Sobre ‘ligatios’ y ‘obligatios’: los vínculos en la ciudad abierta

Una pareja de ancianos de espaldas sentados en un banco miran un estanque

El espacio que habitamos, el ambiente que nos rodea, condiciona nuestra conducta y, todo ello, nuestro carácter, el ethos. De esto va la ética. No va tan solo de obligaciones contractuales, sobre todo va de ligatios, de los vínculos y lazos que forman el entramado en el que escribimos narrativamente nuestras vidas.

Son conocidas las palabras de Aristóteles de que somos animales políticos porque vivimos en ciudades y porque fuera de la polis somos bestias o dioses. La expresión que empleaba era zoon politikon; sin embargo, al hablar de una vida consciente propiamente humana, usaba la expresión de bios theoretikós, vida contemplativa, reflexionada, más allá de la mera vida común con los demás organismos vivos, metabólicos. El mundo griego asumía que éramos por naturaleza sociales, racionales y dados al diálogo, es decir, interdependientes y de palabra.

Con el advenimiento de la filosofía moderna, con los contractualismos de Locke o Hobbes, es el individuo quien constituye la ciudad y ordena la convivencia a golpe de contrato. Las condiciones de dicho contrato social son de igualdad y de beneficio mutuo; así pues, los individuos, mutuamente interesados en maximizar su seguridad y su propiedad desde una racionalidad estratégica, establecen las normas del pacto. Aquí no tiene cabida la dependencia, ni la gratitud, ni la hospitalidad de acogida de personas que nunca podrían aportar, ni aunque quisieran, algo “útil” a la ciudad. Como mucho, aquellos que quedaran excluidos del pacto podrían “beneficiarse” de la caridad o de la compasión. Nosotros, ciudadanos del siglo XXI en la aldea global y herederos de la Ilustración, nos hemos creído la antropología, la sociología y la economía subyacentes a aquellos presupuestos como si de esencias se tratara, ciertamente ya no naturales sino culturales, pero igualmente universales. De este modo nos hemos asumido a nosotros mismos como hongos hobbesianos que emergen, ya adultos, casi por generación espontánea, seres autosuficientes que no debemos nada a nadie.

La filosofía contemporánea ha realizado magníficas críticas a estas antropología, sociología y economía: o bien dicho individuo racional, siempre autointeresado, independiente, sin carne ni huesos ni raíces, descontextualizado, sencillamente no existe, o bien lo creamos performativamente nosotros mismos configurando un ser humano ajeno a la condición humana. Porque un tipo así no tiene vínculos, tiene contratos; no tiene ligatios, ‘lazos’, y sus únicas obligaciones (ob-ligatios) son fruto de cálculos de conveniencias. Cuando un individuo así tiene problemas en la convivencia, despliega toda su artillería jurídica, con la red burocrática pertinente, para hacer cumplir los pactos de derechos y deberes meramente jurídicos.

Comunitaristas, feministas, posmodernos, también nos han hecho ver que el desarrollo de la persona se nutre de fuentes sociales. Las coordenadas espaciales y temporales son trascendentales para nosotros los humanos, son nuestra condición de posibilidad. Las circunstancias nos constituyen, y nuestra identidad se estructura en forma narrativa. Necesitamos ser acogidos en una ciudad, con una lengua y una tradición en las que empezamos siendo más actores de una trama que nos precede que no autores autónomos creadores de la propia historia. Los humanos no somos de intemperie, no nos sostenemos solos.

El espacio que habitamos, el ambiente que nos rodea, condiciona nuestra conducta y, todo ello, nuestro carácter, el ethos. De esto va la ética. No va tan solo de obligaciones contractuales, sobre todo va de ligatios, de los vínculos y lazos que forman el entramado en el que escribimos narrativamente nuestras vidas. Recuérdese a Aristóteles: “Donde hay amistad, no debería haber necesidad de justicia legal”. La ciudad no es una mera circunstancia, un tipo de complemento del que podamos prescindir a nuestro antojo. Y, si así fuere, en lugar de hospitalidad nos encontraríamos con hostilidad y crispación, pues no tenemos nada común y en la indiferencia no se reconocen las diferencias. Todo ello dificulta la cohesión social necesaria para llevar a cabo el proyecto de búsqueda de una vida buena, tal cual pueda concebirla cada uno.

Tres esferas de reconocimiento

Axel Honneth halla en el psicólogo George Herbert Mead la corroboración empírica de la idea filosófica de Hegel: los conflictos sociales pueden leerse en clave de lucha por el reconocimiento. Según esta teoría, el desarrollo saludable de una persona requiere de tres esferas de reconocimiento. Una primera es la esfera afectiva; en esta se generan las bases sociales de la autoconfianza, fruto de las relaciones de amor que dan las personas allegadas, aquellas que nos aceptan incondicionalmente y nos acogen como los sujetos de necesidad que somos, en especial en los primeros años de nuestra vida y, asimismo, siempre que nos falle el equilibrio, ya sea de salud o de cualquier otro tipo. En esta esfera cercana al hogar todos tenemos un sitio, una posición en el linaje, somos alguien en el árbol genealógico. En esto somos todos iguales: nacidos de madre, con una lengua con la que nos hablan y con la que narramos, con un nombre que nos identifica, con un lugar de origen, nombre y apellido que no hemos escogido. Hay que recalcarlo: no somos animales de intemperie, necesitamos cobijo. Somos mamíferos, somos de lazos afectivos, de piel contra piel, tenemos raíces y las necesitamos para florecer (retumba de nuevo Aristóteles): su amenaza nos desnutre.

