Construir armonías: hacia un arquitecto coral

Aunque la gente sabe lo que necesita y lo que quiere, la arquitectura cada vez se aleja más de la posibilidad de contribuir de un modo sustancial a las comunidades a las que debe servir.

Durante el verano de 2006, Annie Choi, que acababa de graduarse en el programa de escritura de la Escuela de Arte de Columbia, escribía encorvada sobre su portátil, tecleando con rapidez, pese al ruido que llegaba de las calles de Nueva York y al calor sofocante de su apartamento. Quizás porque había sido relegada a un angosto estudio de apenas diecisiete metros cuadrados sin aire acondicionado, acumulaba un resentimiento enconado. En la pantalla se apreciaba una carta abierta a los arquitectos, cuyas primeras palabras eran: “Queridos arquitectos: estoy harta de vuestra mierda”.

Choi había conocido a los editores de Pidgin Magazine, una publicación anual de reciente creación radicada en la Escuela de Arquitectura de Princeton. El primer número de la revista fue bastante riguroso: un autodenominado “reportaje” desde dentro de la escuela para dar a conocer al mundo exterior ideas y obras arquitectónicas, contenidas en 256 páginas muy bien diseñadas de teoría, representaciones y descripciones de proyectos. Un nivel muy alto, de modo que los editores concluyeron que el segundo número necesitaba un soplo de aire fresco. Sería genial invitar a una persona no arquitecta a colaborar. Choi estaba a punto de publicar su primer libro, Happy Birthday or Whatever, con el que había encontrado su propia voz, irónica e irreverente. Sin importar lo que los editores esperaban, Choi entregó una crítica mordaz. Después de las densas páginas del vanguardista discurso académico sobre arquitectura de Pidgin, la carta de Choi fue como una patada en el estómago. Contenía una crítica incisiva: arquitectos, mirad a vuestro alrededor. No os toméis a vosotros mismos tan en serio y paraos un momento a pensar en la gente para la que diseñáis. La carta obtuvo airadas respuestas. Choi había tocado una fibra sensible. Ponía en palabras hasta qué punto la arquitectura se había enrocado, mostrando el gran esfuerzo del arquitecto prometeico como una simple irrelevancia autocomplaciente.

Existe una marcada asimetría en juego: la gente sabe lo que necesita y lo que quiere, pero la arquitectura se mira al ombligo y cada vez se aleja más de la posibilidad de contribuir de un modo sustancial a las comunidades a las que debe servir. En 1975 Nicholas Negroponte escribía en su obra Soft Architecture Machines que existe “la sensación general de que la arquitectura, sobre todo de viviendas, ha sido inadecuada y no ha respondido a las necesidades y deseos de sus usuarios […] El diseño de las viviendas está en las manos equivocadas, es decir, en las manos de un ‘profesional’ externo en lugar de uno que sea vecino.” Nadie está más familiarizado con las necesidades de los usuarios que los propios usuarios, pero estos son excluidos del proceso.

El objetivo del diseño centrado en el usuario ha servido de motivación a los arquitectos durante mucho tiempo. La meta del modernismo y del concepto de Gesamtkunstwerk era solucionar de un plumazo todas las deficiencias, ineficacias e ineptitudes de la arquitectura. Considerando la totalidad de la habitación humana como objeto del diseño, el arquitecto prometeico buscaba reformar al hombre contemporáneo, de la cuchara a la ciudad, de la ciudad a la sociedad. En el pasado siglo esta reluciente pureza blanca de intenciones en el mejor de los casos se ha revelado como una quimera, y en el peor se ha dado de bruces con la realidad de la vivienda y la sociedad. Pero la profesión se aferra a sus restos de idealismo mesiánico, a la vez distante e impotente.

