Una casa es una casa es una casa es una casa

Ilustración © Cinta Fosch

La configuración de una parte muy importante de las viviendas responde a un concepto obsoleto, que organiza el espacio según las necesidades de la familia nuclear. Hay que modificar los criterios de diseño para eliminar los roles jerárquicos de los espacios, adaptarlos a las tareas cotidianas y dar respuesta a determinados colectivos, como las personas mayores.

Puede parecer que el título de este artículo, inspirado en un verso del poema “Sacred Emily”, de Gertrude Stein, es una redundancia, pero no lo es. La vivienda ha de permitir nuestra vida y nuestro desarrollo personal y social y, en términos espaciales, ha de aportar las capacidades para albergar la diversidad de vidas y de grupos de convivencia. Dicha capacidad está condicionada fundamentalmente por dos escalas: la urbana o barrial y la arquitectónica, que se verifica en la distribución o tipología propia de la unidad residencial.

La calidad urbana es condición fundamental para que las viviendas sean espacios adecuados para la vida cotidiana, que se resuelve más allá del interior doméstico. Se expande y se complementa en entornos urbanos y, por ello, es imprescindible que las viviendas se sitúen en barrios mixtos y próximos. Los propios edificios de viviendas tienen que colaborar en la generación de barrios activos, con plantas bajas llenas de vida. Para ello es importante que en estas se sitúen comercios y equipamientos, actividades no residenciales que garantizan la vitalidad en la calle, a todas horas del día. Vitalidad que redunda en la seguridad informal en el espacio público, aquella que no presta ningún cuerpo de seguridad, sino la misma gente que va y viene. La variedad de actividades también nos permite resolver necesidades cotidianas en distancias caminables que, con un espacio público adecuado y accesible, redunda en la autonomía de las personas dependientes.

El espacio no es neutro

En la escala de la arquitectura, damos por descontado en las construcciones contemporáneas el confort térmico y el uso eficiente de la energía; un sinnúmero de normas técnicas así lo exigen. Sin embargo, hay cuestiones que pueden resultar menos evidentes: el espacio no es neutro y, por lo tanto, la manera en que se divide, se articula y se jerarquiza influye directamente en el desarrollo de las relaciones y las personas que lo habitan.

Las personas atravesamos diferentes situaciones de convivencia y de necesidades, y no todos los grupos de convivencia se conforman ni se articulan de la misma manera. Sin embargo, las reglas básicas de la distribución, organización y jerarquía espacial con las que se proyectan nuestras viviendas se remontan a finales de la década de los setenta. Mucho hemos cambiado desde entonces: somos una sociedad más diversa, más igualitaria y más longeva.

Antes de continuar con los criterios o condiciones que debería tener una vivienda más adecuada, déjenme hacer una salvedad: el mayor problema respecto a la calidad de la vivienda está en que el 87% del parque edificado es anterior a los años ochenta, antes de la primera normativa energética, y solamente un 10% ha tenido una rehabilitación integral. Estas viviendas se construyeron para una sociedad que se organizaba y vivía de manera muy diferente a cómo lo hacemos hoy. Por ello, más allá de determinar las condiciones o desafíos de las nuevas viviendas, el problema lo tenemos en las viviendas existentes, donde la adecuación energética, la reorganización espacial y la accesibilidad son muy costosas.

Igualdad, visibilidad y accesibilidad

La vivienda colectiva tradicional ha sido construida con espacios jerarquizados y no ha tenido en cuenta que se trata de un espacio de trabajo invisibilizado e imprescindible. Es en las viviendas donde se desarrollan la mayoría de las tareas de cuidados y de sostenimiento de las vidas. Por ello, una vivienda contemporánea tiene tres premisas fundamentales: la igualdad, la visibilidad y la accesibilidad. Para la primera se deben promover los espacios sin jerarquía como, por ejemplo, los dormitorios de iguales tamaños y sin baños privativos. Con ello, no solo se favorece que diferentes grupos de convivencia puedan hacer de ese espacio su hogar, sino que se evita construir desde la arquitectura una jerarquía patriarcal en la familia. También, al no tener un baño privativo de un dormitorio, se hace un uso de los recursos y del espacio más eficiente. Muchas veces, elementos separados permitirían usos simultáneos sin necesidad de doblar espacios.

Respecto a la visibilidad, como para la igualdad, es importante revisar las tareas que se realizan cotidianamente en el hogar y proyectar, en consecuencia, un espacio necesario y de calidad. Si empezamos por la cocina, esta debería tener un lugar más central y visible, permitiendo el trabajo compartido. Las cocinas mínimas, según la normativa, resultan en un pasillo largo y estrecho, para un trabajo solitario y aislado. En cambio, deberían proyectarse de tal manera que se pueda integrar al espacio de estancia, el salón-comedor. No se trata de tener la cocina permanentemente presente, sino de que, cuando se realicen tareas, este espacio pueda abrirse y mantener contacto con otros espacios, pudiendo quedar después nuevamente separada, si se quiere.

Nos hemos acostumbrado a que el lavadero sea la extensión de la cocina y, sin embargo, no debería ser así. En primer lugar, por el propio funcionamiento de los trabajos cotidianos: la ropa no tiene relación con la cocina, sino con los dormitorios y los baños. En segundo lugar, porque el lavadero entorpece la ventilación y la iluminación de la cocina, al tiempo que los humos se impregnan en la ropa. En el afán de hacer desaparecer estos espacios, imprescindibles para un correcto funcionamiento de la vivienda, he llegado a escuchar personas que defienden su eliminación con el argumento de que una lavadora y una secadora son suficientes. Gran error, que deriva de no haber realizado nunca estas tareas, de no saber que no todo tipo de prenda se puede poner en la secadora y que esta máquina consume mucha energía y estropea la ropa. Además, las muchas horas de sol de las que disfrutamos (y empezamos a sufrir) no hacen necesario este gasto. Disculpen esta anécdota, pero ello sirve para ejemplificar el desconocimiento con el que se proyectan muchas veces las viviendas, que aún hoy son espacios con género, desiguales en prestaciones y obligaciones para los géneros femenino y masculino[1].

