En la huella de una persona recién llegada a la ciudad están sus angustias, sus expectativas, su historia. En su primera caminata buscará con ansiedad signos de si ha llegado a una ciudad acogedora o no. Pero ya tiene hecho el primer paso: ya está en ella. Desgraciadamente, esta es una posibilidad cada vez más irrealizable para las personas que migran. 

Para disfrutar de una ciudad habitable, primero, hay que llegar y hoy en día hay personas que se quedan a las puertas, en el umbral. Porque para pedir asilo hay que llegar al país en el que se quiere solicitar. Antes, se tienen que cruzar fronteras. De manera regular o irregular, con medios propios o teniendo que aceptar las extorsiones de mafias, abriendo un agujero en una valla o haciéndose al mar en una embarcación precaria, escondiéndose de patrullas policiales o atravesando el desierto. Si llegan sanos y salvos es que han utilizado vías legales y seguras. Desgraciadamente, estos son una minoría. 

Las políticas migratorias no son unidireccionales. El enfoque en la seguridad y la militarización, en forma de patrullas fronterizas y centros de internamiento, es la opción sobre el mostrador europeo. Pero no es la única, ni mucho menos. Ni la deseable. En lugar de vallas, existen vías legales y seguras. Algunas de estas ya las recoge la legislación europea: la ejecución de los programas de reasentamiento y reubicación de las personas que solicitan asilo, la expedición de visados humanitarios, el establecimiento de corredores humanitarios o el fomento de un plan de visados académicos. Sin embargo, hace falta voluntad política para aplicarlas. 

No es necesario ni ser pioneros. En 1921 Fridtjof Nansen, alto comisionado de la Sociedad de Naciones, organizó una campaña para ayudar a los refugiados de la Primera Guerra Mundial. Creó una cédula, un pasaporte, que también se utilizó para otras acciones posteriores: el pasaporte Nansen. Un total de 52 naciones reconocieron la validez de este documento. Hoy se llamaría visado humanitario. Hace casi un siglo permitió la movilidad de miles de personas. Y, por lo tanto, su salvación. 

Hay experiencias mucho más próximas en el tiempo: la rápida reacción de Suecia desde el primer momento para acoger personas refugiadas mientras el resto de Europa bregaba con unas cuotas ridículas nunca alcanzadas o los corredores humanitarios puestos en marcha en Italia y Francia por la Comunidad de San Egidio desde el 2016. Sin duda, estas iniciativas ahora están en regresión. 

Si una persona puede solicitar visados a embajadas y consulados en los países de origen y de tráfico se le ahorrará el padecimiento y el riesgo. Si se agilizan los trámites de solicitud de asilo en lugar de tener que esperar un año y medio, dos o, incluso, tres años en condiciones de vulnerabilidad, con unas ayudas que no se acaben en una fase muy temprana, podrá empezar una nueva vida con garantías. 

 

Reconocemos las fronteras como espacios de no derecho, de vulneración, pero la ciudad también es un entorno a menudo hostil para las personas que ya han llegado. La carencia de derechos fundamentales se hace más patente que en ningún otro sitio en los CIE (centros de internamiento de extranjeros) que siguen abiertos y vigentes. El hecho de no poder votar, de no tener acceso a la sanidad o las limitaciones en las ayudas a solicitantes de asilo y refugiados también conculca los derechos de las personas, así como permanecer en situación irregular porque los papeles no llegan. El espacio de no derecho genera ciudadanía desposeída de sus derechos. 

Una ciudad habitable es aquella que está en un país habitable para todo el mundo, que no divide a la sociedad en ciudadanía de primera, de segunda o, directamente, sin categoría. Un territorio donde las leyes amparan a todo el mundo, sobre todo, a quienes se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad. 

Como dice Blanca Garcés, investigadora del CIDOB: “Las fronteras más efectivas son las de papel y tienen forma de visado”. Por eso, en Stop Mare Mortum trabajamos para fomentar el establecimiento de vías legales y seguras, para que este papel conjure la frontera, la valla, el muro, el mar que ya es una fosa común de proporciones insoportables. 

