Llegué desde Senegal a España en el 2009, cuando tenía dieciséis años. Aquí tuve mucha suerte, ya que conocí a personas muy buenas que me ayudaron a adaptarme fácilmente y a aprender español. Me apasiona jugar al fútbol y al baloncesto. En mis ratos libres me gusta leer libros, ver películas de drama e ir al teatro. Soy fan de Chinua Achebe y Wole Soyinka, los pioneros de la literatura africana. Escribí en un libro titulado Mi sueño robado mi experiencia al llegar a las islas Canarias. Puedo afirmar que los migrantes africanos venimos llenos de sueños, ilusiones y, sobre todo, en busca de una vida mejor. En África nos cuentan que España es un lugar idílico en el que se puede conseguir trabajo y dinero fácilmente, en el que tendremos un futuro más próspero que en nuestros países de origen. Debido a esto, algunos de nosotros lo dejamos todo y tomamos decisiones arriesgadas para venir, como cuando emprendemos un viaje en patera y ponemos en peligro nuestras vidas. Nuestras historias son múltiples: algunos huimos de la guerra, otros tememos que lleguen grupos terroristas a nuestras regiones, entre muchas otras circunstancias. Sin embargo, cuando pisamos tierras españolas, nuestras expectativas quedan eclipsadas en cuanto nos topamos con la dura realidad a la que tenemos que enfrentarnos al llegar a un país desconocido. Entre las dificultades que nos encontramos destacan algunas importantes: estar en una situación irregular, no hablar el mismo idioma o sufrir el racismo. 

En primer lugar, quiero comentar cómo nos afecta estar en una situación irregular. Cuando una persona migrante se encuentra indocumentada, las cosas se tornan mucho más difíciles: vives en la clandestinidad, con temor a que la policía te pida los papeles. Resulta prácticamente imposible encontrar un trabajo que no sea precario. A día de hoy, si uno de nosotros se halla en situación irregular, es enviado a los CIE (centros de internamiento de extranjeros), que son como unas cárceles en las que se vive en muy malas condiciones. Estos centros representan la deshumanización de las personas migrantes porque se nos priva de nuestra libertad y se nos aísla del resto de la sociedad. Las consecuencias psicológicas son terribles: angustia, incertidumbre e incluso pérdida de la esperanza. Después del CIE hay dos opciones: una es que te deporten y la otra que te abandonen en la calle a tu suerte. Cuando te encuentras en la calle tienes que buscar un trabajo para sobrevivir, pero sin papeles no puedes hacer prácticamente nada. Debido a esto, hay quienes recurren al top manta para obtener ingresos que cubran sus necesidades básicas. Otros acceden a realizar trabajos precarios durante duras jornadas y, en numerosas ocasiones, ni siquiera llegan a pagarles. Por lo tanto, cuando los migrantes africanos no tenemos papeles, quedamos totalmente desprotegidos y a nuestra suerte. 

En segundo lugar, quiero destacar que el hecho de no comprender ni hablar bien el idioma castellano es una barrera para la inclusión en la sociedad española. Esto conlleva una dificultad muy grande para poder comunicarnos con las personas, sobre todo, cuando nos dirigimos a alguien y no realizan ningún esfuerzo para poder comprendernos. Por ejemplo, supone una dificultad a la hora de buscar un trabajo, ya que nadie quiere contratar a alguien que no sepa hablar bien castellano. A pesar de que hoy en día existen centros para enseñar a las personas migrantes a hablar el idioma, el tiempo de enseñanza suele ser limitado. Generalmente, intentamos aprender lo más pronto posible para poder buscarnos la vida. En resumen: si no nos esforzamos en aprender rápido el idioma, no podemos hacer prácticamente nada.   

En tercer lugar, otro problema es el racismo que tiene lugar desde el momento en el que los medios de comunicación nos presentan como personas violentas en las vallas o como invasores llegados a tierras europeas. Este modo de representarnos es completamente negativo y conforma una concepción errónea sobre nosotros en los receptores de estas noticias. De esta manera, cuando queremos socializar con la gente, en algunas ocasiones, sentimos discriminación o rechazo. Además, desde los medios se transmite que los migrantes venimos a quitar el trabajo a los españoles y que vivimos de las ayudas sociales. Sin embargo, la realidad es otra. Venimos a buscarnos la vida y, generalmente, realizamos trabajos que los españoles no quieren. Con respecto a las ayudas sociales, son mínimas y, en muchos casos, hay quienes no llegan a recibirlas nunca o ni siquiera saben de su existencia.  

Otro problema que se encuentra muy presente es la discriminación. Incluso cuando estamos en una situación regular en el país, hay persecución policial. A menudo, la policía nos detiene por las calles para pedirnos la documentación, aunque no estemos haciendo nada en particular, como si fuésemos delincuentes. Simplemente, por nuestro color de piel, nos detienen en la calle con un trato inhumano, en ocasiones hasta llegan a ejercer fuerza física y cierta violencia, sin que nosotros podamos hacer nada para defender nuestros derechos. Pero no solamente la persecución es por parte de la policía, esto también puede darse cuando estamos en el transporte público. Por ejemplo, cuando vamos en metro y nos piden solo a nosotros la tarjeta de transporte público y el documento de identificación con insistencia para comprobar que no hemos infringido las normas. 

Además, cuando entramos a trabajar a un sitio, también podemos ver el racismo. Muchas veces desde Europa se tiene la idea de que en África las personas no tienen tanta educación ni poseen conocimientos que puedan aportar cosas nuevas o de interés para el trabajo, cuando realmente nosotros también tenemos muchas cosas que aportar. Esto me ocurrió. Soy cocinero, y cuando he tenido que tomar decisiones en conjunto con mis compañeros, mi opinión no ha sido tomada en cuenta. Aún insistiendo en ello, las personas consideran que yo no tengo tantos conocimientos sobre determinados temas debido a mi procedencia africana. Sin embargo, todas las contribuciones deberían ser tomadas en cuenta. Las opiniones de todas las personas tienen una validez y siempre pueden ayudar a facilitar las tareas.  

Ser migrante no tiene por qué significar algo negativo, ya que también aportamos muchas contribuciones, como han demostrado algunos estudios recientes. Debería cambiar el concepto que se tiene sobre los migrantes, especialmente en el caso de los africanos, puesto que esto nos dificulta la inclusión social en los países y hace que las cosas sean muchos más complicadas para nosotros. Todos somos seres humanos, migramos como lo han hecho muchas otras personas durante siglos. Y si hay algo que tengo claro es que “ningún ser humano es ilegal”. Tan solo queremos una vida mejor. 

 

Jimmy Babiche Kampote (Byumba, Ruanda, 1992). Es autor de Mi sueño robado (Editorial Círculo Rojo, 2017), libro autobiográfico en el que narra su experiencia como migrante cuando tenía dieciséis años a través del largo viaje desde África a Europa.

Autor: 
Jimmy Babiche Kampote