¿Cómo llegaste a Barcelona? ¿Qué cosas positivas has encontrado aquí?
Cuando tenía 19 años, decidí salir de Honduras. Se lo comuniqué a mi madre y contactó con unos familiares que vivían en Barcelona que podían apoyarme, ya que era muy joven. Me pareció una ciudad abierta, cosmopolita, europea y me encantaba la arquitectura. Honduras es un país con una gran tradición católica muy patriarcal y machista, donde los domingos un cardenal puede hablar de que la mujer ha de ser sumisa. Aquí hace poco pasaba lo mismo. Si sales por la calle vestida de determinada manera a ciertas horas puede ser peligroso. Si te pasa algo, te dicen que no tenías que haber salido. Es una burbuja de represión. En Barcelona llevo trece años y, cuando llegué, me encontré con una ciudad abierta y tolerante en la cual hay libertad, aunque también hay mucha desigualdad. Es una ciudad de contradicciones. Hay zonas con muchos problemas y, si vas a barrios con mayor nivel de renta, hay familias con mejores ingresos, más equipamientos, son dos ciudades diferentes. El problema es que no están mezclados. Cuando llegué, encontré una ciudad donde estuve sin papeles, pude trabajar, pude estudiar y regularizar mi situación, tienes muchas oportunidades.

¿Es una ciudad como tú esperabas? 
A veces los conflictos no son las bombas. Hay otra violencia oculta que, como no se ve, de ella no se habla. Por ejemplo, al visibilizar este tipo de situación contra las personas pobres o cuando eres una mujer, hacia aquellos colectivos contra los que se ejerce mucha violencia. Barcelona es una ciudad con una historia que puede remontarse a las asociaciones gremiales medievales, donde se unen los débiles y los excluidos. También, tiene esta historia de los opresores relacionada con el comercio de esclavos. Tiene una cara explotadora y otra de unión en la precariedad. Percibo que, desde hace unos años, existe un mayor esfuerzo por visibilizar y hacer presente a la gente que compartimos este tipo de problemas, como cuando, al volver por la noche, te paran en la portería a decirte obscenidades, como me ha ocurrido. Se está trabajando, pero hay que hacerlo más, visibilizando precisamente estos problemas. Barcelona ayuda a que la gente pueda ir a lugares públicos como la biblioteca, el centro cívico, el casal, y eso es muy positivo porque se comparten las cosas que te pasan.

¿Cómo fue tu vida cuando llegaste?
La situación de las mujeres que llegan aquí es muy dura. Empecé a trabajar de interna durante seis años cuidando a una persona con Alzheimer. Imagínate estar en esas condiciones saliendo únicamente los sábados de 9.00 a 21.00 horas. Muchas compañeras, cuando llevan mucho tiempo en este trabajo, coincidiendo con la regulación, tienen problemas de autoestima, depresión, insomnio o de memoria porque vivir encerradas, de alguna manera, mata. La persona enferma que cuidas bastante tiene, pero muchas veces aguantas una violencia verbal por parte de la familia que te hace sentir insignificante y ejercen ese poder porque saben que no tienes otra cosa y, si te vas, te amenazan. 

¿Cuál es la función de vuestra asociación?
En nuestra asociación Mujeres Migrantes Diversas somos unas 270 compañeras. No somos homogéneas porque somos migrantes con distintos recorridos. Hay mujeres católicas, ateas, evangélicas, bisexuales, transexuales; hay una diversidad brutal. Lo que nos une principalmente es la defensa de las trabajadoras que se dedican al hogar. Llevamos tres años trabajando y nos juntamos para ayudarnos. Fuimos cinco mujeres que habíamos sido internas y que comenzamos a darnos cuenta de que la situación laboral estaba empeorando. Hay compañeras que tienen que comprarse la comida y te pueden contratar con un buen sueldo, pero al pagar te quitan 300 euros de la habitación, el gas, la luz, etcétera. Esto es explotación. En la asociación nos dedicamos también a dar cursos de formación, de idioma, de internet, en horarios donde puedan acudir, nos ayudamos en cuestiones sanitarias o informamos de la asistencia médica. Cuesta mucho que las compañeras cuenten los problemas de violencia como el acoso o una violación. La diferencia con la mujer de aquí que también lo padece es que hay una desigualdad con la persona migrante por culpa de la falta de papeles. Si te sientes sola y sin apoyo, te callas. Esta asociación hace que la mujer se fortalezca y pueda mejorar la ciudad. Ahora se sienten apoyadas en estas y otras situaciones, tiene un poder transformador. Luchas por derechos laborales, pero ya estamos en la defensa de derechos LGTBI y muchos otros por la diversidad del propio grupo, precisamente por la variedad. Somos una asociación feminista y nos hemos encontrado con unas redes con otras asociaciones que hacen que estas transformaciones no solo pasen a sus hijos, sino a sus parejas y, en algunas ocasiones, hasta cambiando a los propios jefes. Pasó una cosa sorprendente y es que a una compañera le subieron el sueldo cuando vieron la noticia del pregón en el periódico. Ahora ya tiene hasta días festivos, lo que demuestra que ha valido la pena visibilizar estas problemáticas.

