Dime tu nombre

Vistas de las baterías antiaéreas del Turó de la Rovira © Pepe Navarro

Autores como Marsé y Casavella han reflexionado a fondo sobre la influencia de los nombres. Por razones diferentes, ambos han firmado sus obras con apellidos catalanes adquiridos, y han elegido motivos exóticos para identificar a sus protagonistas.

Pijoaparte. Watusi. Johnny Thunders. Son nombres que, desde 2014 —cuando apareció Yo fui Johnny Thunders—, estaban ahí pero solo visualicé tan juntos entre sí, uno detrás del otro, tres años después. Entonces, yo pensaba en Barcelona aún más que de costumbre porque acababa de escribir una novela donde la ciudad es muy protagonista y porque la creciente tensión política estimulaba rosarios de preguntas y teorías que a veces incluso derivaban en algún hallazgo objetivo.

El día de la Alineación de los Nombres estaba pensando en cómo recibirían hoy los lectores a un burgués de Barcelona con un nombre como Camilo Escobedo, teniendo en cuenta que la figura del burgués en la novela catalana moderna suele asociarse a un apellido catalán. Tirando de ese hilo, confirmé que el otro gran protagonista urbano de muchas ficciones era ese joven varón de barrio periférico curtido al filo del lumpen. Mi personaje favorito, la verdad.

Algunos de aquellos chavales habían contribuido decisivamente a apuntalar mi idea de la ciudad, y al rememorarlos determiné un particular podio de inolvidables compuesto por personajes escritos en lengua castellana: Pijoaparte. Watusi. Thunders. Tres chicos. De barrio. Con apodos que remitían a distintos márgenes. Lo siguiente fue preguntarse por qué.

Juan Marsé, Francisco Casavella y Carlos Zanón, los creadores, provenían de esos mundos más o menos periféricos, y por eso habían escrito con solvencia sobre el paisaje y el sentimiento extramuros transmitiendo las luchas y aspiraciones de unos jóvenes que a menudo deseaban ser otro, también vivir en otro lugar. Quizá llamarse de otra manera. Al menos Marsé (nacido Faneca) y Casavella (nacido García) habían reflexionado especialmente a fondo sobre la influencia de los nombres. Aunque por motivos muy distintos, ambos firmaban sus obras con apellidos catalanes adquiridos, no de cuna, y habían elegido motes exóticos para identificar a sus protagonistas.

Hace años, yo mismo me enfrenté a una situación similar. Nací Gabriel en L’Hospitalet de Llobregat, una de esas periferias envueltas en leyendas toscas, mi hogar. Donde para todos, desde el primer segundo, fui Gabi. Recuerdo mi primera incursión al centro de Barcelona, con catorce años, como una experiencia deslumbrante. Un mundo nuevo, rico, con el que no tenía contacto pero que sabía mío, al menos como posibilidad. Un mundo que también exigía una formalidad distinta, la misma que reclamaba la literatura, tanto catalana como castellana, todavía demasiado envueltas en elitismos. Un mundo para Gabriel.   

Sin embargo, cuando llegó la hora de firmar mi primer libro, asumí que a partir de entonces iba a presentarme en solitario y que, para ser consecuente con la intimidad que pide la creación, debía minimizar las convenciones; así que abandoné la oficialidad del censo en favor del único nombre que reconocen mi familia y mis amigos, aportando el diminutivo a unas estanterías sin semejante tradición.

Crecer desde lo pequeño y marginal, desde el apodo o el diminutivo, ha sido una apuesta cada vez más común entre los escritores en lengua castellana de Barcelona, sobre todo entre los que despegamos en barrios. Al abrigo de nuestra pretendida insignificancia, nos hemos musculado hasta ser tan fuertes como cualquiera mientras, eso sí, la ciudad se transformaba.

Lo curioso es que, si bien Barcelona y sus circunstancias han cambiado mucho, ese tipo de apuesta se ha perpetuado, enquistándose entre unos autores que siguen mirando desde la distancia a la burguesa normalidad de la que a menudo ellos mismos ya forman parte. Por supuesto que hay excepciones, pero, en general, el último relato de la clase media y burguesa parece haberse cedido a los escritores en lengua catalana, cuya óptica se intuye por otro lado más flexible porque abraza un ecosistema que abarca desde la pagesia a las “familias” de Barcelona, y diría que no está tan marcada por el resentimiento (una fenomenal fuente de inspiración, que conste) o el orgullo de clase.

La confortabilidad del nicho, del rincón, invita a ensimismarse y relajar el esfuerzo de comprender al otro. Si los escritores actuamos como políticos, ofreceremos obras rácanas y en absoluto corales, configurando un paisaje de pseudofuncionarios que hacen lo que les toca en su casilla con una docilidad acorde con la red que tejen los medios de comunicación: una literatura de cajón, cada uno con su etiqueta, sabiendo cuál es su público objetivo y redactando para él.

Superar el resentimiento es uno de los grandes ejercicios de la vida. Y después de lo ocurrido los últimos años, quizá sea el gran ejercicio de cualquier escritor catalán, no importa su lengua. Si desde la literatura aceptamos seguir jugando la carta de acotar el territorio narrativo en función del apellido, tardaremos en tener novelas que ofrezcan una visión completa y actualizada de la ciudad, el tipo de historias que cualquier cultura necesita, donde se reivindique por igual la épica de Watusi que de Nona, Colometa o Escobedo y mostrando, además, lo ambiguo que puede ser cada uno de ellos. 

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