Las migraciones han consistido desde siempre en desplazamientos de personas, de manera voluntaria o no, de un lugar a otro por motivos diversos. En Europa predomina una visión utilitarista, que tiende a reducirlas a un simple fenómeno regulador de mercado. Evidentemente, no se puede obviar este factor relacionado con la oferta y la demanda, pero resulta un gran y lamentable error no tener en cuenta su dimensión humana. La mochila de quien emigra empieza a llenarse de proyectos y de sueños desde el mismo momento en que toma la decisión de viajar. Quiero compartir con vosotros los sueños que pienso que todavía son posibles, partiendo de la idea de que el ser humano, con sus valores y derechos, tiene que ser el centro de las relaciones de todo tipo y de todo proceso de desarrollo humano sostenible.

Martin Luther King proclamó “I have a dream” el 28 de agosto de 1963 en la marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad (Civil Rights March on Washington), en una convocatoria pacífica para denunciar la situación de la población negra de los Estados Unidos y reclamar sus derechos civiles legítimos, en una América con unas leyes altamente discriminatorias. Mucha gente, entonces, se posicionó en la lucha por la reivindicación de los derechos civiles y políticos para las minorías. Cuando eso sucedió, yo tenía 2 años y en otras partes del mundo, como África —también origen de los antepasados de Martin Luther King—, las injusticias provocadas por necesidades capitalistas de las potencias occidentales de controlar los recursos del continente antes, durante y después de la colonización continuaban, mientras se producía la globalización que expulsaba a miles de personas de los sitios en los que nacieron para buscar un mundo mejor, lo que provocó una despoblación juvenil —fuerza y motor potencial del desarrollo del continente—. El año 1986, en un contexto de aplicación de las políticas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional (FMI) en mi querido país Senegal, dejé a mi querida tierra de Fouta respondiendo a la filosofía cultural o adaptación social que dice “So yaadu yoonti jonde ko ayiiba” (“Cuando toca marcharse, quedarse es un deshonor”).

Recorrí varios países africanos por recomendación de mi padre como manera de conocer mundo, y finalmente caí en la idílica atracción de Europa, como si fuera El Dorado. En principio, por motivo de vínculo “cultural”, mi destino era Francia y no España —que no entraba en mis planes—, pero por la circunstancia de necesidad de este “producto” tan apreciado por los inmigrantes, es decir, los papeles administrativos (el permiso de residencia), vine a Barcelona para buscar la regularización. Enseguida me enamoré del país y de su gente, sin olvidarme de Senegal y África, que llevo dentro de mí. Después de muchos años de acomodación y de arraigo, que fueron muy duros sobre todo en el ámbito emocional, decidí vivir en Barcelona y trabajar para ser una pieza más en los procesos de acomodación e integración de los que llegan y los que ya están instalados. En la misma lógica, quería formar parte de los que trabajan para hacer de puente entre Senegal y Cataluña para construir y potenciar relaciones de cooperación y desarrollo, para incidir de manera transformadora en los niveles económico, social y cultural de estas personas, ya que estos son las causas que siguen provocando la expulsión de jóvenes por falta de oportunidades de futuro, que los obliga a cruzar desiertos y mares y asumir los riesgos para llegar a la idílica Europa.

He escogido Cataluña para vivir y tengo la esperanza de que la lucha ciudadana ponga fin a todas las dificultades administrativas, como son los centros de internamiento de extranjeros como instrumento represivo de la ley de extranjería. Tengo el sueño de vivir en un país donde el gobierno no dirija la cacería a las personas ordenando a la policía controles discriminatorios a los inmigrantes. Quiero pensar que la sociedad con la que me identifico se indignará y denunciará estas prácticas vejatorias. Después de estos veinte años que hace que trabajo en el ámbito de las migraciones, mi sueño es que llegue el momento en que las personas inmigradas sean consideradas ciudadanos y ciudadanas con todos sus derechos y deberes, y tratadas con justicia e igualdad y sin ningún tipo de paternalismo. 

