I

“Una calle es una sucesión de casas unidas por el vínculo de la vecindad”, decía Josep Pla, en Barcelona, una discusión entrañable, y una ciudad es un nudo de calles, una red de relaciones, un amontonamiento de vecindades sin las que no podríamos entender lo que somos.

Una ciudad es el espacio social que vivimos y que imaginamos, un ser, un hacer y un querer en común. En las ciudades vive hoy más de la mitad del planeta y en esas ciudades se van fraguando los relatos con los que se articula la memoria que queremos conservar y los vínculos que queremos cultivar.

II

Cuando defendemos el derecho a la ciudad, lo que hacemos es luchar contra quienes quieren desposeernos de esos relatos, esa memoria y esos vínculos, y del mayor o menor éxito de esa lucha depende, en buena parte, que a unas ciudades se quiera ir y que de otras se quiera huir. Está claro que no todas las ciudades son las Ítacas de Ulises, esas patrias dulces de frondosos y espléndidos montes. 

Hay ciudades devastadas por la corrupción urbanística y la burbuja inmobiliaria que divide, fragmenta y jerarquiza. Porque mientras los ricos se bunkerizan en urbanizaciones cerradas y “seguras”, las grandes constructoras crean ciudades paralelas en las que la vida puede ser solitaria e inestable, metabolismos urbanos que machacan diariamente a quienes más necesitan de la proximidad y la integración. Mujeres cuidadoras, precariado, mayores, niños y niñas, personas con discapacidad… Hoy hay 883 millones de personas viviendo en estos barrios marginales, condenadas a superar las barreras infranqueables, clasistas, sexistas y racistas que unos pocos han levantado para ellas. 

Cuando defendemos el derecho a la ciudad, estamos pensando en transformar estas cosas. Pensamos en esas Ítacas que acogen y cuidan, en las que rige la política de lo común. Ciudades compactas y capilarizadas en las que se prioriza la cercanía y el acceso a los bienes básicos para el sostenimiento de la vida.

III

En España, nuestras Ítacas son ciudades que han apostado por un autogobierno coordinado, luchando contra el desmantelamiento de la autonomía local que ha supuesto la ley de régimen local del Partido Popular y su ley Montoro. 

Las que ganan soberanía recuperando el agua, la energía, el transporte o el suelo para la gente, bienes comunes expropiados hace años en forma de ventas, externalizaciones y partenariados público-privados.

Las que ganan soberanía rechazando un modelo turístico depredador, resistiendo la actividad especulativa y el deterioro ambiental que provoca.

Las que ganan soberanía apostando por la economía de la proximidad, por los huertos urbanos y la agroecología. Ganar soberanía es integrar a la periferia para que la conurbación no sea solo un desierto de suelo pretendidamente urbanizable, un pozo inagotable de recursos o un simple sumidero. 

Y ganar soberanía es rescatar la memoria de la ciudad, los espacios emblemáticos y simbólicos; rescatar un relato que ha de contarse desde la vivencia de las mayorías sociales, porque hay quien ha contado la ciudad para revictimizar y olvidar.

IV

Nuestras Ítacas son ciudades de buen gobierno; comprometidas con la transparencia, la rendición de cuentas y la participación ciudadana, porque no puede garantizarse ni un solo derecho social donde no se garantiza una base democrática y una red comunitaria… Presupuestos participativos, alcaldes y alcaldesas en barrios y distritos, altos niveles de inversión social, derecho a la vivienda donde solo hay papel mojado. O una multiconsulta que, como en Barcelona, pueda utilizarse contra el poder de los oligopolios.

V

Nuestras Ítacas son ciudades refugio, aunque hoy el viaje a Ítaca no se parezca en nada al que describía en su famoso poema el gran Konstantinos Kavafis, porque no hay mañanas de verano, ni puertos en los que atracar, ni hermosas mercancías, ni perfumes sensuales, ni sabios de los que aprender. Frente a la criminalización de quienes defienden a las personas migrantes y refugiadas, frente a la solidaridad excluyente que enfrenta al penúltimo contra el último, frente al “nosotros primero”, nuestras Ítacas son siempre lugares de acogida y de cuidado.