Los espacios de guardado son otra necesidad que generalmente no está bien resuelta en las viviendas. Sería recomendable tener estos espacios abiertos a los pasillos, ya que así su organización puede ser más equilibrada y los dormitorios no ven afectada su capacidad de distribución por la apertura de los mismos. El listado de las necesidades de guardado es inmenso, desde la comida hasta los desechos, organizados según fracciones de reciclaje; ropa propia de diferentes estaciones y ropa de cama; elementos de uso regular o esporádico; y elementos de limpieza y mantenimiento del hogar. En definitiva, una vivienda con espacios sin jerarquía y como respuesta a las necesidades reales requiere un reconocimiento de las diferentes etapas de nuestras vidas y de las diversas vidas que ha de albergar, así como de las tareas que se realizan.

Y la tercera condición es la accesibilidad. Todas las viviendas deben ser adecuadas para ser habitadas sin restricciones: la autonomía personal es un derecho que debe promoverse desde la base, que es la vivienda. En los últimos años, tanto desde el Instituto Municipal de la Vivienda y Rehabilitación de Barcelona (IMHAB) como desde el Instituto Metropolitano de Promoción de Suelo y Gestión Patrimonial (IMPSOL), responsables respectivamente de la construcción de vivienda pública en la ciudad de Barcelona y en su área metropolitana, se han hecho proyectos que responden a las ideas previamente expuestas y que fueron fomentados por la Ley 18/2007 del derecho a la vivienda en Cataluña. Este texto estableció la innovación en la concepción y el diseño de la vivienda, promoviendo la flexibilidad y la adaptación a diferentes modelos familiares, la incorporación de elementos que faciliten el trabajo doméstico y la adecuación a los nuevos roles de género.

Algunas de las soluciones consisten en realizar propuestas para colectivos concretos, como los edificios para gente mayor, que resuelven la problemática de un parque de vivienda anticuado y no adecuado para este colectivo. En Barcelona, las viviendas dotacionales para personas mayores son todas de alquiler subvencionado, establecido en relación con la pensión y con los recursos de cada persona o pareja. Se comenzaron a construir en 2002, y en 2021 ya había treinta edificios, que suponen 1.433 unidades residenciales. Se encuentran en programación —es decir, en diferentes fases del proceso de proyecto, licitación, construcción y asignación— 524 pisos más.

Estas viviendas están proyectadas para que una o dos personas desarrollen una vida independiente, en una superficie de alrededor de 45 m2. Son accesibles y cuentan con una serie de servicios de apoyo, como lavandería, salas y talleres de usos comunitarios y servicio de teleasistencia, así como variados espacios exteriores y de relación. Este modelo favorece la vida en comunidad y mantiene la privacidad.

Revisar el diseño de las viviendas

Los estudios de los modos de habitar y de usar los espacios son imprescindibles para conocer y reconocer las necesidades y los modos de convivencia. Y, a partir de estos estudios, se puede avanzar en la mejora de los proyectos y las propuestas.

Por todo lo dicho, formular una revisión de los criterios de diseño de la vivienda actual implica reflejar, fundamentalmente, el cambio social. La composición de los hogares no es uniforme, ni en la vida de un ser humano en particular, ni en el conjunto de la sociedad. Diferentes agrupaciones de convivencia hacen anticuada la concepción de familia nuclear como componente mayoritario y, por ello, la vivienda ha de proyectarse con respuestas de máxima ambigüedad espacial, de manera que pueda cobijar la gran variedad de modos de vida y permitir la mayor capacidad de transformación, con costes mínimos, tanto económicos como técnicos.

Las necesidades para habitar evolucionan y cambian. Por ello, manteniendo la singularidad de la respuesta para las viviendas para gente mayor, las otras casuísticas deberían resolverse con diversidad de tipologías, con capacidad de flexibilidad y de transformación de las mismas, y con espacios que se puedan adecuar a los diferentes momentos de las vidas y no a la inversa.

Referencias bibliográficas

Bilbao, I. y Figuerola, C. Gestar / Habitar. Estratègies per a l’habitatge social a Barcelona. Ayuntamiento de Barcelona y Colegio de Arquitectos de Cataluña, Barcelona, 2023.

Montaner, J. M. y Muxí, Z. Habitar el presente. Vivienda en España: sociedad, ciudad, tecnología y recursos. Ministerio de Vivienda, 2006.

Vivienda: Barcelona 2015-2023. Colección “Barcelona en transformación”. Ajuntament de Barcelona, 2023. via.bcn/nWi850PFktG

Falagan, D. H., Montaner, J. M., y Muxí, Z. Herramientas para habitar el presente. Universitat Politècnica de Catalunya, 2011.

Notas

[1] Los géneros son las maneras en que se ha socializado a hombres y mujeres en una organización binaria y excluyente. Y al género femenino se le han asignado las tareas de cuidado, muchas veces desconocidas y no valoradas desde la experiencia del rol de género masculino.

Publicaciones recomendadas

  • Antología de pensamientos feministas para arquitecturaCoordinación. Iniciativa Digital Politècnica. UPC, 2022
  • Política y arquitectura. Por un urbanismo de lo común y ecofeministaJosep Maria Montaner y Zaida Muxí. Gustavo Gili, 2020
  • Mujeres, casas y ciudades. Más allá del umbralDPR-Barcelona, 2018

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