Barcelona, fronteras urbanas

En el nudo de la Trinitat confluyen las rondas con algunas de las grandes vías de conexión con las comarcas del norte.

Hay infinidad de fronteras en Barcelona. Las sociales, que separan modos y posibilidades de vida (el concepto de upper Diagonal, el Paral·lel y la Rambla encajonando miseria en el Raval, la desigualdad entre los barrios colindantes de Besòs-Maresme y Diagonal Mar); las naturales (el mar, la montaña, los dos ríos); las artificiales (carreteras, carreteras, carreteras), y las de toda la vida (la Riera Blanca). Un vistazo al nombre y las características de los barrios fronterizos confirma que, por norma general, en la periferia de la metrópolis la vida es más dura, más cuesta arriba. Pero la historia de la ciudad, las anexiones de los antiguos municipios a finales del siglo XIX y principios del XX y la consiguiente absorción de las casas de veraneo de la burguesía barcelonesa son también el origen de los barrios más ricos de Barcelona; muchos de ellos, también en la frontera.

La sierra de Collserola

Durante la Edad Media, Barcelona tenía jurisdicción criminal propia. Así, para avisar a los que entrasen en la ciudad de cómo las gastaba la justicia a este lado del Tibidabo, se colocaban horcas a lo largo de las lindes municipales, en zonas de paso y cruces, allá donde pudiesen ser bien visibles al forastero. La última de estas horcas, la más lejana al centro de poder de la ciudad, la más fronteriza, era la quinta horca [en catalán, “la quinta forca”, expresión equivalente a la castellana “el quinto pino”]. La de Finestrelles, la de la Trinitat. Hoy en día, uno sale del metro de Trinitat Vella y lo primero que oye es el rumor apagado de motores de coche. Es un sonido constante, sin demasiada estridencia, más allá de los cláxones. Un runrún que se dilata en el espacio y el tiempo de un barrio partido en dos, la Trinitat.

La parte vieja se encuentra encorsetada por la entrada a Barcelona de la Meridiana (C-33), el final de la autopista C-58, el nudo de la Trinitat y el primer tramo de la ronda de Dalt. Tanto cemento no entiende de proporciones humanas. Pero la Trinitat también linda con la frontera fluvial del norte de Barcelona —el río Besòs— y dispone de un pulmón verde considerable, que ocupa la parte interior del nudo de la Trinitat, lo que hace que, además del ruido de los motores, por esta zona también se escuche el piar de los pájaros. Por aquí empieza también —en Torre Baró— la sierra de Collserola.

La Trinitat es un barrio humilde, popular, que ya cuenta con más de un siglo de historia. Antes, unas pocas masías formaban el núcleo habitado, pero desde los años veinte del siglo pasado esta ladera de la colina de Finestrelles empezó a acoger inmigrantes aragoneses, valencianos y murcianos, que venían a trabajar en las obras de prolongación del metro y de la Exposición Internacional de 1929 y que levantaban sus propias casas. Un paseo desde el parque de la Trinitat, enfilando la calle de la Madriguera, permite encontrar viviendas de principios del siglo XX, alguna con pasillo comunal y patio. Según datos del Ayuntamiento, en 2016 Trinitat Vella tenía un índice de renta familiar disponible bruta de 48,9 puntos, siendo 100 el índice medio de los barrios de Barcelona. Esto quiere decir que, en la lista de los 73 barrios ordenados por renta familiar, ocupan el puesto 70.

Atravesada la Meridiana, se llega a Trinitat Nova. Esta es la zona más alta de Barcelona, la que queda por encima de la ronda de Dalt y parece querer remontar el Besòs. Trinitat Nova es el segundo barrio más pobre de la ciudad. Ahí la candidatura de Ada Colau se llevó el 39,6 % de los votos en las últimas elecciones municipales, frente al PSC, que quedó segundo, con un 15 %. Más arriba de la Trinitat se encuentra Torre Baró, el tercer barrio más pobre; y aún más arriba, Ciutat Meridiana, villa desahucio, el más pobre de los 73 barrios, con un índice de renta familiar de 34,3 puntos para un 100 de media. Y ya en la ribera del Besòs, el barrio de Vallbona: 1.354 residentes en el extremo norte de la ciudad que para salir de su barrio han de cruzar el haz de autovías que conforman la C-17, la C-58 y la C-33. Unos veinte carriles.

