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La mirada poscolonial. Una reacción a la invisibilidad

Lun 18/03/2019 | 10:30 H

Por Isaias Fanlo. Académico e investigador

El mundo en que vivimos ha sido moldeado, a lo largo de la historia, por las expansiones coloniales de las naciones de Occidente, y por la creación de diferentes estados en los territorios subyugados a estos imperios. Los nuevos estados nacidos en América Latina primero y, de manera más reciente, en África y el Caribe, tuvieron que plantearse qué hacer con este legado imperial, como superarlo y como vertebrar una historia propia y genuina, sin caer en el olvido. Por otra parte, la resistencia, por parte de las antiguas metrópolis, a incorporar relatos que no fueran suyos (relatos disidentes, subalternos) en el imaginario global ha terminado generando una dinámica de privilegios y de olvidos. La mirada poscolonial supone una reacción, desde el ámbito del pensamiento y de la academia, a la invisibilidad de estas personas. La premisa es clara: sus historias también merecen ser escuchadas.

El pensamiento poscolonial se formula como reacción a los discursos ideológicos que quieren invisibilizar el desarrollo desigual de los pueblos, las naciones y las comunidades no-hegemónicas. Su emergencia coincide, lógicamente, con el fin de la guerra fría, y por tanto, con el colapso de la estructura binaria que enfrentaba capitalismo y comunismo. Homi K. Bhabha aventura una definición acertada: "La crítica poscolonial analiza la fuerza desigual y desequilibrada de las manifestaciones culturales vinculadas a la lucha por tener autoridad política y social en el orden del mundo moderno. Las perspectivas poscoloniales surgen del testimonio colonial de los países del tercer mundo y de los discursos de las 'minorías' dentro de las divisiones geopolíticas de este y oeste, de norte y sur." ('The Location of Culture', p. 171)

LA LITERATURA POSCOLONIAL DA UN PASO ADELANTE
El poscolonialismo cuestiona la mirada eurocéntrica, que había limitado, tradicionalmente, su espectro de análisis a las culturas occidentales –y que, en consecuencia, no le había otorgado validez a otras tradiciones. En el caso de las letras, este cambio de paradigma se ha concretado en una mayor diversidad en el mercado literario, y también en la necesidad de cambiar la academia: por ejemplo, muchos departamentos de inglés de los Estados Unidos han pasado a llamarse "de letras anglófonas" para incorporar autores y autoras que escriben en inglés desde espacios no centrales, como India o determinados países de África.

Las voces subalternas comienzan a ser escuchadas. Incluso unos premios tan tradicionales como los Nobel han empezado a tener en cuenta a partir de los años 80 (coincidiendo, y no por casualidad, con el auge de los estudios poscoloniales), a escritores nacidos en África (como Naguib Mahfuz, 1988; Nadine Gordimer, 1991; o JM Coetzee, 2003), en China (Gao Xinjian, 2000; y Mo Yan, 2012), y también escritoras y escritores racialitzados (Wole Soyinka, 1986; Toni Morrison, 1993). V. S. Naipaul merece una mención aparte. Nacido en Trinidad y Tobago y de orígenes hindúes, recibió el premio Nobel de Literatura en 2001. Una parte destacada de su obra se adentra en paisajes y recupera historias silenciadas de países africanos y, especialmente, del Caribe, y ha sido considerado como uno de los análisis más punzantes de los restos del mundo colonial. Sin embargo, todo sea dicho, algunas voces importantes de los estudios poscoloniales, como Edward Said, criticaron a Naipaul por haber hecho un retrato frío, despiadado, e incluso con clichés eurocéntricos, de África.

Otro nombre importante de la literatura poscolonial es la escritora británica Zadie Smith, que en novelas como 'Dientes blancos' se adentra, con una mirada híbrida entre el naturalismo y la fantasía, en un Londres multicultural a través de su protagonista, Irie Jones, hija de un británico y una jamaicana. Hanif Kureishi o Salman Rushdie son otros nombres conocidos que han trasladado la mirada poscolonial al centro de la escena literaria.

