Retórica ultra

Il·lustració © Raquel Marín

La retórica ultra es una nueva reencarnación de la retórica sofista. Coloca las fake newsuna versión tecnológica de las falacias clásicas— en el centro de su programa comunicativo, enfocado a la denigración del enemigo y al cuestionamiento radical de los consensos democráticos con el fin de resquebrajarlos y encontrar en el caos una oportunidad para ser y para influir.

Desde el punto de vista de la antigua retórica clásica, nada de lo que comuniquen los seres humanos contemporáneos resultará inédito, inaudito o inconcebible. Antes bien, todo lo dicho y escrito en nuestros días presenta cierto aire de familiaridad reconocible: la oratoria de J. F. Kennedy encaja como la mano en el guante de la retórica aristotélica, la cual propone el equilibrio discursivo entre lo racional, lo ético y lo emocional; Martin Luther King revitaliza el arte sagrado de la predicación medieval; Obama es el orador ideal imaginado por Cicerón. En este mismo sentido, la retórica ultra es la enésima reencarnación de la bien conocida retórica sofista.

Las figuras retóricas, entendidas como tácticas para estructurar de manera efectiva el discurso y aplicadas como estrategia para persuadir a las audiencias, aparecen como sostén en todos los discursos solventes documentados en la historia. En abierta oposición a la amplia gama de repertorios de figuras retóricas que sirven para construir discursos éticos, la retórica ultra, como históricamente hizo antes la sofista, utiliza la falacia y el sofisma como motores de sus discursos intencionadamente desestabilizadores en tiempos de incertidumbre.

El actual marco mental conspiranoico, el cual ha dado una nueva oportunidad a la retórica sofista, ahora ultra, para irrumpir e influir en la conversación pública de una manera espectacular, aparece bien descrito en el “Capítulo 8. Conspiración” de La nueva edad oscura. En su trabajo, James Bridle propone una explicación sugerente sobre la actual crisis de los relatos que antaño creaban marcos mentales coherentes, sustituidos ahora por el triunfo arrasador de las fake news, una suerte de reencarnación tecnológica de las falacias clásicas. La ciencia cognitiva demuestra que el ser humano siempre ha intentado comprender el mundo mediante historias coherentes y ha pretendido organizarlo conectando relatos con cosmovisiones (Vilarroya, 2018). Sin embargo, en la etapa de irreflexión “adolescente” en la que todavía se encuentra la actual sociedad de la hiperconexión (Schwab, 2016), el incesante tsunami de información que nos anega no genera, en palabras de Bridle, claridad y sentido, sino confusión, ruido y relatos huérfanos que compiten entre sí por la atención de las audiencias, volviéndose enrevesados e inconclusos y abriendo cismas en la forma en que las masas geolocalizadas y algoritmizadas por el Big Data perciben la realidad.

La tentación autoritaria. El desafío de la nueva derecha radical
Debate de la Bienal de pensamiento 2020 (en catalán y castellano)

La temptació autoritària. El desafiament de la nova dreta radical

Fabricar al enemigo

Como señala Bridle, “el síntoma prototípico de la paranoia clínica es la creencia de que alguien nos vigila, pero esta creencia ahora es razonable”. En un mundo en que hay ya más smartphones que personas y en el que cada teléfono inteligente es un sistema de espionaje eficaz que recopila automáticamente información personalizada sobre lo que hacemos, adónde vamos y qué deseamos, todo conduce al marco mental de la paranoia y la conspiración. De dicho marco se nutre la retórica ultra, adicta a la fabricación del enemigo, a quien se construye lingüísticamente como un modelo siniestro de maldad contra el que están justificados la mentira, el insulto o cualquier arma de desinformación masiva.

Donald Trump ha tuiteado en múltiples ocasiones —siempre sin aportar pruebas o razonamientos, únicamente mediante enunciados-exabrupto autojustificados por la sospecha—, que el calentamiento global es una conspiración contra las empresas estadounidenses, probablemente algún tipo de trama china; o ha sostenido en las redes que Obama nunca ha sido ciudadano estadounidense y, por tanto, nunca debió ser el presidente del país. Con el fin de justificar su llamamiento a levantar un muro para evitar que las manadas de “asesinos y violadores” mexicanos invadan Estados Unidos, y pese a disponer del servicio de inteligencia estatal más sofisticado del mundo, Trump prefirió, al modo sofista, recurrir a vídeos cutres, de indudable impacto viral y cocinados en sitios web conspiranoicos como prueba de cargo.