No obstante, resulta complicado decidir a quién achacar la culpa. En lo que constituye una maraña universal de acusaciones, las cuestiones específicas pasan de un participante a otro. Casi todos los gobernantes, por ejemplo, promueven la construcción de edificios más eficientes energéticamente, pero en la práctica pasan el relevo a organizaciones de desarrollo que (lógicamente) consideran un rendimiento energético superior simplemente como un coste. “La única persona con un interés económico directo en diseñar para obtener un mejor rendimiento energético es la que va a pagar las facturas energéticas”… Y la única manera en que esta persona puede ejercer control es apagando la calefacción y tiritando en invierno. Este principio general puede aplicarse a casi todos los aspectos del diseño.

Con la falta de la participación del usuario resonando por toda la historia de la arquitectura moderna, y dado que los usuarios se alejan hoy cada vez más del proceso de diseño, los modelos de código abierto para un enfoque colaborativo podrían tener consecuencias drásticas. Del software a los fab labs, el código abierto ha emergido como una nueva forma de implicación. La cuestión acuciante es cómo reorientar la práctica arquitectónica hacia las personas, y la respuesta será poner la arquitectura en manos de las propias personas. ¿Ha llegado por fin el momento de una forma de producción relacional y menos jerárquica?

Ethel Baraona-Pohl afirma que “ha llegado el momento de convertir la insatisfacción en propuestas serias a fin de recuperar la ciudad para los ciudadanos, eliminar la distinción entre público y privado en el entorno urbano, pasar del ‘hágalo usted mismo’ (DIY, por sus siglas en inglés) al ‘hágalo con los demás’ (DIWO, por sus siglas en inglés)”. Sin duda, una postura radical, pero puede que ya exista un futuro para la arquitectura diseñada por la humanidad y para la humanidad.

En el transcurso de esta revolución, dado que el control vuelve al pueblo, ¿hay que guillotinar al arquitecto? ¿Se anuncia la muerte de su figura prometeica? Solo puede sobrevivir si se adapta y, si lo hace con éxito, ¿qué papel desempeñará?

Redefinición del arquitecto

La cuestión fundamental —la redefinición del arquitecto— ha sido analizada desde distintos ángulos por arquitectos y pensadores desde los años sesenta del siglo pasado. En una respuesta profética, Nicholas Negroponte predijo que el diseñador evolucionaría a “intermediario”: un creador de marcos abiertos en lugar de formas deterministas. El proceso de arquitectura “no sería un caso de autocracia temeraria, sino más bien un conjunto ubicuo y oblicuo de condicionantes”, lo que sugiere una transformación esencial de productos arquitectónicos. En lugar de proporcionar un diseño limitado y construible, el arquitecto establecería un conjunto de parámetros que conducen a un corpus floreciente de ideas, un espectro casi infinito de arquitectura potencial. Los arquitectos diseñarían la pregunta, no la respuesta.

En relación con “la flexibilidad, la responsabilidad, la transitoriedad, la relatividad, la satisfacción”, en palabras de Hans Ulrich Obrist, Cedric Price trabajó en pos de una reconfiguración similar de la función del arquitecto, forjando la idea del arquitecto como programador. En proyectos como Potteries Thinkbelt (1965), The Generator (1976) y Magnet Project (1997), el arquitecto proporcionaba un conjunto de algoritmos, estímulos e interacciones. “Según Price, el arquitecto no debería contentarse con ser un simple diseñador de hardware, sino que debería exigir una mayor responsabilidad para crear programas de actividades y determinar cómo podrían integrarse”. “La idea no es ocupar espacio, sino provocar relaciones y espacios sociales, favorecer nuevos modelos y contextos de movimiento urbano en la ciudad”. El arquitecto ofrecía actividad en lugar de forma.

A partir de principios del siglo xx, la incipiente disciplina de la cibernética buscaba analizar los sistemas de redes, centrándose en la comunicación y las conexiones entre nodos interdependientes, y ofrecía el lenguaje con el que Price definiría al arquitecto como programador, en una fecunda colaboración con el cibernetista pionero Gordon Pask. En The Architectural Relevance of Cybernetics (1969), Pask era uno de los primeros en aplicar el marco conceptual de la cibernética a la arquitectura. “Nos interesan los artefactos que se asemejan al cerebro”, escribía Pask, “la evolución, el crecimiento y el desarrollo; el proceso de pensar y llegar a entender el mundo. Desde la perspectiva de las ciencias aplicadas, pretendo crear [...] los instrumentos de una nueva revolución industrial; mecanismos de control que hacen sus propios planes”. En el campo de la arquitectura, la cibernética tiene menos que ver con edificios-objeto diseñados, artísticos, que con soluciones arquitectónicas para ecologías adaptativas que evolucionan mediante una forma de diálogo con los habitantes.

