La construcción de la metrópolis entre dos olas migratorias

Ilustración © Natàlia Pàmies

Tanto ahora como si volvemos la vista cincuenta años atrás, la comprensión del día a día de la realidad metropolitana barcelonesa no es del todo completa si no se considera, y en un lugar bien visible, el papel de las migraciones. Sea por conocer las características de la población residente, sea por valorar los principales retos existentes, las migraciones han sido siempre una parte muy importante de la dinámica demográfica de las grandes ciudades.

En momentos de aceleración de los flujos, las migraciones tienen un impacto profundo sobre la composición de la sociedad, al tiempo que sacuden el equilibrio de los servicios públicos y aumentan su presión. En 1975, sin saberlo, nos situábamos a finales del intenso movimiento migratorio interior que comportó la llegada recurrente, desde la década de los cuarenta, de miles de personas procedentes de otras regiones españolas, en lo que se conoció como éxodo rural. El asentamiento de estos migrantes, que se localizaron primero en la ciudad central y posteriormente por toda la región metropolitana, ha acabado determinando la distribución de la población catalana actual. Mirando las cifras del conjunto de la provincia de Barcelona, en 1981 el 39,6% de los 4,62 millones de residentes (1,83 millones de personas) habían nacido fuera de Cataluña, y apenas 77.000 de ellos, en el extranjero. A mediados de los años setenta, y a diferencia de ahora, estas migraciones venían acompañadas de un fuerte crecimiento natural, con un volumen elevado de nacimientos (correspondientes a los últimos años del baby boom), y con una estructura de edades rejuvenecida, en que el peso de los mayores de 65 años no alcanzaba el 10%.

Los retos, entonces, eran ingentes, sobre todo en lo que se refiere a la conquista de libertades individuales y colectivas y al desarrollo de equipamientos sociales. La respuesta al fuerte crecimiento demográfico y a la extensión del chabolismo se realizó mediante un urbanismo que, precisamente entonces, conocía las últimas promociones de los polígonos de vivienda, muchas veces de baja calidad, segregados de los espacios centrales y con una clara falta de servicios.[1] También había mucho trabajo por hacer en la estructura social, con la aparición y aceptación progresiva de nuevas estructuras familiares y formas de convivencia, pero también con la discriminación de las mujeres y de las minorías.

Las migraciones generaron un intenso debate político en torno a su integración, cuando Candel[2] habló de los “nuevos catalanes” y puso sobre la mesa la situación de los inmigrantes interiores. El contexto era de creciente movilización social y anhelo de recuperación de libertades democráticas. A pesar de las dificultades que quedaban por afrontar, en un entorno donde todo debía reconstruirse de nuevo, estas conquistas se percibían como posibles. Pero la propia llegada de la democracia y la creación de las autonomías, añadidas a la crisis económica que impactó intensamente al país a finales de la década, dieron por terminada esa etapa migratoria.

Las migraciones actuales, en el centro

En estos momentos, en pleno 2025, las migraciones ya hace tiempo que han vuelto a situarse en plena centralidad demográfica y social, pero también política. Demográfica porque el crecimiento de la ciudad y la metrópolis se debe principalmente a la aportación migratoria, puesto que la diferencia entre nacimientos y defunciones, lo que conocemos como saldo natural, es negativa. Esto se debe a la llegada de inmigración extranjera que actualmente se mantiene, y crece la población metropolitana.

Esta relación entre migración, dinámica natural y reproducción demográfica, que se conoce como sistema complejo de reproducción demográfica,[3] implica que el crecimiento, como en la mayoría de los países europeos de nuestro entorno, depende básicamente de las migraciones, en este caso internacionales. En resumen, la población del ámbito metropolitano, que contaba con 4 millones de habitantes en 1975, prácticamente no creció hasta finales de siglo (en el 2000 se registraban 4,3 millones de personas), pero superó los 5 millones en tan solo dos décadas, con un incremento de un millón de personas nacidas en el extranjero. Al mismo tiempo, en Cataluña se ha pasado de los 5,5 millones de 1975 a los 8,1 millones actuales por las mismas razones. Como resultado, una de cada cuatro personas residentes en el ámbito metropolitano ha nacido en el extranjero (el 24,5%), proporción que es del 33% en el caso de la ciudad de Barcelona.

A diferencia de las migraciones internas, las internacionales aportan una serie de nuevas características a la población catalana, que además han ido variando con el tiempo. La diversidad es uno de los atributos distintivos de la composición actual de la población frente a décadas atrás. Se da una heterogeneidad de orígenes y lenguas, pero también de la composición por sexo y edad de los distintos colectivos de extranjeros, sus niveles de formación y su actividad laboral, o su situación administrativa, hechos que pueden dificultar su asentamiento.

Efectos sobre el mercado laboral

Esta entrada de inmigrantes internacionales ha tenido un notable efecto sobre el mercado laboral y ha contribuido a alcanzar recientemente máximos de empleo: hay 2,8 millones de personas ocupadas en la provincia, según la Encuesta de Población Activa, y la mayoría de estos nuevos puestos de trabajo han sido ocupados por inmigrados, aspecto que contribuye notablemente al PIB catalán.

