La ciudad, ya se la entienda en su sentido más literal de espacio urbano, ya en el más figurado de espacio político, suele tomarse como un ámbito de plenitud donde todo lo artificial florece de manera tan intensa como la naturaleza lo hace extramuros. El jardín y el parque (y a veces el cementerio) son, de hecho, intentos de que la exuberancia natural constituya también un fenómeno urbano o cívico. Como se supone que en la ciudad habitan el deseo y la libertad, debe postularse también que quienes viven en ella lo hacen libremente y porque ese es su apetito. Allí llegaron y allí se instalaron porque su profunda condición les hacía repugnantes otra clase de lugares. Y la libertad, como el deseo, necesita de protección. La ciudad contemporánea no tiene muros exteriores, pero los estados sí tienen la potestad de erigirlos y, cuando la ejercen, es precisamente para cuidar de sus ciudades, de manera que las viejas murallas urbanas no han caído, sino que han sido desplazadas.

El aire de la ciudad, decía un proverbio alemán muy difundido por Max Weber, lo vuelve a uno libre, y en consecuencia se diría que la respiración plenamente humana es la viciada por los humos de la industria, el hedor de las alcantarillas, el lujo de los perfumes y el sudor de las multitudes. Pero eso también son, se añadirá, objetos del deseo y quizá condiciones de la libertad. Hay toda una fábula conforme a la cual quien pugna, saltando vallas o cruzando fosos, por instalarse en la ciudad está movido por el afán de respirar un aire mejor. Sabiendo que la ciudad se define por brindar innumerables ocasiones para elegir todo tipo de bienes, ha elegido poder elegir. Habrá quienes le nieguen ese derecho (farfullando que aquí los únicos que elegimos somos nosotros) y quienes quieran compartirlo (declamando que elegir es muy hermoso y que sería cruel impedírselo a quien lo desea), pero los supuestos de uno y otro pronunciamiento son semejantes.

Sin embargo, la ciudad no es la sede de la libertad ni la del deseo. Para casi todos los recién llegados, las circunstancias de su primer acomodo fueron humillantes, y hablarles de la exuberancia de la vida urbana habría sido, en aquellos momentos, un ultraje. Aunque la ciudad no da a nadie lo que le había prometido, salvo a unos pocos poseedores de billetes premiados, la fábula de la ciudad feliz cuenta la mentira de una lotería que toca a todo el mundo, aun sin necesidad de llevar ningún número, o, en otra versión, narra la historia de una fortuna que sonríe a quienes se han esforzado lo bastante y, en particular, a quienes no han desdeñado las posibilidades de ascenso brindadas por la socialización y el estudio. La ciudad, desde luego, apenas puede contar su verdad: la de una inmensa pira ávida de sacrificios humanos que, además, exige, para ser mantenida, el acarreo de ingente material combustible, a cargo de una mano de obra en cuyos pulmones nunca ha entrado el aire puro.

La verdadera historia de la ciudad moderna es de una sordidez difícilmente compatible con una narración ágil. Si nos la contasen bien, miraríamos enseguida hacia otro lado y diríamos que esa ciudad no es la nuestra. Y en verdad no lo es, porque una ciudad no pertenece nunca a sus habitantes. La ciudad es un hospedaje atroz que solo puede ser llamado habitable por haberse consumado en él un implacable proceso de habituación. Es como el umbral que aparece en el relato de Kafka titulado Ante la ley, pero con una notable diferencia: en este, quien quiere entrar en el recinto de la ley se queda siempre a sus puertas y lo sabe, mientras que la ciudad moderna se funda en la ilusión de que ha prestado plena hospitalidad. El habitante de esta ciudad quiso entrar en el interior de la vivienda, aunque tuvo que quedarse en el zaguán y, al cabo de cierto tiempo, se acostumbró a llamar casa y ciudad a ese inhóspito umbral.

La vida de quienes dicen merecer el nombre de ciudadanos es un conjunto de artimañas —muchas de ellas refinadísimas— para decorar el portal de un modo que lo haga inconfundible con lo que se supone que debía de ser el interior de la vivienda. Por su parte, quienes saltan vallas y navegan fosos para instalarse en la ciudad puede que no tengan muy clara la diferencia entre un portal y una casa propiamente dicha. La mayor parte de ellos ni siquiera van a tener acceso al portal mismo y se quedarán en la calle, lo cual creará en los llamados ciudadanos la natural infatuación patricia (ya sea que se cuenten entre los partidarios de dejar habitar en las aceras, ya entre los renuentes a hacerlo) Pero, en realidad, el derecho fundamental de todo habitante urbano es el de que no se le escatime una buena máscara de oxígeno. Esa máscara es la verdadera persona del ciudadano y a nadie resulta decente negársela. Naturalmente, no se trata solo de una máscara en sentido literal —aunque esta será imprescindible en muchas ocasiones—, sino, sobre todo, de protección contra el mito de una respiración cívica que llena los pulmones de dignidad y de plenitud. El aire de la ciudad resulta siempre escaso y el ritmo de la vida urbana no conduce a ninguna sobreabundancia vital, sino que es tan solo el que debe mantenerse (o fingirse) para sobrevivir.

La propaganda oficial de la ciudad proclama que en la vida ciudadana la actividad lo inunda todo y tal cosa no es falsa. Casi todo habitante de una ciudad desciende de alguien que llegó a ella para oficiar de combustible en un incendio sin fin. El fuego no puede cesar ni un instante, aunque ya ni siquiera se recuerda bien la época en que sostenía una formidable fragua productiva. En nuestros días ese fuego tiene como fin principal iluminar el espectáculo urbano: el de una ciudad que debe mudar incesantemente su aspecto para renovar su atractivo turístico. Naturalmente, se trata siempre de fachadas y portales, porque al turista le da igual que los edificios estén habitados por dentro o estén vacíos (de hecho, no debería resultar difícil engañarlo al respecto) Los habitantes de las viejas ciudades, reunidos, según el mito, para respirar el aire de la libertad, se dedican a producir compulsivamente incrementos del número de turistas y a calcular el número exacto de inmigrantes que son funcionales para el mantenimiento de tal industria (incluyendo entre sus excelencias el prestigio moral y humanitario) Los urbanitas pertenecemos a distintas clases de combustible y, al mismo tiempo, somos figurantes de un espectáculo que no puede rebajar su tensión un solo instante. En esa tarea estamos y hacen falta muchos mitos para desempeñarla con eficacia.

 

Antonio Valdecantos Alcaide (Madrid, España, 1964). Catedrático de Filosofía en la Universidad Carlos III. Sus últimos libros son Sin imagen del tiempo (Abada, 2018), Manifiesto antivitalista (La Catarata, 2018), Teoría del súbdito (Herder, 2016) y Misión del ágrafo (La Uña Rota, 2016).

 

Autor: 
Antonio Valdecantos