Barcelona, espejo de nuestro tiempo

Una família amb l’àvia, un adult i un nen passegen pel mig del passeig de Sant Joan, que forma part de la xarxa d’itineraris segurs © Ajuntament de Barcelona / Goroka

La ciudad es la historia de las personas que la han habitado y la habitan, de sus trabajos, de sus sueños. La gente nace y muere, y mientras vive moldea su entorno, marca el territorio materialmente y culturalmente. El ritmo de las llegadas y las desapariciones nos habla claramente de lo que es ahora Barcelona, tan distinta de lo que fue hace 50 años, tan diferente de lo que será dentro de 50.

Imaginamos las ciudades a partir de su estructura de piedra, sus calles —la parte que se modifica más lentamente—, sus lugares singulares, sus comercios y sus restaurantes, que cada vez cambian con mayor rapidez. Hace un siglo los lugares veían a la gente pasar, eran testigos de las trayectorias de la infancia a la muerte; ahora es, más bien, al contrario: somos las personas las que vemos nacer un café, una tienda y, poco después, vemos cómo desaparecen; somos testigos de la efímera vida de las cosas en una sociedad inquieta y cambiante.
Aunque, en realidad, la ciudad es la historia de las personas que la han habitado y la habitan, de sus trabajos, de sus sueños. Para mí la demografía es la ciencia que nos acaba proporcionando un diagnóstico del estado de una ciudad, de las tendencias pasadas y futuras. La gente nace y muere, y mientras vive moldea su entorno, marca el territorio materialmente y culturalmente. El ritmo de las llegadas y las desapariciones nos habla claramente de lo que es ahora Barcelona, tan distinta de lo que fue hace 50 años, tan diferente de lo que será dentro de 50.
Antes de echar un vistazo a las cifras hay que hacer una advertencia. El municipio de Barcelona es una ciudad falsa, si tenemos en cuenta su población. Por una serie de razones que creo que, globalmente, podemos considerar afortunadas, los límites territoriales no se han expandido con el crecimiento humano, de modo que gran parte de la población que vive en la aglomeración metropolitana no se contabiliza como población barcelonesa, aunque, desde el punto de vista económico, laboral o cultural pertenece al conglomerado barcelonés. Y, por otro lado, las características del conjunto de la población metropolitana no son homogéneas en el territorio, es decir, la composición social del área metropolitana, por ejemplo, es bastante diferente de la de Barcelona ciudad; lo que observamos en este artículo es tan solo un fragmento del tejido social real. El fragmento más grande es, sin duda, el núcleo aglutinador. Pero no es la totalidad de la sociedad barcelonesa, por las razones que se han comentado.

Nuevos tiempos, nuevos modelos: es necesario un cambio en la mirada

Desde mi punto de vista, los datos que presentamos nos indican que Barcelona es ya del todo una ciudad del siglo XXI, con unos retos y unas características totalmente diferentes de los que podía tener hace un siglo. Sin embargo, los valores que, de forma más o menos imprecisa, seguimos evocando para pensar una ciudad exitosa siguen lastrados por una mirada antigua. Durante mucho tiempo se ha considerado que una ciudad exitosa es aquella que crece constantemente en número de habitantes, que se expande en el territorio, que elimina sus jardines y bosques para construir industrias o bloques de viviendas, y que tiene una población relativamente homogénea desde el punto de vista racial y cultural. Así fue Barcelona desde finales del siglo XIX; la llegada de gente joven dispuesta a trabajar duro, a levantar calles, barrios y plazas era el éxito, eso que convirtió a nuestra ciudad en el motor de la economía española.

En 2021 nos encontramos en una situación totalmente diversa: en cuanto al crecimiento numérico, la ciudad aumentó hasta finales de los años setenta; después perdió población y se estancó, con momentos de descenso o de remontada, en función de las coyunturas económicas y de la llegada de inmigrantes. Si la comparamos con otras ciudades del mundo, Barcelona es una ciudad relativamente pequeña, sobre todo si no contamos la región metropolitana. No es tampoco una ciudad con una población joven; al contrario, la media de edad aumenta hasta los 44 años, algo más elevada que la de Cataluña y de España.

La edad media ha crecido en 3 años, a pesar de la inyección de población joven migrante que ha venido a vivir con nosotros y que tiende a rejuvenecer el conjunto. El grupo que más crece es el de los mayores de 60 años, que llega ya al 20 %, aproximadamente, y que se calcula que hacia el 2030 puede llegar a constituir un tercio de la población. A su vez, el descenso de la natalidad que se experimenta hace tiempo, a pesar de la llegada de inmigrantes con otros hábitos reproductivos, hace que proporcionalmente vaya disminuyendo la población infantil y juvenil: el grupo de menores de 15 años no llega al 14 %. Es decir, ni crecimiento numérico ni población joven. Tampoco homogeneidad cultural: la llegada de tantas personas —el 20,1 % proceden del extranjero, italianas, chinas y hondureñas en los tres primeros puestos— va dando lugar a una sociedad mestiza, típica de los movimientos de población de la etapa de globalización que vivimos.