Carreteras

En la lejana calle de Roger de Flor, en el barrio de la Dreta de l’Eixample, colindando con la estación del Nord, nace la calle de Ribes. Antiguamente era un camino que conectaba el centro de la ciudad con el Vallès, Vic y los Pirineos. Ahora, en su primer tramo con ese nombre, llega hasta la plaza de Les Glòries. Más allá, la carretera de Ribes pasa a llamarse calle del Clot. Pasado Felip II, Carrer Gran de la Sagrera. Pasado el parque de la Pegaso, Carrer Gran de Sant Andreu. Y más allá del paseo de Santa Coloma, recupera su nombre original: carretera de Ribes. Todo este recorrido urbano de la antigua carretera es el que cubren hoy en día los carriles de la avenida Meridiana y, por extensión, la C-33 y la C-17. Con sus 7,1 quilómetros de longitud, es la tercera vía más larga de la ciudad, por detrás de la Diagonal y la Gran Via y, junto a ellas, conforma la estructura básica viaria de salida y entrada de la ciudad. Más allá ha sido y es un foco de protesta social, que demanda su soterramiento. Así, la Meridiana también es la imagen del modelo de ciudad basado en el uso preeminente del vehículo privado.

Desde el puente de Sarajevo —que conecta Trinitat Vella y Trinitat Nova por la calle de Almassora—, se puede salvar a pie esta autovía urbana. Justo donde pone aquello de “Benvinguts a Barcelona”. Pararse a mirar un rato hacia la ciudad y otro rato hacia el Vallès merece la pena, por inquietante y caótico. A un lado, el armatoste de la cementera Lafarge. Por el otro, el llano de Barcelona, contaminación, y la torre de la plaza de Les Glòries, lejana. Ese iba a ser para Cerdà el nuevo centro de la metrópolis, al enlazar allí las tres vías trascendentales: Meridiana, Diagonal y Gran Via. Sin embargo, ha actuado ya históricamente como separación del centro y la zona industrial, más empobrecida.

La ronda de Dalt divide los barrios de montaña de la ciudad, operando como frontera virtual, sobre todo en los tramos que no están soterrados. Un paseo de tres cuartos de hora en el bus 60 atraviesa de cabo a rabo la Barcelona de montaña y transporta al pasajero por realidades contrapuestas. Una enumeración rápida de los barrios por los que pasa la línea de bus 60: Verdum (puesto 65 de 73 en renta per cápita), Les Roquetes (59), la Guineueta (63), Canyelles (64), Horta (42), Vall d’Hebrón (32), la Teixonera (47), Sant Genís dels Agudells (33), Vallcarca i Els Penitents (15), Sant Gervasi - la Bonanova (4), Vallvidera, el Tibidabo i Les Planes (11), Sarrià (5) y, por último, Pedralbes, que, con un índice medio de renta familiar de 242,4 (siendo 100 la media de Barcelona), es el barrio más rico de la ciudad. Barcelona en Comú fue la fuerza más votada en todos estos barrios en mayo del 2015, excepto en Vallcarca, Sant Gervasi, Vallvidrera, Sarrià y Pedralbes, donde ganó CiU.

Alguien que entre en coche a la ciudad por la Meridiana descubrirá cemento, dos monstruosos muros laterales a cada lado de la vía y bloques de edificios, así como una ausencia alarmante de espacios verdes. Si entra por el lado contrario, por la B-23, por la Diagonal, verá nada más ingresar en la ciudad el parque de Cervantes, el de los jardines de Pedralbes o más allá el Turó Park. También verá universidades, sedes de empresas multinacionales y bancos, hoteles, promociones de vivienda de lujo y aceras con abundante vegetación.