Quiero sentir, cuando paseo por las calles de mi barrio, las miradas de complicidad de los vecinos y vecinas, porque soy un vecino más. Después de tantos años y del esfuerzo por conocer y amar el país, sueño una Cataluña más abierta, más acogedora, donde la gente conviva y no tan solo coexista. Porque convivir significa aceptar que nuestra diversidad nos enriquece. Es comunicar y compartir. Reconocer y ser reconocido como parte del conjunto desde una corresponsabilidad de aquello que tenemos juntos: los espacios y los recursos que entre todos cuidamos para disfrutar. Quiero que, cuando digo que soy catalán, senegalés, africano y musulmán, no se me mire como si me hubiera pasado tres pueblos, como si fuera incompatible, porque para mí son mis identidades. Y que las personas inmigradas entiendan y valoren también la identidad del pueblo catalán, y se la hagan suya por voluntad propia y no por decreto asimilacionista. Solo con el reconocimiento mutuo construiremos un futuro en común basado en valores democráticos, con una mirada de la diversidad como un bien asumido desde una visión intercultural que nos sirve como herramienta de vecindad y de convivencia. Ante la nueva configuración de nuestros barrios, donde el café no lo sirve ahora Manola ni Jordi, sino Li, Mohamed o la vecina que vive aquí, pero que viene de Sudamérica, hay que abrir la mirada con una perspectiva intercultural inclusiva, que todo el mundo se reconozca, y asumir que la diversidad es cosa de todos aquellos que han escogido convivir juntos compartiendo un proyecto transformador del futuro para nosotros y para nuestros hijos e hijas. Después de muchos sacrificios en el camino y también durante la primera estancia en el destino, quiero poder vivir mi sueño, que haya merecido la pena haber venido y conocer gente de otras culturas. En términos de propuestas, el eje sería el concepto de ciudadanía en el ámbito local y global.

Quiero soñar que el pueblo catalán —por extensión, español— no permitirá que este discurso destructivo y xenófobo se imponga, que la apuesta de solidaridad ganará la partida al nuevo planteamiento sobre la cooperación que se respira en las altas esferas políticas de los estados y de la Unión Europea, donde la diplomacia está al servicio del capital y lucha contra las migraciones por motivos de “seguridad”. Quiero que la sociedad civil sea lo bastante fuerte para incidir y garantizar el nivel de los estados que establecen el diálogo de las Naciones Unidas y los compromisos que se derivan para que la agenda 2030 apueste por un mundo mejor, solidario y de paz, y que el cumplimiento de los objetivos de desarrollo sostenible no caiga donde cayeron los del milenio, a pesar de los avances declarados. 

Sabemos que todo el mundo —excepto los partidarios de la derecha y la extrema derecha, que ya han escogido su campo alimentando el discurso xenófobo y racista que lleva al odio— tiende a considerar el discurso sobre las migraciones como positivo, con los matices que correspondan y sean necesarios. Dicho esto, en un mundo globalizado donde países, ciudades y barrios están conectados, donde la diversidad forma parte del día a día de todo el mundo, hay que ser conscientes de que la nueva configuración poblacional aporta elementos culturales que merecen ser considerados como realidad y parte de lo común para fomentar una convivencia basada en el respeto y el reconocimiento mutuo. No sirve de nada si las medidas de gobierno no son asumidas por la ciudadanía, que, en última instancia, es la que interactúa en los espacios públicos y privados (escuelas, parques y jardines...). 

Podemos soñar, con la garantía del acompañamiento de los poderes políticos, que la apuesta por una sociedad diversa con valores democráticos es nuestro futuro y el de nuestros hijos e hijas. También en nuestra solidaridad para buscar nexos con los países y las personas que viven con nosotros para transformar juntos las condiciones de expulsión que hacen que miles de personas dejen lo que más quieren para huir y salvar su vida. Podemos soñar con vivir en un mundo donde salir del propio pueblo no sea forzado por los motivos que sean, sino un deseo de descubrir y compartir para enriquecerse conociendo otras culturas y maneras de vivir, que nos aporta un valor añadido. 

 

Amadou Bocar Sam (Séno Palel, Senegal, 1961). Medalla de Oro al Mérito Cívico 2018 del Ayuntamiento de Barcelona. Presidente de la Coordinadora de las Asociaciones Senegalesas de Cataluña (CASC) y miembro fundador de la Fundación de los Emigrantes Senegaleses (FES). Forma parte de la Red BCN Antirumores, técnico de CEPAIM.

Autor: 
Amadou Bocar Sam