Cuando el asilo se convierte en un privilegio

Adhesivo No a la Guerra, durante una manifestación en Barcelona en la que se pedía paz para el pueblo ucraniano. © Imatges Barcelona / Àlex Losada

La humanidad ha ido construyéndose, ya desde la noche de los tiempos, con el movimiento continuo de los pueblos: cientos de miles de personas desplazándose de un sitio a otro por circunstancias económicas, bélicas, climáticas o políticas. Europa, sin ir muy lejos, experimentó un trasiego demográfico alrededor del siglo V cuando suevos, vándalos, alanos y visigodos, procedentes del este de Europa, y empujados por los pueblos hunos que venían de los confines asiáticos, se instalaron en tierras itálicas, galas e ibéricas. Es lo que propició la caída del Imperio romano. Más recientemente, a lo largo del siglo XIX, 55 millones de europeos desembarcaron en el continente americano en busca de un futuro.

Y de eso trata el libro de Agus Morales. De los actuales desastres humanitarios producidos por las guerras imperiales. De los millones y millones de personas en busca de refugio. De fronteras espurias y destinos inciertos. De sufrimientos y normativas. De directivas europeas y de la hipocresía solidaria. El autor sabe de qué habla: las páginas del libro están repletas de conversaciones que ha ido manteniendo en los últimos años con las víctimas de la guerra. Las reflexiones de Gizella, Svetlana, Oleksandra o Natalia, refugiadas ucranianas de la invasión rusa, destilan esperanzas, certezas y agradecimiento. Las de Seteysh, Ali, Someia y Abida desprenden resignación, sufrimiento y frustración. La comparación que se establece en el libro entre los damnificados de la guerra en Ucrania y los de las recurrentes guerras afganas ofrece conclusiones sangrientas: parafraseando a George Orwell, todos son refugiados, pero unos son más refugiados que otros. Refugiados de primera y de segunda, al menos.

Poco después de la invasión rusa en Ucrania se produjo una kermés solidaria sin precedentes en Europa. Las crónicas de los enviados especiales en las fronteras con Hungría, Polonia o Eslovaquia nos informaban de una multitud de vehículos particulares procedentes de todos los rincones de la Unión Europea que iban a recoger personalmente a su familia refugiada. La ciudadanía europea abría sus brazos sin restricciones. Desde un primer momento, los periodistas y comentaristas repetían un ripio sin tregua que, quizá inadvertidamente, destilaba un olor tufo supremacista: “Son como nosotros…”. Paralelamente, en esos mismos momentos, las pateras seguían llegando a las costas europeas cargadas de mercancía siria, afgana, eritrea, iraquí… que nadie acudiría a recoger.

Portada del libro Portada del libro

Narrativas perversas

El asilo había dejado de ser un derecho para convertirse en un privilegio ya desde la crisis de los refugiados de 2015, cuando un millón de personas de África y Oriente Medio desembarcaron en Europa y más de cinco mil se ahogaron en el intento. La respuesta de Bruselas en ese momento fue la operación Mare Nostrum, las vallas inalcanzables, las dolorosas concertinas y, en el ámbito burocrático, numerosos “obstáculos legales”, exquisito eufemismo. Y más adelante, las deportaciones exprés, como la que sufrió Alí cuando la policía alemana le dio diez minutos para hacer la maleta tras cuatro años en el país.

Morales señala otro estigma involuntario que recae sobre los refugiados afganos o sirios. La perversa narrativa iniciada en 2001 asociada a la “guerra contra el terrorismo” ha cuajado en el imaginario colectivo y la islamofobia crece sin cesar. Una sombra de sospecha, permanente y abrumadora, recae sobre los refugiados de ciertas procedencias donde el “terror” impera.

Al fin y al cabo, el derecho internacional, esa arquitectura legal que ofrecía cobijo y cierta neutralidad, ha ido desmontándose lentamente hasta convertirse en una carcasa inútil. Quizá deberían repensarse nuevas instituciones, nuevas reglas, nuevos tratados. Y la prueba fehaciente de la necesidad vital de romper con la espiral bélica que amenaza al planeta como nunca es Palestina. “En pocos rincones del mundo la hipocresía solidaria es tan descarada como en Palestina”, escribe Agus Morales. La limpieza étnica iniciada en 1948 —la Nakba— ha continuado, precisa y letal, hasta la fecha. Sin obstáculos ni enojosas resoluciones de las Naciones Unidas. Y hoy, el genocidio, a plena luz del día y retransmitido en directo, sigue disfrutando de la impunidad más vergonzosa. Theodor Adorno escribió una frase lapidaria, irrebatible: “Después de Auschwitz escribir poesía es un acto de barbarie”. Como lo será, seguro, después de Gaza.

La hipocresía solidaria.

Agus Morales.

Folch & Folch, 2025. 288 páginas

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