TEATRO POSCOLONIAL CONTRA LOS DISCURSOS HEGEMÓNICOS
En Cataluña tenemos una deuda considerable con tradiciones teatrales que desplacen la mirada de los espacios geosociales del sujeto normativo. En nuestro país, la presencia de voces subalternas es poco habitual –y no es suficiente con el éxito de las obras de Wajdi Mouawad que, a pesar de dirigir de una manera crítica la forma en que Occidente ve la masculinidad árabe como una amenaza, y cuestionar el papel de fotógrafos y periodistas occidentales a la hora de escribir un relato de Oriente Medio, lo hace, estilísticamente, con piezas que se nutren de la tragedia clásica, entre otros. Habría que destacar, sin embargo, el nombre de la dramaturga Helena Tornero, que a partir de una estancia en el campo de refugiados de Nea Kavala (Grecia) en el marco del proyecto Paramythádes, ha recogido testimonios de refugiados y ha trabajado conjuntamente con estas personas para darles una voz escénica. Parte del trabajo se hizo patente en el espectáculo 'Kalima (Paraules)', representado en la Sala Tallers del TNC a finales de 2016, y también en 'El futur' (Sala Petita, marzo-abril de 2019).

La mirada poscolonial no sólo proporciona un relato válido para los pueblos emancipados, sino que establece intersecciones con otros tipo de narrativas nacionales, culturales y sociales. Dicho de otro modo, el teatro poscolonial no solo nos muestra historias que no conocemos y que nos son ajenas, sino que también hace que nos planteemos nuestro posicionamiento hacia el mundo, desde qué punto de privilegio observamos las cosas, y qué historias escapan al relato hegemónico. Por ejemplo, no hace tanto, el Court Theatre de Chicago hizo una producción memorable de la obra sudafricana 'Sizwe Banzi is Dead', una pieza de Athold Fugard, construida a partir de improvisaciones con dos actores. 'Sizwe Banzi' denuncia como el apartheid es capaz de devastar la dignidad humana. Hoy día, casi cincuenta años después de su estreno, la pieza se ha convertido en una denuncia de la opresión de los colectivos privilegiados sobre los discriminados, no solo en Sudáfrica, sino también, como funcionaba en el caso de Chicago, de las dinámicas de privilegio y opresión entre las comunidades blanca y negra.

La terminología y el desafío de las perspectivas hegemónicas del pensamiento poscolonial nos han sido muy útiles a la hora de vertebrar un discurso riguroso sobre, por ejemplo, los sujetos racializados dentro del teatro catalán. Todavía hay mucho trabajo por hacer, pero: tenemos un abanico amplísimo de textos no-occidentales que vale la pena llevar a la escena de este país, y quedan, también, muchas preguntas que podemos hacernos como sociedad arriba de los escenarios. Pienso que, como gente de cultura, es nuestro deber y nuestra responsabilidad  abrirnos a relatos subalternos, y a aprender de sus historias emocionantes y diferentes.

Al fin y al cabo, no podemos negar que habitamos un mundo poscolonial, donde las personas van de un lugar a otro (demasiado a menudo huyendo de la guerra y la miseria) y sus historias se nutren de otras historias, se modifican a partir de vivencias globales y de flujos migratorios. Edward Said afirma que hoy en día es raro encontrar personas con una sola nacionalidad. La frontera es un concepto anacrónico y, al mismo tiempo, extremadamente vigente, porque ha mutado en otros tipos de umbrales, como el digital: la sociedad de vigilancia y de control ha encontrado, parece ser, una manera perversa y aterradora de sobrevivir. La mirada poscolonial, en este sentido, nos da las armas discursivas necesarias para entender este mundo, para cuestionar los posicionamientos hegemónicos y para formular, desde la cultura, el pensamiento y el activismo, una resistencia.

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