Cuando en Barcelona hace frío, en la periferia arrea de lo lindo. En invierno, a Barcelona se va mucho para estar calentito, igual que en verano se va para pillar el huracán de aire acondicionado que sale por las puertas de El Corte Inglés, o también el que se tomaba antes tan ricamente mirando el escaparate de la extinta sastrería Modelo, al principio de La Rambla. En El Corte Inglés, en la FNAC..., en los sitios con escaleras mecánicas, hay además el aliciente de refrigerarnos visitando plantas como si estuviéramos en el Jardín Botánico. Pueden ser dos o tres grados de diferencia los que se dan entre el centro de Barcelona (en su favor) y los barrios que lo rodean, pero la vida es una cuestión de décimas del mismo modo que la lotería es una cuestión de décimos.

No es el mismo el frío de cuando empieza el día que el frío de cuando acaba. Existe un frío de día y un frío de noche igual que se practica una pesca diurna y una pesca nocturna. El frío de noche es también un frío de la llum, como llaman los pescadores a su pesca de bote con los farolillos encendidos para atraer a los peces, principalmente sardinas. Quien sabe de esto, y lo cuenta muy bien, es Joan Coscubiela, que, cuando otra democracia era posible, fue abogado en CC. OO. de la construcción y toda la pesca. Ahora se consuela corriendo maratones y fue diputado en el Parlamento, mientras la lucha por el poder revolotea en torno a otros farolillos. Desde Diógenes, el hombre es un animal que tiende al farol. Por esta razón, el frío nocturno es un frío cínico. Sabe de sobra que él es el frío auténtico y que lo del día no pasaba de biruji o de rasca. Es un frío que tiene muy claro que va a quedarse solo, con toda la ciudad para él, en cuanto la gente vuelva a su casa “abrigá”, como cantaba Triana en Desnuda la mañana.

 

EL ESTORNUDO COMO CONSIGNA

Por las mañanas el frío es una cuestión social, de lucha de clases. El personal lo comparte, agrupado bajo la marquesina, mientras espera su autobús para ir al trabajo. Esa es la diferencia entre la aristocracia y la clase obrera: mientras unos tienen marquesonas, otros tienen marquesinas. El frío del que va a trabajar al Carrefour es un frío con vaho y de manos frotadas, como si se hubiera fumado un Cohiba y quisiera hacerse rico. Y el frío del que ya es rico tiene un frescor no reciclable hecho de la nieve artificial que le tienden a modo de alfombra cuando lo ven llegar. Durante el invierno, los trabajadores en huelga (ahora se dice en conflicto) en vez de proclamar consignas estornudan muy fuerte. Pero la verdad es que ya no hace un frío como el de antes ni el paro es lo que era. Ahora a helarse se le llama sensación de frío, y a seguir en paro, sensación de empleo.

El único ecosistema a donde el cambio climático no ha llegado es al de la política. Ahí corren cada vez tiempos más fríos, lo que explica que tengamos en tantos lugares dirigentes que parecen estalactitas rodeados de un montón de chupones colgando.

En Barcelona este va siendo un invierno de frío sin guantes, pero con bufanda. La gente ha optado por llevar las manos en los bolsillos ya que no tiene otra cosa que meterse en ellos. Como en la calle no hay manera de combatir el frío, se da a entender que causa indiferencia y tal es el motivo de que se vea pasar a todo el mundo encogido de hombros. El frío de la calle de Pelai es distinto del de la calle de los Tallers, y eso que apenas hay unos metros de distancia entre ambas. En la primera, día y noche hace un frío nocturno, y quizá por esa razón parece que todo el año sea Navidad en esta calle. En la segunda es un frío diurno, con luz (y paisanaje) de playa de Benidorm.

 

LAS CUATRO CARAS DEL INVIERNO DE PEÑARROYA

Antes de que apareciera la novela gráfica y los personajes saliesen todo el rato con los ojos muy abiertos y rascándose la barbilla, los dibujantes de tebeos se fijaban mucho en la gente para poder retratarla. En un antiguo almanaque del DDT, Peñarroya (que sabía poner con más gracia que nadie las rayas de la cara) plasmó las cuatro caras del invierno, que son las siguientes: cara del que se mete en la cama y la encuentra completamente helada; cara del que se está poniendo el zapato en el pie del sabañón; cara del que sospecha que no está bien tapada la bolsa de agua caliente, y cara del que se da cuenta de que, en efecto, la bolsa no estaba bien tapada. 

Pero todo esto es en relación con nuestro frío amable de Barcelona, con nuestro frío húmedo de ciudad ensimismada que busca en los crímenes de la novela negra lo que guarda dentro de sus propios armarios. (También se hace un tipo de literatura criminal bajo cero, que se encuentra en la novela nórdica, y por eso sus autores tienen nombres como Jo Nesbø, que lleva puesta una bufanda en la última letra del apellido). En realidad el frío verdadero lo tenemos delante de nosotros, aporreando y congelando vivos a los refugiados que buscan un lugar donde nada de esto pueda ocurrirles. Parece que todo suceda a las puertas de Europa, pero lo llevamos metido hasta el tuétano. El frío de ahí afuera siempre acaba calando.

 

Javier Pérez Andújar (Sant Adrià de Besòs, España, 1965). Escritor. Entre sus libros cabe destacar Catalanes todos. Las 15 visitas de Franco a Cataluña (La Tempestad, 2002), Paseos con mi madre (Tusquets, 2011) y Diccionario enciclopédico de la vieja escuela (Tusquets, 2016). En el 2014 fue galardonado con el Premio Ciudad de Barcelona. En el año 2016 se encargó de realizar el pregón de las Fiestas de La Mercè. 

 

Autor: 
Javier Pérez Andújar