Hoy los refugiados representan una proporción relativamente pequeña y estable de la población mundial, pero las políticas que se impulsan y los recursos que se destinan a la impermeabilización de las fronteras constituyen una cifra abrumadora. Si, en 1990, quince países tenían muros o vallas, a principios del 2016, ese número se había elevado a casi setenta. Dice Amnistía Internacional que, antes de la crisis, entre los años 2007 y 2013, la Unión Europea gastó casi 2.000 millones de euros en vallas, sistemas de vigilancia y patrullas terrestres o marítimas, 2.000 millones de euros para reforzar la seguridad en sus fronteras y solo unos 700 millones en políticas de acogida. 

En su libro de 1951, Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt sostenía que la incapacidad de los países de garantizar los derechos de los desplazados en la Europa de entreguerras había contribuido a crear las condiciones para las dictaduras. Las personas sin derechos eran entonces “los primeros síntomas de una posible marcha atrás en la civilización”. Y ahora, curiosamente, esta afirmación tiene más vigencia de la que tenía entonces, hace solo una década.

Son muchos los cargos públicos que nos dicen que debemos cuidar antes a los nuestros que a los refugiados, pero, probablemente, estas personas no están interesadas en hacer ni una cosa ni la otra. Porque si es la psicopatía la que rige la acción política contra los “otros”, será el mismo principio el que se aplique a los ciudadanos “propios”. 

Desde las Ítacas hay que resistir la xenofobia primitiva que insiste en la “amenaza” que la inmigración supone para la población autóctona, para el mantenimiento de las prestaciones sociales y el empleo, para la pervivencia de nuestra “especificidad cultural”. Una combinación de racismo cultural y racismo del bienestar que apoya, finalmente, la tesis de la preferencia nacional que está saliendo adelante en toda Europa. Su objetivo es alimentar el miedo y la sensación de inseguridad, generar una alarma que justifique la implantación de políticas represivas y estados permanentes de excepción, aplicado a propios y extraños.

La Administración Bush construyó un muro entre San Diego y Tijuana para evitar la migración, pero no se ocupó del mantenimiento de los diques de Nueva Orleans, asolada después por el huracán Katrina, y, en plena catástrofe climática, diseñó planes de evacuación solo para quienes tenían su propio coche, dejando abandonados a quienes no disponían de medios para sobrevivir. En esto se traduce ese “nosotros primero”, etc., en una construcción cada vez más estrecha y elitista del “nosotros”. Cuando es el darwinismo social el que rige las políticas públicas, es más fácil de lo que parece caer del lado de “los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”, “los otros”, “los ellos” o “los que no son de ninguna parte”.

VI

Por eso también nuestras Ítacas son ciudades feminizadas y feministas organizadas en torno a la interdependencia, la ecodependencia y el cuidado, porque somos seres dependientes e inacabados y lo somos todos y todas, en cualquier momento de nuestra vida… Cuando se dice que hay que poner la vida en el centro, lo que se pone en el centro es el nudo de relaciones y de condiciones materiales del que cualquiera depende para vivir. 

VII

Y, bueno, ninguna de estas Ítacas está sola. Estas ciudades funcionan en red como un enjambre policéntrico y mutable. Ahí están el Encuentro de las Ciudades por el Agua Pública que se celebró en Madrid hace un par de años para defender el agua como bien común y bien público, la red global que logró cristalizarse en el 2017, en Barcelona, las “ciudades sin miedo” y el Atlas del Cambio, que mapean las experiencias municipalistas en todo el Estado. El municipalismo es capaz de confrontar políticas estatales e interestatales de exclusión y lo hace tejiendo alianzas y vinculando pueblos en un rico mestizaje.

VIII

En la ciudad no hay ciudadanos, sino vecinos, porque lo importante no es lo que cada quien es, sino el lugar en el que está, lo que hace y lo que quiere hacer, en común, con aquellos con los que comparte territorio y experiencias. 

IX

“La ciudad abre bien sus ventanas para no perder ningún sonido. Una canción pasa en bicicleta y regala a cada casa una nota” (M. Krüger, Visita a Ámsterdam)

 

María Eugenia Rodríguez Palop (Llerena, España, 1970). Profesora titular de Filosofía del Derecho en la Universidad Carlos III. Es autora de La nueva generación de derechos humanos. Origen y justificación (Dykinson, 2001 y 2010) y Claves para entender los nuevos derechos humanos (Los Libros de la Catarata, 2011). 

Autor: 
María Eugenia R. Palop