Sigamos el recorrido de una falacia ultra en España. El líder de Vox, Santiago Abascal, lanzó su propuesta de un “pin parental para defender a los niños menores de seis años del adoctrinamiento en juegos eróticos. Afirmamos que la enseñanza de juegos eróticos está lejos de la educación y al lado de la corrupción de menores”. Este pseudoargumento, potenciado por la asertividad y la vehemencia con que lo defendía el orador que lo estaba propagando, acierta a colocar en la misma frase las palabras “educación”, “adoctrinamiento”, “juegos eróticos” y “corrupción de menores”, creando en la mente de quien la escucha una red semántica, un mundo posible imaginable por el simple hecho de que ha sido enunciado. El impacto en los medios fue inmediato y fue el objeto de debates televisivos durante semanas y de encontronazos parlamentarios sonados. De la nada, la retórica ultra supo inocular algo que no estaba en la agenda informativa en un ecosistema mediático que carece por el momento de anticuerpos eficaces contra la propaganda ultra. El ciclo de vida de la falacia culminó unos días después, cuando Pedro Fernández, edil de Vox en Madrid, elevó el sofisma a argumento ad hominem, es decir, a la categoría de insulto y agresión verbal, en su intervención en sede parlamentaria contra los progresistas electos: “Mire, ¿sabe lo que le digo? Aparte… aparte sus sucias manos de mi hijo, aparte sus marxistas deseos y apetitos sexuales de mi hijo y, sobre todo, no le voy a permitir, y pierda toda esperanza… pierda toda esperanza de adoctrinar a nuestros hijos para convertirlos en enfermos como ustedes. Muchas gracias”. La retórica ultra señala, acosa, denigra a sus enemigos y arremete contra los consensos democráticos para resquebrajarlos y encontrar en el caos una oportunidad para ser e influir.

Il·lustració © Raquel Marín © Raquel Marín

Ejercer la mentira

Richard Dawkins dejó de asistir a debates con los creacionistas para no prestarles el eco que promovía su prestigio como científico en la atención pública, señalando el camino hacia el tratamiento mediático conocido más eficaz contra el ejercicio de la mentira: el silencio, una figura retórica radical de aislamiento e indiferencia que desnuda y deja solo al polemista con sus falacias, a las que ya nadie escucha ni responde. Cicerón ya puso en práctica esta figura retórica al ignorar a los sofistas en el foro público y dejar que se ahogaran en el absurdo de su propio veneno oratorio. Antes que él, Aristóteles se enfrentó a los sofistas con sus argumentos racionales basados en pruebas, igual que los periodistas fact-checkers hacen hoy contra los bulos, las verdades alternativas y las fake news de la retórica ultra.

Las redes sociales crean jaulas de Faraday que aíslan a los “mismopensantes” en burbujas de información autosuficientes que, sirviéndose de un flujo de confirmación multimedia constantemente renovado, retroalimentan sus sesgos, lo que provoca polarización social. La retórica ultra enfoca su arsenal de falacias y sofismas en la destrucción de lo que Bridle llama “la zona gris”, el espacio discursivo de coexistencia y cooperación entre personas, sensibilidades y comunidades distintas, convertido ahora en una zona de guerra comunicativa en la que se atrincheran los hechos indemostrables y las falsedades verosímiles que la retórica ultra lanza mediante flujos de información abrumadores, con el objetivo de que el sistema de información globalizada implosione, sobresaturado de pura entropía.

En este mismo sentido, Christian Salmon afirma en La era del enfrentamiento que la retórica ultra persigue minar la confianza de las personas en el lenguaje, una desconfianza crítica que ya había mostrado Mark Thompson en su ensayo Sin palabras. Esta suspicacia ciudadana ante el valor de las palabras acarrea la imposibilidad de diferenciar entre verdad y mentira. Por esa razón, Trump ya no cuenta historias, no es un narrador coherente con un proyecto comprensible; es un especulador que fomenta la inestabilidad con su incontinente producción de tuits coléricos para entretener a sus seguidores, mientras calladamente desregula la economía norteamericana. Se sirve de una retórica ultra para cumplir un programa económico ultraliberal.

 

Practicar el disfemismo

Para entender mejor los mecanismos lingüísticos que explota este tipo de retórica ultra, centremos nuestra atención en el análisis del minuto de oro del debate del 10N del candidato de VOX, Santiago Abascal[1].