Una vida larga

¿Se trata de una ciudad decadente, si nos basamos en los criterios antiguos? Desde mi punto de vista, es todo lo contrario. Desgraciadas las ciudades con una pirámide de edades de base muy ancha y cúpula muy estrecha: esta figura nos dice que se vive relativamente mal, que en ella la vida humana es breve, dura y difícil; la gente, si puede, escapa de ella, a pesar de la incertidumbre que provoca migrar. Barcelona, en cambio, tiene unas condiciones que permiten una larga vida a sus habitantes. Sobre todo, a las barcelonesas, que son los dos tercios de la población mayor de 60 años, y que tenían, en 2017, una esperanza de vida de 87,1 años, frente a una esperanza de vida masculina de 81. Sin embargo, esta diferencia se debe básicamente a la desigual evolución de los géneros como modelos sociales prescritos en función del sexo, un tema en el que ahora no voy a entrar.

Por tanto, una ciudad madura, capaz de sostener la vida, de cuidar de ella; y, además, de talante democrático y progresista. Tan solo desde una mentalidad abierta puede construirse una ciudad capaz de adaptarse a las nuevas coyunturas y de comprender que ahora el modelo adecuado ha cambiado, que hay que reconquistar y preservar la naturaleza, y rehacer las condiciones para una vida sostenible y saludable, para una ciudad mestiza pero cohesionada, en la que no haya guetos ni grandes desigualdades. Y, en este aspecto, sí que queda mucho por hacer, porque algunas características demográficas muestran tendencias sociales negativas.

Una de ellas es la profunda penetración del individualismo: la familia ha sido, en Cataluña, el recurso más sólido para mantener la vida, especialmente en las etapas de dependencia, infancia y vejez. Y ahora ha entrado en un proceso de debilitamiento. Podemos verlo en la evolución de la dimensión de las familias, que ha pasado en Barcelona de 3,03 miembros en 1985[1] a 2,34 en 2011, y que, según los indicios, sigue disminuyendo. Esta disminución sería superior si las generaciones jóvenes pudieran emanciparse antes, algo cada vez más difícil a causa del paro juvenil, los sueldos bajos y el precio de la vivienda. Se acelera la tendencia a vivir solos, sobre todo entre la gente de edad avanzada, especialmente mujeres; un rasgo común a la mayoría de las grandes ciudades europeas que nos muestra que, como sociedad, damos más importancia al proyecto individual, tanto profesional como de ocio, que a la construcción de una vida en común, como era habitual en el pasado. Echamos de menos la comunidad, pero de momento huimos de ella, empujados por los mil reclamos que nos ofrece la actual forma de vida.
 

Aumento de las debilidades

La otra debilidad evidente es el aumento de las desigualdades, tan visible si tenemos en cuenta, por ejemplo, las diferencias de esperanza de vida por barrios. Según datos de 2017, la esperanza de vida más elevada de la ciudad era la del barrio de la Maternitat-Sant Ramon, de 87,3 años de media, frente a los 80,1 de Trinitat Nova, la más reducida. Siete años permiten medir de forma muy concreta las diferencias de calidad de vida que, globalmente, tienen los barceloneses y las barcelonesas de ambos barrios. Cabe decir que en los años anteriores a 2020 esta diferencia se había ido reduciendo, un dato muy esperanzador, porque había llegado a ser de más de 11 años de distancia. Es muy posible que con la pandemia la desigualdad haya vuelto a crecer, porque por otros indicadores sabemos que en los barrios pobres los contagios han sido mucho más numerosos.

Sin olvidar otro reto de nuestra ciudad: las posibilidades que ofrece a la gente joven, tanto para vivir como para trabajar en ella. Paro y enormes desigualdades económicas son hoy, desde mi punto de vista, los mayores retos de una Barcelona que se transforma y afronta los cambios de coyuntura y de objetivos prioritarios que nos plantea la globalización y el deterioro de las condiciones ecológicas del planeta. Pero que sigue teniendo cosas por modificar: abrir posibilidades a la gente joven, porque, si no, el envejecimiento será excesivo; abrir nuevas vías de producción, más basadas en la investigación y la innovación tecnológica que en el retorno de la industria o la expansión del turismo; y, sobre todo, impedir la formación de guetos derivados de las grandes desigualdades y nivelar las oportunidades y las formas de vida de toda la población barcelonesa, para avanzar hacia una etapa menos conflictiva y con un mayor consenso y cohesión social en relación con nuestro futuro común.


[1] Según datos de la Encuesta Metropolitana 1985-86.

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