Recuperar el acueducto romano, reivindicar la historia

La restauración del acueducto romano en la plaza del Vuit de Març, en el barrio del Gòtic, en Ciutat Vella, recupera para la ciudadanía una pieza clave de la historia de la ciudad. Los restos arqueológicos fechan de finales del siglo I a. C. y formaban parte del canal de 13 kilómetros que traía el agua desde Montcada.

07/08/2018 15:00 h

Redacció

La actuación forma parte del Plan Bàrcino y tiene el objetivo de visibilizar el acueducto, ahora difícil de identificar porque está totalmente integrado en la pared medianera del edificio donde se encuentran los restos arqueológicos.

En concreto, se destacarán el canal, las cuatro arcadas y los pilares gracias a la limpieza del material sin valor que rodea los restos y a la liberación del espacio en los puntos donde sea posible, ya que la pared sirve de apoyo al edificio.

Además, se excavará por debajo del nivel de la calle actual para hacer visible la base de los pilares y se perciba así la dimensión original del acueducto, de unos 11 metros de altura.

Se prevé que la restauración se termine el primer semestre del 2019 y tiene un presupuesto de 345.000 euros, que se han financiado con ingresos de las lonas publicitarias de cobertura de edificios.

El acueducto romano, primer edificio público

El acueducto romano, que conducía el agua a lo largo de 13 kilómetros desde Montcada hasta la plaza Nova de Barcelona, fue el primer edificio público de la ciudad, fecha de finales del siglo I a. C. y funcionó hasta los siglos VI-VII. El Rec Comtal es heredero de este primer acueducto.

Al principio de la Edad Media se produjo un cambio de mentalidad y lo que hasta entonces se había considerado un bien público de servicio ciudadano pasó a considerarse un bien de consumo generador de riqueza.

Con la inutilización del acueducto, la estructura sirvió de base de nuevos edificios, hasta que en el año 1988 el derribo de las casas de la calle de Duran i Bas puso al descubierto los restos. El aviso al Museo de Historia de Barcelona de un vecino de Ciutat Vella, Alfred Lloré, permitió su preservación.

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