Sant Pau, parte de nuestra historia y de nuestra alma

Tània Juste presentó en el año 2014 L’hospital dels pobres (Columna), una novela coral ambientada en los primeros años del siglo xx durante la construcción del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau. En este texto la autora explica por qué escogió esta historia, el vínculo que estableció desde entonces con el hospital y cómo cambió su visión de la ciudad.

“Si se suprimiera el hospital, cambiaría el alma de Barcelona”. La primera vez que leí estas palabras, escritas por el doctor Josep Cornudella en alusión al Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, me encontraba iniciando una nueva aventura literaria que me llevaría a conocer y apreciar aún más –si es que eso era posible– la ciudad en la que nací.

Hace unos años me propuse el reto de escribir una novela coral cuyos personajes girasen en torno a la construcción de este magnífico hospital. Tenía la firme intuición de que detrás de sus muros, los del viejo edificio de la calle Hospital y los del magnífico conjunto modernista que le dio cobijo a comienzos del siglo XX, se ocultaban historias, relaciones humanas, grandes hitos profesionales y una serie de retazos de nuestra historia que había que desempolvar y compartir. Ya me lo advirtió la archivera de Sant Pau, tan solo iniciar mi investigación histórica: “Sabrás cómo entrar, pero lo más difícil será salir”. Y era muy cierto, porque durante meses viví acompañada de papeles antiguos en los que estaba expresada la vida y la muerte de todas las generaciones de barceloneses que nos han precedido. ¿Quién no tiene un abuelo, un bisabuelo, un padre, una madre o un hermano vinculado emocionalmente a Sant Pau o lo está él mismo? El hospital es parte de nuestra historia, pero también de nuestra alma.

El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau es una obra titánica que llevaron a cabo nuestros bisabuelos cuando apenas se estrenaba el siglo xx. Hablamos de una generación que quería dejar atrás los tiempos antiguos, superar la Barcelona de las epidemias, de las condiciones insalubres de una clase trabajadora que ocupaba todas las camas del antiguo hospital, una generación que fue capaz de vencer las limitaciones de una medicina antigua e inaugurar, por medio de los nuevos descubrimientos y de las nuevas prácticas, el mundo moderno.

A finales del siglo xix, el Hospital de la Santa Creu agonizaba dentro de los viejos muros medievales de la calle Hospital: después de cinco siglos acogiendo a los pobres, a los huérfanos, a los locos y antiguamente a los leprosos de la ciudad, aquel lugar se había convertido en un laberinto de pasillos, de pequeñas estancias mal ventiladas y de salas de enfermería en las que se metían hasta cuatro hileras de camas debido a que la población se había multiplicado. Los cirujanos tenían que hacer turnos para poder usar las dos únicas salas de operaciones, y la vida –o más bien la muerte– se acumulaba en una lenta y tensa espera mientras el nuevo siglo estaba a punto de llegar.

No obstante, Barcelona era un pozo de talento y de espíritu pionero, en la ciudad vivían y trabajaban toda una serie de de almas científicas, médicas, artísticas, políticas y emprendedoras que estaban firmemente decididas a situar el hospital de los pobres de la ciudad en la vanguardia sanitaria europea y, por qué no, del mundo entero. Personajes como el doctor Robert, vinculado por oficio y por pasión al hospital y a la ciudad, tenían muy claro qué había que hacer para que el corazón de la Santa Creu no dejase nunca de latir: les hacía falta un nuevo edificio, pero no un edificio cualquiera ni tampoco en un espacio cualquiera, sino un lugar que significase el progreso, el avance científico, la expresión máxima del talante de un pueblo, de una ciudad e incluso de un país, un conjunto hospitalario que saludase al nuevo siglo con vocación de futuro. Solo faltaba que los astros se alineasen a favor de este gran proyecto para convertirlo en una realidad. Y eso fue, precisamente, lo que sucedió.

Aún ahora, después de tantas visitas que he realizado al Recinto Modernista, no puedo dejar de detenerme cuando subo por la escalinata que lleva al Pabellón de Administración, el primero que hizo construir Lluís Domènech i Montaner. Allí se encuentra una escultura de la que quizás muchos pasan de largo, pero que representa al hombre que hizo posible que se iniciara el proyecto del nuevo hospital: Pau Gil era un banquero catalán establecido en París que murió cuatro años antes de comenzar el siglo xx, dejando gran parte de su fortuna para la construcción de un gran hospital que quería para Barcelona y que debía hacerse a la manera de los grandes equipamientos sanitarios de Europa. Un visionario, y una gran oportunidad para los señores administradores de la Santa Creu. Sería largo explicar todos los impedimentos que surgieron, todas las batallas que tuvieron que librarse hasta hacer posible la unión de las necesidades de la Santa Creu con la voluntad de Pau Gil; diremos que salieron adelante, y que, gracias a ello, hoy en día podemos contemplar en nuestra ciudad el mayor conjunto modernista que existe.

