Manuela Carmena, pregonera

La sonrisa como arma de construcción masiva

La antigua alcaldesa de Madrid es una mujer, feminista y luchadora, que apuesta por el acercamiento entre las dos ciudades y que hace frente al odio y la intolerancia con una sonrisa en los labios.

Unas finanzas saneadas y unas medidas medioambientales que tarde o temprano acabarán aplicando todas las capitales europeas son parte de la herencia de quien fue la alcaldesa de Madrid entre el 2015 y el 2019. Pero lo que más recordarán los ciudadanos es su estilo de hacer política, que elogia incluso The New York Times. “La frugal mujer de izquierdas que sacude Madrid”, así se titulaba un artículo del rotativo que destacaba la frescura y sencillez de una jueza emérita y estrictamente laica que, de alcaldesa, se llevaba al trabajo la fiambrera con el desayuno... o cocinaba personalmente para los visitantes. Porque, en un tiempo de excesos y de sentimientos exacerbados que se imponen a la razón, ella nos descubrió que la sencillez es el lujo más selecto, que se puede ser justo sin ser severo, que la eficiencia y la amabilidad no son conceptos opuestos, que se puede responder a las críticas más ásperas con una sonrisa. Y, especialmente, que la experiencia, más que un grado, es el complemento perfecto para el empuje de la juventud. 

Nació en Madrid, donde sus padres tenían una tienda de camisas, en la Gran Vía. Como tantas otras niñas de su época, estudió en un colegio de monjas y, ya de mayor, se licenció en derecho en Valencia. Era 1965. Después de afiliarse ese mismo año al Partido Comunista, se trasladó a Barcelona huyendo de una represión que ya la había hecho pasar dos veces por el calabozo. Se quedó en la ciudad de 1966 a 1969, y estableció relaciones con intelectuales y luchadoras de la época como Montserrat Roig y Mercè Olivares, con quienes creó la asociación Dones Democràtiques. De vuelta en Madrid, fue cofundadora del despacho de abogados laboralistas de la calle de Atocha, donde, en 1977, la Transición corrió un serio peligro con el asesinato a manos de la ultraderecha de cinco de los profesionales y sindicalistas que trabajaban en sus oficinas. Un compañero le había pedido intercambiar el despacho. Y atender aquella petición le salvó la vida. Fue el contacto más intenso de Carmena con un odio que no ha conseguido nunca marcar su forma de hacer, posiblemente por decisión personal. 

En 1981 cambió la abogacía por la carrera judicial y empezó una trayectoria como jueza que la llevó al Consejo General del Poder Judicial, pero también a convertirse en una de las fundadoras de la asociación progresista Jueces para la Democracia. Se jubiló en el 2010, pero acabó montando un negocio a su medida: una empresa dedicada a comercializar productos elaborados por presos. Sin embargo, la vida tranquila no estaba hecha para una mujer con mayúsculas que acabaría presentándose como candidata a la alcaldía de Madrid.

Manuela Carmena dice que hoy, como mínimo en el Ayuntamiento de Madrid, “ya no es nadie”, pero está claro que se equivoca. En Madrid, pero también en Barcelona y en muchas ciudades más, es un referente del idealismo político llevado con éxito a la práctica, un ejemplo viviente que nos recuerda que el odio solo triunfa si le abrimos la puerta. Y que, bien utilizada, una sonrisa puede convertirse fácilmente en un arma de construcción masiva.