Price abandonó el precedente arquitectónico a favor de la arquitectura como acontecimiento. En cambio, N. John Habraken apuntó que el proceso de diseño rediseñado solo sería descubierto por el arquitecto mediante un examen minucioso de las características y tendencias integradas en la estructura de la arquitectura; es decir, considerando el entorno construido como una entidad autónoma. Como señaló Habraken, a través de la historia de la arquitectura el diseño de edificios ha evolucionado a la par de las generaciones. En la evolución tradicional de la arquitectura vernácula, una persona puede diseñar su casa de forma parecida a las de sus vecinos, pero con pequeñas modificaciones y mejoras. Una vez construido el proyecto, es valorado por la comunidad, incluso de manera inconsciente, y proyectos posteriores aportan modificaciones e innovaciones. Así pues, la arquitectura propaga y evoluciona, basándose en tipologías, información compartida, sutil experimentación, desde las viviendas de los nativos americanos hasta las catedrales góticas.

Tal como Habraken expresaba en The Structure of the Ordinary (1998), una intervención arquitectónica intencionada debería partir de un diagnóstico. Basándose en un proceso de examen y análisis del entorno construido ya existente, el arquitecto finalmente puede crear marcos que promuevan el diseño generado por el usuario, que conduzca al “diseño urbano tridimensional”. Un proyecto no es un grandioso acto de creación en sí, sino un simple eslabón de una cadena evolutiva mucho más larga. Según Habraken, el papel del arquitecto es más parecido al de un jardinero. Aprende horticultura, escudriña la tierra, planta parterres y cuida las plantas que habitan en ellas. Trabaja en colaboración con los habitantes en lugar de simplemente entregar un producto y tiene la oportunidad de participar en la evolución del entorno construido autónomo mediante la creación de marcos en los que los usuarios diseñan.

Poder sobre el propio entorno

No se trata de la tradicional participación teórica. Según Alastair Parvin, resulta clave realizar una “distinción entre grupo, colaboración basada en el consenso (lo que es casi imposible) versus un enfoque basado en un protocolo común, más plural y permisivo, en el que los individuos son más o menos autónomos, pero operan dentro de unas normas comunes básicas, se copian unos a otros (lo que es casi inevitable)”. Es un delicado proceso de producción independiente pero interconectada, con el arquitecto ejerciendo de jardinero, activando el nivel colectivo-individual. La gente tiene poder sobre su propio entorno, que, colectivamente, constituye el impulsor del proceso evolutivo: “Finalmente, una vez la célula viva es capaz de actuar individualmente para adaptarse o renovarse, tanto la invención como la sostenibilidad pueden penetrar rápidamente en el corpus entero de un tejido ambiental. Llegados a este punto, la red entre inventores y diseñadores, incluyendo la gente común, puede desarrollar completamente todo su auténtico potencial”.

El modelo de Habraken, presentado por primera vez en la década de 1970, predijo los modelos de producción que están apareciendo hoy. Varias experiencias de colaboración surgidas en internet, como Linux o la Wikipedia, utilizan un mecanismo distribuido de generación muy similar, pero con una diferencia clave: la autonomía de los colaboradores está orientada, moderada y promovida por editores que desde arriba pueden tomar decisiones. Este papel de editor, más que el de jardinero, intermediario o programador, tiene una función orquestadora más amplia. Posee cualidades de cada uno, pero a la vez adquiere todo un nuevo carácter en el contexto del mundo digital e interconectado. Es una figura plural a la que podemos llamar “el arquitecto coral.”