Las reglas del juego referentes a políticas migratorias cambian de forma constante en los últimos tiempos. Cuando no conviene, no se cumple la legislación vigente. Sin embargo, si conviene, se improvisan nuevas normas en un sentido no favorable a las personas, sino a intereses económicos y financieros. 

Los gobiernos van ahora en dirección contraria a la voluntad que han demostrado los ciudadanos y ciudadanas que quieren acoger, que son la mayoría. Empujan las fronteras hacia afuera, con vallas y concertinas, pero también con políticas y acuerdos que mercadean con los derechos humanos. Lo hacen para evitar que las personas puedan llegar. Las empujan también hacia dentro, cargándolas sobre los hombros de las que consiguen llegar y que se enfrontan al racismo institucional, a los obstáculos administrativos y jurídicos, a la exclusión.

El argumento falaz de algunos de estos gobiernos es la incapacidad para acoger a todo el mundo. Se declaran públicamente sobrepasados por un 0,2 % o un 0,4 % de población; uno o dos millones de refugiados y refugiadas en una Unión Europea de quinientos millones de habitantes. Solo este dato ya deja el alegato al desnudo. Y se desprovee totalmente de credibilidad cuando añadimos que el 86 % de las personas desplazadas forzosamente en el mundo están en países empobrecidos. No hemos acogido a una enorme cantidad de personas en busca de refugio. Sin embargo, las políticas vigentes sí que han convertido en clandestinas a miles de personas solo por el hecho de buscar una vida mejor. 

El objetivo de las políticas migratorias en nuestra casa debería tener como prioridad evitar más muertes en el Mediterráneo, en lugar de aumentar el gasto en protección de las fronteras. Porque, irónicamente, en nombre de la seguridad, las rutas migratorias se han vuelto cada vez más peligrosas y mortíferas para las personas que las utilizan. 

Mientras las mercancías y los capitales circulan con libertad, la movilidad de las personas se restringe hasta el punto de que no se facilitan ni siquiera los desplazamientos de refugiadas y solicitantes de asilo. Migrar no es ningún delito, es un derecho. Un derecho que ha quedado restringido solo a una parte de la población, y ha quedado excluida de él la que, generalmente, se encuentra en situaciones de más vulnerabilidad.

Los movimientos migratorios no dejarán de existir, han sido una realidad desde tiempos inmemoriales y continuarán en el futuro. Ni los muros más altos ni las concertinas más sofisticadas los detendrán. Otras políticas que se fundamenten en los derechos humanos y la cooperación y la acogida en lugar de abocarse a la seguridad y la militarización pueden hacer que este proceso sea armónico en lugar de la tragedia humanitaria que es actualmente. 

No es ninguna exageración decir que el derecho de asilo está en peligro en estos momentos en Europa. Si lo dejamos caer, desde la pasividad y la indiferencia, arrastrará a otros derechos que hemos conquistado a lo largo de décadas y que hacen de nuestro territorio un paraíso anhelado. La sociedad democrática y garantista que nos da la tranquilidad y el confort en que hemos vivido hasta ahora. Porque la oportunidad para unas personas es también el progreso de otras.

En un marco global complejo y obstinado en el rechazo, las ciudades pueden ser una alternativa de espacio habitable, de plenitud de derechos. Un espacio donde no haya impunidad para las vulneraciones de los derechos humanos, donde se haga patente el derecho de poder llegar y el esfuerzo por acoger. Solo así quien llegue y viva en él podrá acceder a su derecho a una vida digna, y dejará de ser un ente invisible, un número en un papel o una cifra abstracta en una estadística para convertirse en un vecino o vecina, un miembro más de la comunidad.

 

Stop Mare Mortum (Barcelona, España, 2015). Plataforma ciudadana dedicada a sensibilizar y movilizar a la sociedad civil, incidiendo en las políticas estatales y europeas sobre extranjería y migración para hacer que se cumplan los derechos humanos en estas situaciones y evitar las muertes en el mar causadas por la falta de vías legales y seguras. 

Autor: 
Stop Mare Mortum