Un recinto con vocación de ciudad hospitalaria que Domènech i Montaner concibió en forma de pabellones independientes, cada uno destinado a una patología o función concreta, y solo conectados entre ellos a través de kilómetros de túneles que iban a parar al corazón de todo: el pabellón quirúrgico. Un terreno equivalente a nueve manzanas del Eixample, en la vertiente de la montaña Pelada, que en aquellos años se encontraba todavía fuera de la ciudad y adonde muchos barceloneses iban de excursión los domingos, se convirtió en el lugar idóneo para el ambicioso proyecto. Un sueño dibujado a tinta por el maestro, formado por grandes avenidas, zonas ajardinadas y pabellones a escala humana en los que la luz entraba a raudales y los muros se decoraban con toda la riqueza artística propia del modernismo. Porque don Lluís (Domènech i Montaner) estaba convencido de que la curación del enfermo no pasaba solo por el tratamiento médico que recibiese, sino que en el proceso intervenían también otros factores como la luz, el color, el aire puro y la belleza de un buen jardín.

Cuando empecé mi investigación histórica para la escritura de L’hospital dels pobres realizaba visitas al Archivo Histórico de Sant Pau que, temporalmente, se encontraba en un espacio cedido por el Capítulo Catedralicio ubicado detrás de la catedral. Era un hogar provisional para todo aquel mar de documentación, un lugar que preservaba su historia escrita mientras los pabellones modernistas del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau acababan de vaciarse de enfermos y se iniciaban las obras de restauración para su conservación artística y patrimonial. Era la segunda vez que el corazón de aquel hospital se trasplantaba de un edificio a otro, en esta ocasión para hacer frente a las nuevas necesidades del siglo xxi. Y así como el viejo caserón medieval encontró nueva vida gracias a la Biblioteca de Cataluña –que se ha encargado de llenar de libros y de documentos muy valiosos aquellos espacios anteriormente ocupados por enfermos–, el Recinto Modernista cerraba temporalmente sus puertas a los ciudadanos para lavarse la cara y sacar lustre a toda su belleza inicial.

Fue entonces cuando, a medida que avanzaban las obras de restauración de los pabellones modernistas, empezó mi relación íntima con este espacio. Porque por primera vez en mi vida no iba a Sant Pau a visitar a un enfermo, sino que me paseaba por allí entre andamios y trabajadores con mono blanco o amarillo y casco. Un privilegio que aún disfruté más intensamente durante la última fase de mi escritura, cuando el Archivo Histórico del hospital ya había vuelto a su antiguo hogar, el Pabellón de la Administración, que brillaba con todo el esplendor y los colores de su primer día. Al despuntar el día o bien con el último hilo de luz de la tarde, mis cortos paseos se volvieron tan curativos como lo debían ser para todos aquellos enfermos de la Barcelona de principios de siglo que, maravillados ante tanta belleza artística y cromática, se preguntaban si aquello no sería un palacio en lugar de un hospital.

Sola, tras una intensa jornada de documentación o de escritura de mi novela, me paraba en medio de la avenida central y lo contemplaba todo. Entonces podía ver con absoluta claridad al arquitecto paseándose entre pabellones a medio construir, podía imaginar a los escultores, los ceramistas, los mosaicistas, los vidrieros, los pintores y los carpinteros que revestían de arte aquel futuro hospital, y seguidamente veía a los médicos trasladando allí sus servicios, los hermanos y las hermanas hospitalarias organizando las camas y poniéndolo todo en su lugar, los primeros enfermos, los familiares que venían a visitarles. Rostros reales, como el pionero doctor Robert –que no llegó a tiempo de verlo–, Domènech i Montaner, los escultores Eusebi Arnau y un joven Pablo Gargallo, los médicos veteranos como el doctor Freixas, Enric Ribas, Manuel Corachan o un joven y ambicioso Josep Trueta que tan decisivo sería en tiempos de la Guerra Civil, todos ellos llenaban las páginas de mi novela y convivían con los personajes de ficción.

Más adelante, las puertas del Recinto Modernista se abrieron otra vez a los ciudadanos y hoy en día es un espacio vivo en el que la cultura y el arte laten por todas partes. Allí donde los enfermos buscaban la sombra de un árbol en su convalecencia, allí donde los médicos realizaban auténticas proezas de la época, allí donde tantas familias vivieron los momentos más felices y también los más desgraciados de la vida de los suyos, ahora se dan conciertos, lecturas literarias, conferencias, exposiciones y todo tipo de actividades que nos demuestran que el espacio sigue siendo nuestro y que busca su eternidad a través del mismo lenguaje con el que fue creado: el arte. Las voces del pasado y del presente se funden en una sinfonía conjunta que habla de nosotros y de todos aquellos a quienes hemos amado.

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