¿Cómo te sentiste aquella tarde en el Saló de Cent? 
Yo pensaba que iba a estar muy nerviosa, pero la verdad es que estaba muy tranquila. Es un lugar que impone, pero estaba muy contenta de ver a la gente que estaba allí. Tenía un encargo de mis compañeras, explicar nuestra situación, tenía mucho apoyo de ellas y, cuando escribí mi parte, Leticia Dolera no cambió nada. Para que veas cómo es alguna gente, me preguntaban si había escrito yo el discurso. Parece que, por ser migrante, solo sirves para cuidar, llevar una casa y punto. Estas mujeres en el Saló de Cent se sintieron felices de saber que también una compañera migrante, negra, latina, con estos pelos, habiendo pasado por su misma situación, les representaba a ellas políticamente, aunque fueran recién llegadas, junto a Ada Colau y Leticia Dolera. 

¿Consideras que la migración es un viaje de ida o has pensado en regresar?
En mi caso, es una situación incómoda porque nunca sabes cuándo vas a ver a tus familiares, son tus raíces, tu gastronomía, el lugar donde nací. Es una pregunta muy compleja. Depende mucho de cada proceso migratorio y la razón que te haya llevado a salir. A mí me empujó la violencia porque asesinaron a mi padre. La situación en Honduras es muy complicada y a mí no me representa en la actualidad. Echo de menos muchas cosas, como mi familia, los lugares donde jugaba con mis hermanos. Yo soy de un lugar rural en lo más profundo del país. Echo de menos las montañas, el olor a barro y a plantas. Son cosas que estarán en mí toda la vida, aunque el proceso que me llevó a salir te haga sentir ese desarraigo con todo.

¿Cómo podemos explicar esta marcha actual hacia Estados Unidos, mientras Donald Trump avisa de que va a actuar militarmente? 
Esas personas quieren salvar la vida porque los gobiernos están matando y están expulsando a la gente de su país. Ha reconocido, como Europa, al presidente de Honduras, cuando ha sido un fraude, y nadie está haciendo nada. Hay muchos intereses empresariales como el relacionado con el aceite de palma. Han llegado muchas empresas y se llevan todo a otro sitio. Se habla de cómo afecta la globalización a lo local y es cuando empieza a aparecer esta migración. Se contamina con la explotación de las minas y la población se desplaza. Es una consecuencia de una falta de valores antigua. Sobre todo, viene de las familias y las instituciones educativas donde todo está centrado en los contenidos que hay que aprender. Los migrantes y los gitanos están estereotipados y no hay expectativas. Si vienes de familias desestructuradas, ocurre esta situación. El mar Mediterráneo es la tumba de África, aunque en esos países de origen exista esta violencia, por supuesto. La violencia se ejerce de muchas maneras, también de forma capitalista, porque no les importa un país, sino sus recursos, favoreciendo que los campesinos se empobrezcan. Es el mismo caso del asesinato de una figura como Berta Cáceres, quien estaba aparentemente protegida en su defensa del medio ambiente, a pesar de haber recibido el Premio Goldman.

¿Has sufrido aquí alguna situación discriminatoria?
Muchas veces te aborda alguien cuando estás leyendo tranquilamente en un banco o piensan que te dedicas a la prostitución. Es una situación donde se mezclan muchas cosas: tu condición latina, femenina, trabajadora del hogar, etcétera. Hay una parte de la sociedad así y está interiorizado. Tiene mucho que ver con cómo socializamos en la familia; por eso, hay que trabajar en valores, en interculturalidad, de cómo ver a los otros, de tener derechos como personas, de aprender a respetar la individualidad de cada uno. Si no es así, aparecen situaciones de racismo. Es como cuando se trata a las niñas como más débiles y estos problemas no se tratan en las aulas. Debe haber un cambio de paradigma en la educación, aprender a trabajar en redes, en equipo, con valores comunes. Las personas que vienen muchas veces tampoco se sienten de aquí; no se sienten como ciudadanos porque sus relaciones son de explotación. Empiezas a sentir que formas parte de la ciudad cuando te puedes empadronar, tienes acceso a los estudios, tienes hijos, cuando empiezas a relacionarte y encuentras que esto también es tuyo y que formas parte de ello. A veces, tienes un desarraigo del país de procedencia y del país de acogida. 

¿Qué se puede hacer para mejorar en estas situaciones? ¿Eres optimista ante el futuro?
Se tiene que trabajar no solo en contenido y resultados, sino en procesos de interculturalidad, en la identidad de género, en las relaciones afectivas sexuales sanas; hay que trabajar la parte humana y cultural. Soy pragmática. Para ser optimista hay que comenzar introduciendo cambios. Las niñas y los niños empezarán a participar y a comprender que hay que respetar al otro, a pensar en los derechos de los demás, a saber que tenemos cosas en común y que también somos diferentes. Hay muchos problemas relacionados con la educación como la conciliación familiar, por ejemplo. Pero hay otros, como un fácil acceso a los videojuegos violentos, a la pornografía, al consumo de drogas infantil. Como sociedad, tenemos que pensar en cuidarnos más en general, a todos los niveles. Así, podemos ser optimistas. 

 

Carmen Juares Palma (Valle, Honduras, 1986). Coordinadora en la Asociación de Mujeres Migrantes Diversas. Trabaja desde hace cinco años en el Servicio de Atención a la Dependencia (SAD) del Ayuntamiento de Barcelona como trabajadora familiar. Es integradora social y actualmente estudia el Grado de Educación Social en la Universidad de Barcelona. 

José Luis Corazón Ardura (Madrid, España, 1973), profesor de historia del arte y diseño moderno en EINA. Colabora en diferentes publicaciones de cultura contemporánea. Entre sus libros cabe señalar Historias de autómatas, Poéticas del presente y La escalera da a la nada. Estética de Juan Eduardo Cirlot. Entre sus exposiciones destacan “Alegorías de la migración” o “La comunidad desobrada”

 

 

Autor: 
José Luis Corazón Ardura