Según Honneth, no podemos alcanzar el entendimiento de nosotros mismos como portadores de derechos si no sabemos las obligaciones normativas que hay que cumplir ante los demás. La segunda esfera de reconocimiento es la jurídica; ahora se acoge a la persona en calidad de ciudadano legal, libre y responsable de participar en el ámbito público. Aquí se reconoce a la persona como sujeto de derechos, alimentándose así las bases sociales del autorrespeto. La tercera esfera de reconocimiento es la de la solidaridad, ya que en esta, desde comunidades que comparten valores y proyectos, se valoran las diferencias, no solo lo particular y privado, sino lo singular y único de cada individuo, sus capacidades específicas. En ella se fraguan las bases de la autoestima.

Cuando se echa en falta alguna de las esferas de reconocimiento, el desarrollo de la persona se quiebra. Pero la fractura personal es también social. Así las cosas, prima una ciudad que vele por las tres esferas, para que las personas se sientan incorporadas y puedan desarrollar sus capacidades, sus agencias, su poder de ser y de proceder, sin escisiones de público y privado, pues todo interfiere, todo está interconectado, todos somos interdependientes. Pese a disponer de una alta renta per cápita, una ciudad no será buena si le faltan las esferas de reconocimiento.

Esto no resulta fácil en nuestras ciudades grandes, multiculturales, moralmente plurales, vertiginosamente aceleradas. En ellas valdría la pena practicar lo que Seyla Benhabib llama “universalismo interactivo”, que no es abstracto ni genérico. La cohesión es siempre un equilibrio inestable con dos dimensiones primordiales: la vida cotidiana requiere de estabilidad, sosiego, rutina, a la par que dinamismo, ritmo, desarrollo y adaptación. Como no podemos hacerlo solos, necesitamos confiar en los demás. Y la confianza no es ciega, aunque tampoco solamente contractualista, con racionalidad estratégica. Tiene que ver con afectos y afectaciones, con heridas y vulneraciones del otro, aquel que siempre sorprende precisamente porque es diferente y no encaja.

En vez de hacer una apuesta maximalista de utopías, o ingenua con fiestas de primavera, en vez de continuar midiendo nuestro bienestar en clave de máximo número de personas, quizá sería más prudente y humilde optar por no humillar, tomar consciencia del equilibrio, siempre precario, que es combatir la precariedad. El mal funda; deberíamos recuperar el contractualismo de John Rawls, ahora sí, sobre la diferencia, que es de solidaridad: los más aventajados por la lotería biológicosocial no deberían disfrutar del beneficio fruto de dicha lotería si no salimos todos beneficiados.

La dificultad de las ciudades abiertas reside en el hecho de tener que escoger al otro rehuyendo la dialéctica amigo/enemigo. La convivencia de las diferencias, sin que lo común lo impregne todo con una homogeneización estática donde nadie, tarde o temprano, se conoce ni se reconoce, pide atención por lo singular, por lo que no encaja, para que nadie quede excluido y para que entre los afectados hallemos el modo de hablar acerca de cómo responder adecuadamente. La ciudad que practica el universalismo interactivo está continuamente en construcción, fomenta lugares y tiempos de encuentro en los que la deferencia a la diferencia, síntoma de libertad y de creatividad, es configurada desde el respeto a las condiciones de posibilidad de la ciudad humana: el diálogo interminable y el deber prioritario de combatir el sufrimiento evitable de exclusión y opresión.

Debemos hacer otra lectura de los derechos humanos

El mundo global en el que vivimos no es el mundo de ayer, no es el de siempre; nos toca hacer otra lectura de los derechos humanos, más humilde, al son del mea culpa. La vida cotidiana de las personas es antes que nada vida orgánica: sin esta no se puede pensar; no obstante, cuando todos podamos pensar conjuntamente habrá que repensar (pensar de nuevo e intensamente) las nuevas figuras de exclusión y de sufrimiento a las que condenamos a no ser “nosotros”, dando un “no” al otro que interpela las murallas que, de nuevo, hemos levantado.

Habrá que recuperar conceptos como amistad cívica o fraternidad para cambiar las estructuras que consoliden la exclusión con violencia legal simbólica y estructural, y que no van al meollo de las puertas y vallas que ponen e imponen. Ciertamente, la atención a las nuevas formas de exclusión en la aldea global nos obliga a replantear el diseño de nuestras ciudades, su estructura básica, sus instituciones, el diseño de sus espacios, aunque también el diseño de las mentalidades: para que se abran a diferencias que interpelen nuestras convicciones. De esto trata la responsabilidad, de velar por el vulnerable, de ser conscientes de nuestras capacidades de dañar y de ser dañados, incluso sin pretenderlo.

Una ciudad abierta es una ciudad fraterna y solidaria para con la cotidianidad de toda su gente. Las cosas bellas son sencillas, pero alcanzar la sencillez requiere a menudo de mucho pensamiento en la acción: todo ello muy lejos de la simplificación o del convencimiento de que no hay nada que hacer, porque esto ha sucedido toda la vida. Las ciudades han sido frecuentemente amuralladas para defender sus límites. Pensar los límites es pensar también en las posibilidades: aunque nadie más que el otro, todos iguales y a la vez tan distintos. Pensar el límite es pensar la paradoja, la continua fundación como lo que Hannah Arendt nos recordaba acerca del nacimiento, acerca de empezar de nuevo, como aquello específicamente humano.

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