La Riera Blanca

Las crónicas de Xavier Theros señalan que por la zona de Can Caralleu —un barrio apartado del resto de la ciudad, a medio camino entre los accesos al túnel de Vallvidrera y el monasterio de Pedralbes— bajaban antiguamente algunas rieras. Una de ellas discurría por los lechosos depósitos de caolín de Collserola, y por eso la llamaron Riera Blanca. Actualmente la Riera Blanca empieza en la Ciutat de la Justícia y acaba en el Camp Nou, aunque su origen parezca remontarse a más altitud.

La vida social en esta frontera urbana se dispara en la década de los años veinte del pasado siglo, también con la llegada de aragoneses y murcianos, sobre todo, al barrio de la Torrassa, en L’Hospitalet, colindante con la antigua Santa Maria de Sants. Según las crónicas de Paco Candel, durante la Segunda República los murcianos que habían poblado el barrio hospitalense de la Torrassa, todos ellos muy anarcosindicalistas, colocaron un cartel en la Riera Blanca que le anunciaba a todo aquel que quisiese entrar desde el vecino barrio de Sants: “Cataluña termina aquí. Aquí empieza Murcia”. En 1966, Josep Maria Huertas Claveria escribía: “En una parte de la Riera Blanca, Barcelona; en la opuesta, L’Hospitalet. Claro que uno no acaba de ver por qué las dos no son ya Barcelona, puesto que nada especial las diferencia, excepto que cambia el nombre de las calles que cruzan, lo cual solo sirve para enredar al forastero”. Hoy en día, lo único que evidencia la existencia de una frontera en la Riera Blanca es que en un lado en los contenedores de basura pone “LH ben net” y, en el otro, “Ajuntament de Barcelona”.

Las últimas migraciones venidas desde la América latina y el Magreb han diluido aún más las diferencias culturales en ambas partes de la frontera. Si antes ciertamente se escuchaba mucho más catalán conforme se penetraba en Barcelona, hoy en día los acentos caribeños se escuchan por igual a cada lado de la Riera.

En los alrededores del Camp Nou, allá donde la Riera Blanca pasa a llamarse Arístides Maillol, abundan los turistas y las tiendas de souvenirs y de camisetas del Barça. Al llegar a Collblanc, a los antiguos Cines Continental (ahora solo un bingo), la actividad turística se va reduciendo progresivamente hasta prácticamente desaparecer unos metros más allá, en la zona donde hace muchos años se levantaban chabolas pobladas por gitanos. Ahora solo queda una, en el número 22.

La Riera Blanca es una calle serpenteante, y resulta fácil imaginarse lo que fue aquel lugar hace décadas. Al lado barcelonés, llano. Por el lado hospitalense, la subida del Samontà. Una colina que, de hecho, se halla en los últimos confines de la sierra de Collserola, y por la que llegaban buenas cantidades de agua cuando llovía mucho. Durante los años posteriores a la Guerra Civil, la Riera Blanca se convertía en “una turbia torrentera en la cual flotaban toda clase de inmundicias y, además de interrumpir el tráfico en algunos tramos, provocaba desgracias personales”, tal y como relataba Huertas Claveria, que recuerda cómo los críos se lo pasaban en grande jugando con la diversidad de basura y objetos desechados que se acumulaban en la riera.

Hasta los años sesenta del siglo XX, entrar a Barcelona comida, bebida, o incluso un cadáver para enterrarlo en alguno de los cementerios municipales costaba dinero. Todo aquel que quisiese cruzar la frontera de la Riera Blanca con mercancías tenía que pagar un tributo en los antiguos fielatos, una especie de aduanas dispuestas en pequeños puestos de vigía, atendidos por funcionarios vestidos de azul y con gorra de plato. En los años cuarenta, entrar con una gallina a Barcelona costaba 50 céntimos, por lo cual el estraperlo estaba a la orden del día. Otra opción era, dada la cercanía entre ambas aceras, pasar la mercancía de ventana en ventana. En la Riera Blanca había dos fielatos. Uno a la altura de la calle conocida como Mas, en el lado de L’Hospitalet, y Bassegoda, en territorio barcelonés, justo donde ahora existe una pastelería de autor. El segundo fielato se encontraba en el cruce de la calle de la Constitució, muy cerca de la actual Ciutat de la Justícia, en el lugar que hoy ocupa otra pastelería, pero esta vez de la franquicia 365 (antes era un Bracafé).