¿Qué hacían los barceloneses del siglo XIX por la Purísima?

Aunque el dogma de la Inmaculada Concepción no se reconoció hasta la segunda mitad del siglo XIX, la devoción de la ciudad de Barcelona por la Purísima viene de muy lejos. Fue el Consejo de Ciento, en 1390, el que instauró la fiesta. Desde entonces, nuevos acontecimientos le han añadido particularidades, hasta llegar a su punto culminante en la segunda mitad del siglo XIX. Así lo explica el historiador Jordi Montlló en su libro Nadal a cel obert. Les fires de pessebres a Barcelona. ¿Quieres saber cuáles son?

Tradicionalmente, la festividad de la Purísima es considerada la primera fiesta del ciclo navideño, que se cierra con la Candelaria, el 2 de febrero. Un ejemplo de este cambio de ciclo es que, a partir del 8 de diciembre, en Barcelona se vendían los primeros turrones y barquillos del año. Se podían comprar en la feria de la Purísima, muy concurrida, que se celebraba en la plaza de Sant Jaume y en las calles adyacentes, como la calle de Ferran. Por eso, la Inmaculada Concepción era considerada popularmente una virgen turronera.

En cuanto a los belenes, Joan Amades explica que por la Purísima los pesebristas de bien no compraban nada. Era una jornada en la que se paseaban por la feria de la plaza de Sant Jaume para mirar y echarle un ojo a las novedades del mercado. Pero la mayoría adquirían todo lo que necesitaban para montar el belén el día de Santa Lucía, que era cuando se hacía la gran feria de este género en torno a la Catedral.

Amades también explica que la Purísima era la patrona de todos los gremios que tenían que amasar para producir sus artículos: panaderos, pasteleros, cereros, fideeros, confiteros, etcétera. La adopción del patronazgo de la Virgen bajo la advocación de la Purísima era un símbolo, ya que hacían un tipo de trabajo en que se podían adulterar muy fácilmente los productos. Por eso la eligieron como patrona, porque simbolizaba la pureza de elaboración.

Además, todos estos gremios tenían una capillita con su imagen. Los confiteros la adornaban con hostias de colores y flores de papel, y los cereros, con candelitas de colorines. También era muy común que, durante la octava de la fiesta, pusieran un pequeño limón colgado de las manos de la imagen. Eso representaba la incorruptibilidad, porque existía la creencia popular de que este fruto es siempre puro y nunca se corrompe. Además, los panaderos solían regalar cocas a la clientela, los cereros, candelitas, y los confiteros, hostias.