Dado que muestra un nuevo tipo de diseñador, la idea del arquitecto coral trae consigo numerosas cuestiones relacionadas. ¿Qué herramientas y métodos pueden dirigir la energía dispersa de modo que una multitud se transforme en una entidad productiva, motivada y cohesionada? ¿Cómo puede una red extensa de personas, trabajando juntas, lograr un diseño arquitectónico pertinente y construible? Y, si este es el objetivo, ¿en qué se diferencia el arquitecto coral del principal de una empresa corporativa de arquitectura? A la luz de este modelo de creación plural, ¿qué función desempeñaría específicamente el arquitecto coral?

La primera y más importante responsabilidad del arquitecto coral es formular el proceso. Tal como Torvalds hizo con Linux, el arquitecto coral debe empezar por generar un núcleo —kernel que posteriormente sea distribuido, iterado y añadido. Sin estímulo, la multitud caerá en un movimiento browniano. De igual modo, Giuliano da Empoli indica que una de las tareas más importantes es, de hecho, concluir la producción colaborativa. El arquitecto coral también es responsable, según Da Empoli, de conducir el proyecto tomando decisiones a menudo difíciles y definiendo el ritmo de su desarrollo. Tiene la función de árbitro en situaciones en las que no se puede alcanzar el consenso. Asimismo, es responsable de marcar el ritmo de todo el proceso, orquestando deliberadamente los momentos de obertura y colaboración con los de perfeccionamiento y toma de decisiones cerradas. El arquitecto coral asimismo podría incorporar sus propias ideas estéticas o funcionales a estas capacidades, a fin de aportar experiencia y personalidad al proyecto en cuestión.

Así pues, el resultado del trabajo del arquitecto no ha de consistir necesariamente en edificios o documentos constructivos, sino en el inicio, la coordinación y la conclusión del proceso mediante el cual el código fuente arquitectónico es compartido, adaptado y ejecutado. El arquitecto coral orquestará acciones e interacciones de forma natural surgidas de un grupo de colegas —y esa es la diferencia con el arquitecto principal de una empresa corporativa de arquitectura—, más que crear objetos. Al formular el trabajo de un laboratorio de codiseño en Sitra, Alejandro Aravena escribía: “Un buen marco estratégico no implica precisamente una sola solución, sino que ayuda a que la solución parezca obvia cuando es identificada”. En modo alguno ello significa renunciar a la responsabilidad o incluso a la “firma” de un proyecto dado, no más que en el caso de un comisario de arte.

Si la arquitectura es capaz de dar operatividad a un ecosistema similar al del comisario de arte, cada ejemplo de este proceso creativo editorial en red será único. El proyecto se basaría en las peculiaridades de un grupo en particular y el contexto en el que trabaja, se valdría del inmenso poder del trabajo en red y sería moderado por el arquitecto coral. Puesto que el contenido de un proyecto no se genera de forma singular (como sucede con el modelo de autor) y que la evolución tiene lugar mientras dura, el planteamiento coral arroja resultados sorprendentes. Valiosos conocimientos —antes sin voz— se agregarán e instrumentarán en el proceso de diseño. A medida que el poder de la multitud incide en problemas específicos, lo global podría, de hecho, mediar con lo local, abordando algunos de los problemas inherentes del llamado “regionalismo crítico”; en concreto, la irrelevancia del arquitecto estrella que copia y pega su estilo característico de forma indiscriminada por regiones o territorios o la insipidez de productos estandarizados y anestesiados. El diseño online de colaboración aúna voces para crear un tipo de “especifismo en red”.

Las tecnologías de red contemporáneas han dado lugar a ecologías curatoriales productivas y sólidas, como en el software de código abierto. No obstante, finalmente esta energía colaborativa debe ser canalizada en arquitectura real, de ladrillos y mortero. El papel del arquitecto coral también es mantener y orquestar este proceso de materialización.

Podemos afirmar que el diseño se vuelve plural —pero la pregunta más incisiva de Habraken, planteada como respuesta al manuscrito inicial de Open Source Architecture, todavía no se ha respondido. ¿Cuál es la diferencia respecto a cualquier momento del pasado? Después de todos los esfuerzos frustrados de implicar a los usuarios en el proceso de diseño a lo largo del siglo xx, ¿qué es lo que lo hace diferente? “No me cabe la menor duda de que la revolución digital puede tener una función y de que lo hará; no obstante, ¿cómo una red creativa de diseño y producción guiada por la revolución digital puede conectar con la realidad de un entorno ya construido?”