Nos encontramos con un mercado laboral segmentado, que tiene determinados nichos ocupacionales caracterizados por peores condiciones y remuneraciones. Una parte importante de estos trabajos está cubierta por personas inmigradas, generalmente originarias de países del Sur. La creciente incorporación de las mujeres al mercado laboral ha comportado la externalización del trabajo reproductivo y ha generado una demanda de tareas de cuidado del hogar y de las personas, que es ocupada mayoritariamente por mujeres inmigradas.

Por otra parte, y a diferencia de hace cincuenta años, gran parte de los inmigrados actuales llegan con niveles de estudios elevados. En un contexto de ciudades especializadas y globalizadas, y paralelamente a la extensión de las nuevas tecnologías y del teletrabajo, emerge un nuevo perfil de migrante internacional que se establece en ciudades atractivas por sus condiciones urbanísticas, por su oferta cultural o por su clima, factores que confluyen, entre otros, en la ciudad de Barcelona. Estos inmigrantes se caracterizan muchas veces por un alto nivel de ingresos, condición que les permite acceder a viviendas situadas en las zonas mejor localizadas y dotadas. Además, están directamente relacionados con procesos urbanos que se producen en las grandes ciudades y que afectan a la población más vulnerable, como la gentrificación, la turistificación o la estudientificación, fenómenos que los sitúan como actores activos en esta transformación urbana.

Como ocurre con las migraciones interiores, la llegada de inmigrantes internacionales afecta notablemente a la demanda de vivienda. La construcción de pisos de protección oficial (VPO) es casi anecdótica, la oferta del mercado libre de alquiler es insuficiente y no se han recuperado los niveles de producción necesarios para suplir el déficit acumulado de los últimos años. Por tanto, la demanda inmediata de vivienda para la formación de hogares y la llegada de inmigrados no se encuentra satisfecha.[4] Esta situación responde principalmente a déficits estructurales no resueltos, y se hace especialmente patente en los barrios metropolitanos, donde la presencia de inmigración es destacable. Son los mismos barrios en los que se asentó la migración interior.

Como consecuencia, el acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los retos sociales y urbanos más importantes, así como en la principal preocupación de la ciudadanía. En estos momentos, se ha llegado a precios que se sitúan en máximos históricos, tanto de alquiler como de compra, con nefastas consecuencias para los hogares jóvenes y las rentas más bajas. Son dos características que a menudo cumplen los recién llegados inmigrados, lo que les dificulta la inserción residencial.[5] Así, el encarecimiento de la vivienda incrementa el esfuerzo económico de los hogares, reduce la capacidad de ahorro, limita el consumo en otros sectores, retrasa la emancipación y fomenta la desigualdad social.

Como hace cincuenta años, la llegada de inmigración también tiene un reflejo en la dimensión política. En consonancia con el giro neoliberal global, se observa un fuerte crecimiento de la extrema derecha, al tiempo que se produce lo que se conoce como lepenización, es decir, la adopción de los postulados antiinmigración por gran parte de la población, sobre todo entre las clases medias y bajas perjudicadas por la globalización, pero también la difusión de políticas restrictivas entre los partidos políticos. Los discursos involucionistas vuelven a estar presentes y se han convertido en un importante escollo para el proceso de integración de la nueva inmigración.

Por último, cabe remarcar que en los últimos 25 años el área metropolitana de Barcelona ha experimentado un crecimiento demográfico sostenido, impulsado principalmente por la inmigración internacional, que ha transformado profundamente la estructura y la composición social de la población. Este crecimiento ha puesto a prueba el sistema de bienestar del país, que ya había resultado afectado por el impacto de la última crisis económica y que todavía no se ha recuperado del todo, como puede verse en ámbitos como la educación, la sanidad, la vivienda o el mercado laboral, que está precarizado.

La diversidad es hoy un rasgo fundamental, especialmente entre la población joven, mientras que el envejecimiento de la población autóctona y la integración de las nuevas generaciones de origen o de ascendencia extranjera se convierten en los grandes retos de futuro. El modelo catalán de reproducción, basado en la llegada de inmigrantes y su ascenso social, ya se puso en duda con la crisis económica de finales de los años setenta, y puede dar lugar a nuevos modelos de incorporación, basados en una estratificación social en función del origen. Esta evolución obliga a repensar las políticas públicas, la planificación urbana y los servicios sociales, para adaptarse a una sociedad en constante cambio que se ha convertido en más plural y dinámica.


[1] De Santiago, E. y Rodríguez-Suárez, I. “Los barrios periféricos de bloque: déficits heredados, maduración silenciosa, rehabilitación y retos futuros”. Ciudad y Territorio Estudios Territoriales, 57(224), 671-714, 2025.

[2] Candel, F. Els altres catalans. Edicions 62, 1964.

[3] Domingo, A. “Resiliència i estrès demogràfic a la Catalunya del segle XXI”. Perspectives Demogràfiques, 2, 1-4, 2016.

[4] Módenes, J. A., Marcos, M. y García-García, D. M. “Nueva demanda demográfica y escasez de vivienda en España: políticas de vivienda en una población postransicional”. Estudios Geográficos, 85(297), 1163, 2024.

[5] Orozco Martínez, C., Bayona-i-Carrasco, J. y Gil Alonso, F. “El régimen de tenencia de la vivienda de la población inmigrante en España: cambio y continuidad a partir de los censos de 2001, 2011 y 2021”. RIEM. Revista Internacional de Estudios Migratorios, 14(1), 85-114, 2024.

El boletín

Suscríbete a nuestro boletín para estar informado de las novedades de Barcelona Metròpolis