La figura retórica clave de la intervención de Abascal es el disfemismo, una falacia prototípica tanto de los discursos sofistas de la Antigüedad clásica como de los ultras de hoy, que consiste en “nombrar una realidad con una expresión peyorativa o con intención de rebajarla de categoría” (DRAE) y en “emplear palabras o expresiones deliberadamente despectivas o directamente insultantes, en lugar de otras más habituales y neutrales” (Wikipedia). Así, por ejemplo, “matasanos” es el disfemismo de “médico”, “caja tonta” lo es de “televisor” y “sudaca” lo es de “ciudadano de un país de Sudamérica”.

En esta línea, la expresión de Abascal “la dictadura progre que pretende que las mujeres se enfrenten contra los hombres y que quiere que los nietos tengan que condenar a sus abuelos” constituye un doble disfemismo: por un lado, de las políticas de igualdad en vigor aprobadas por un amplio consenso de mayorías parlamentarias; y, por otro, de la ley de Memoria Histórica refrendada en el Parlamento. Sus palabras sobre “el despilfarro autonómico” son un disfemismo de la organización territorial en comunidades autónomas que consagra la Constitución, en el mismo sentido en que la frase “el expolio fiscal que sufren las clases medias y populares españolas” es un disfemismo de la organización tributaria constitucional.


[1] Para un análisis retórico y oratorio del minuto de oro de los candidatos y las portavozas del último debate electoral, véase nuestro trabajo “Nueva política, nueva y vieja retórica” en Archiletras, 7, pp. 144-155, 2020.

Como núcleo de la retórica ultra, la falacia del disfemismo apunta a dos frentes; por una parte, a la denigración del enemigo (“la dictadura progre”) y, por otra, al cuestionamiento radical de los consensos democráticos (“despilfarro autonómico”, “expolio fiscal”). Estos son los dos recursos verbales centrales de su programa comunicativo.

Reparemos ahora en el uso de verbos con significado bélico que emplea Abascal en su intervención: juzgar, defender, ilegalizar, combatir, discriminar, dividir, enfrentar y condenar. El escenario político que dibujan estos verbos de gran intensidad semántica es el de una emergencia nacional ante los múltiples peligros que amenazan al país. Esta retórica persigue provocar en la audiencia el impacto que produce este tipo de léxico enfático, que sobredimensiona la disensión hasta ubicarla en el marco mental no ya de la discrepancia, sino del enfrentamiento bélico.

Desacreditar los argumentos contrarios

En el cierre de ese minuto final de Abascal cobra protagonismo la figura retórica de la refutatio (refutación), la cual consiste en desacreditar los argumentos que son contrarios o desfavorables para las tesis propias. En el clímax de su discurso, Abascal clama por restaurar un supuesto orden constitucional roto, por devolver al estado central todas las competencias autonómicas, por liquidar las políticas de igualdad. Siguiendo el programa comunicativo estándar de la retórica ultra, este político propone en su discurso la refutación global del orden democrático constitucional tal y como lo conocemos hoy día. Y al modo retórico ultra prototípico, apoya su pseudoargumentación con falacias repetidamente desacreditadas por los datos estadísticos oficiales aportados por los servicios de comprobación de fake news de los principales medios de comunicación, al decir por ejemplo que “la inmigración ilegal llena de delincuentes nuestras calles”.

En las últimas elecciones celebradas en nuestro país, VOX recibió 3.640.063 votos y se convirtió en la tercera fuerza parlamentaria. Estas son las cifras objetivas que miden el nivel de penetración actual de la retórica ultra en la mente de la ciudadanía.

 

Referencias bibliográficas

Abascal, S., minuto de oro en el debate del 10N. Madrid, 2019. https://www.youtube.com/watch?v=NHtCw7A8OUE.
Bonilla, S. y Montolío, E., “Nueva política, nueva y vieja retórica”, en Archiletras, 7, pp. 144-155. Madrid, 2020

Bridle, J., “Capítulo 8. Conspiración”, en La nueva edad oscura. La tecnología y el fin del futuro. Cátedra, Madrid, 2020.
Salmon, C., La era del enfrentamiento. Del storytelling a la ausencia del relato. Península, Madrid, 2019.
Schwab, K., La cuarta revolución industrial. Debate, Madrid, 2016.  
Thompson, M., Sin palabras. ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política? Debate, Madrid, 2017.

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