Generando nuevas posibilidades

Existen varios factores que pueden dar origen a nuevas posibilidades en arquitectura. En primer lugar, la información —el “código” o DNA de un edificio— puede compartirse de forma instantánea y de manera “a-espacial”. El proyecto intelectual de grupos como el CIAM (Congrès internationale d'architecture moderne, fundado por Le Corbusier en 1928) era compartir pensamientos, ideas, teoría (o código) y escribir colaborativamente unos estatutos, aunque para ello tuvieron que alquilar un barco y navegar por el Mediterráneo para conocerse personalmente. Hoy en día la escritura colaborativa se hace sin esfuerzo e implica a millones de personas cada segundo, en todo el mundo, a través de plataformas como Wikipedia. Según Keller Easterling, las recetas o fórmulas de fenómenos relacionados con el espacio pueden considerarse el software de la arquitectura. Igual que en Wikipedia, Linux y el software de código abierto, el código puede compartirse, incrementase y perfeccionarse antes de ser recopilado y ejecutado. El diseño coral da lugar a la autonomía del proceso de construcción en un solo proyecto. El núcleo, o kernel, de la arquitectura existe como datos, es perfeccionado por una secuencia distribuida de añadido y edición, y finalmente culmina en una estructura física: la ejecución del código en el espacio.

Actualmente este tipo de colaboración es muy factible, ya que los edificios “existen” digitalmente antes de ser construidos, lo que favorece una transformación radical hacia la apertura y la distribución en el proceso de diseño. Podríamos tomar como ejemplo la cocina, que dispone de estructuras básicas. Un caldo, pongamos por caso: cada vez que se cocina una sopa en concreto, la estructura se expande y deviene única, se comparte y se consume, y posteriormente es modificada en la siguiente comida. Se evalúa el resultado de cada experimento y la información sobre los resultados más conseguidos se codifican en recetas que serán distribuidas y repetidas. La mutación solo sucede de un plato al siguiente. En arquitectura, la capacidad de evaluar un edificio antes de ser construido permite colaborar en cada estadio del proceso. Continuando con la metáfora de la cocina, es como si una única sopa se cocinara de manera colaborativa; es decir, por varios cocineros experimentado a la vez en la cocina, probando constantemente su trabajo.

En este caso, el proceso de diseño se encuentra cerca del modelo de redacción de textos científicos, en el que un equipo de autores colabora en la elaboración de un artículo, que es validado mediante una revisión por pares y distribuido para su aplicación más amplia en su campo. Se trabaja de forma colaborativa, mientras que la validación de la revisión por pares asegura la calidad y otorga credibilidad. Se trata de un sistema de autorregulación, participativo e incentivado.

Este es el cometido del arquitecto coral, contradecir el discurso estándar; la cocina arquitectónica se beneficiará de muchos cocineros en la cocina, aunados por un talentoso chef. Situado entre la acreditada voz de Le Corbusier característica de una época y la broma colectiva dispersa por internet, el diseñador implicado en comunidades que trabajan en red será creador de armonías. El arquitecto no será anónimo, sino plural y concertador. La autoría no desaparecerá, sino que se contextualizará al introducirse en un entramado de relaciones. El nuevo arquitecto se sitúa entre un enfoque descendente (top-down) y ascendente (bottom-up), canalizando la energía en bruto del último mediante el marco formalizado del primero. El cometido del arquitecto coral se orienta menos al objeto-edificio que al proceso de orquestación. No es un solista, ni un director de orquesta, ni una voz anónima entre muchas. El arquitecto coral aúna el conjunto armónico y creativo.

Publicaciones recomendadas

  • The City of Tomorrow: Sensors, Networks, Hackers and the Future of Urban Life. Yale University Press, 2016
  • Open Source Architecture. Thames & Hudson, 2015