro, hay momentos en los que no me siento aceptada del todo. De vez en cuando algún comentario o alguna actitud, incluso racista, me hace pensar que aunque hablo catalán, que vivo y trabajo desde hace muchos años aquí, hay una parte de la población que todavía no me ve como una ciudadana más.

Cuando llegaste a Cataluña, buscaste trabajo y acabaste trabajando como cuidadora de una persona mayor.

Sí, parecía, y todavía lo parece, que, si vienes de fuera de Europa, no tienes papeles, eres morena y joven, la única cosa que puedes hacer son tareas de cuidado: personas mayores, niños o limpieza. Pero incluso aquí hay niveles de explotación. Convivir las veinticuatro horas con una persona mayor, que requiere mucha atención, provoca tensión. Si le sumas que no tienes un espacio propio, ni mucho tiempo libre para ti, y que cobras una miseria, pues es muy duro. Estuve cinco años. Encerrada.

Pero también te he oído hablar alguna vez de la responsabilidad que tiene la ley de extranjería en esta situación.

Es que es así: con la actual ley de extranjería es muy difícil, casi imposible, conseguir papeles, y los trabajos donde todavía la gente se atreve a no hacer contratos son los que menos se ven. Aparte de la situación de vulnerabilidad a la cual nos fuerza esta ley: no nos da nada de capacidad de negociación con las personas que nos contratan. Es aquello de “Si tú no lo aceptas, hay muchas otras que lo aceptarán”.

“El menosprecio por tu trabajo y por tu persona es tan evidente que realmente acabas pensando que no sirves para nada”

¿Cómo salís adelante las personas que realizáis estas tareas?

Pues algunas mejor que otras. Lo cierto es que todas sufren problemas de salud por no cuidar de sí mismas, y todas tienen una autoestima bajísima. El menosprecio por tu trabajo y por tu persona es tan evidente que realmente acabas pensando que no sirves para nada. Cuando empecé a estudiar, estaba convencida de que no me iría bien, que no serviría para estudiar.

¿Te ha ido mal?

No del todo [sonríe]: este año he hecho el primer curso de la licenciatura en educación social, he sacado cinco matrículas, y el resto, excelentes y notables… Por suerte, cuento con el apoyo de mi familia y los ánimos y la fuerza que me dan mis compañeras.

¿Sigues trabajando mientras estudias, verdad?

Soy trabajadora familiar desde hace cinco años en el Servicio de Atención Domiciliaria (SAD) del Ayuntamiento de Barcelona, que no solo atiende a personas mayores, como casi todo el mundo cree, sino que atendemos a gente en todo el ciclo de la vida, en el marco de la ley de dependencia.

Y, además, dedicas muchas horas a la Asociación Mujeres Migrantes en Cataluña. ¿Cómo surgió esta asociación?

La verdad es que el primer núcleo de Mujeres Migrantes surgió en un encuentro en una manifestación por nuestros derechos. Creamos un grupo de móvil, que se convirtió en un grupo de apoyo mutuo. Poco a poco fue creciendo y, al final, para poder hacer más cosas, nos constituimos en asociación. Ya somos más de doscientas mujeres, y seguimos creciendo.

¿Qué hacéis en la asociación?

Pues trabajamos juntas para poder salir adelante y superar los obstáculos que nos vamos encontrando. Eso quiere decir, por ejemplo, organizar cursos de catalán durante los fines de semana, ya que, por las características del trabajo, entre semana no pueden asistir, y el idioma es la primera barrera para pedir el arraigo social. También ayudamos a compañeras que acaban de llegar y se encuentran con la jungla que es la ley de extranjería. Otra tarea que llevamos a cabo es acompañar a las compañeras que se sienten con ánimos de interponer denuncias contra sus contratantes, por falta de pago, por maltratos, por el incumplimiento de tratos. Y digo “tratos” porque muchas no tienen contrato. A menudo la base del acuerdo no está ni escrita. En esta tarea contamos con la ayuda del Centro de Información para Trabajadores Extranjeros de CCOO. Ah, y ahora también empezaremos el programa “Xerrem”, que las propias compañeras han pedido y organizado, para poder practicar la lengua catalana y sentirse más seguras a la hora de realizar el “test de integración” para obtener el arraigo.

¿Las familias de aquí se aprovechan de la situación de las mujeres migrantes?

No se puede generalizar, hay de todo, pero la vulnerabilidad de las mujeres es extrema, y es muy fácil caer en el pensamiento de que ya les está bien que alguien las contrate, aunque sea con estas condiciones. No está mal visto “explotar”. Incluso, o quizás aún más, en el caso de las familias que tienen suficientes recursos. Sea como sea, tampoco defiendo los que no tienen mucho dinero y los que la ley de dependencia, que sabemos que está poco dotada de recursos, no ayuda. ¿Por qué tenemos que ser nosotras las que pagamos estas carencias?

¿Qué tienen que hacer las familias para cuidar a los que lo necesitan?

La ley de dependencia no aporta soluciones por falta de voluntad política (estos mismos políticos a veces son los que explotan mujeres migradas en su casa), pero las personas nos debemos corresponsabilizar del cuidado de nuestros familiares. Podría explicar infinitas historias de compañeras sobre las cuales recae todo el cuidado de una persona, mientras que los familiares no participan en nada.

“Existe un discurso feminista blanco y acomodado que no siempre hace partícipes a las mujeres del sur, racializadas y de otras religiones”

¿Y a las administraciones qué les dirías?

Para empezar, es evidente que la ley de extranjería es la principal barrera que impide llevar una vida laboral y, por lo tanto, una vida personal digna. Pero también es evidente que, si España firmara el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, en el que se equiparan los derechos de las trabajadoras del hogar con los de otras trabajadoras, las condiciones mejorarían, porque de repente algunos comportamientos caerían directamente fuera de la legalidad. Y, para terminar, déjame decir que incluso las administraciones más sensibles a nuestras luchas a veces no entienden que nos resulta difícil organizarnos y que necesitamos soluciones que quedan fuera de los estándares de las actuaciones clásicas. Ya he explicado que hemos tenido que ser nosotras mismas las que organizamos cursos durante los fines de semana, porque es la única posibilidad de que puedan asistir las compañeras que lo necesitan.

Finalmente, ¿cuál es la aportación de vuestra lucha a la lucha feminista?

La visibilización de las tareas de cuidado domésticas es una lucha común a todo el mundo: queremos ser valoradas por el trabajo que hacemos, como personas y como mujeres. Porque se trata de derechos, de derechos humanos. Con respecto a los movimientos feministas, a veces muchas mujeres migradas no nos sentimos del todo representadas. Existe un discurso feminista blanco y acomodado que no siempre hace partícipes a las mujeres del sur, racializadas y de otras religiones.

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