Una vivienda para la vejez: un problema que irá a más

La vejez futura llegará a la jubilación con menor acumulación de recursos y con situaciones residenciales mucho más polarizadas. Sin ahorros, con menores tasas de cotización y, muy probablemente, sin vivienda en propiedad, se enfrentará a un parque residencial envejecido, no adaptado a las necesidades de las personas de edad avanzada y a un gran desequilibrio entre ingresos y precio del alquiler.

El edadismo y el discurso del enfrentamiento por unos recursos escasos han provocado que ciertas manifestaciones de la desigualdad no se consideren, en líneas generales, problemas ante los que la sociedad y el Estado deban responder. La vivienda ha sido tradicionalmente concebida en nuestro país como un bien de inversión antes que como el derecho básico que debiera ser y, por esta razón, funciona como el principal promotor de la estratificación social. Ahora, además, se utiliza como un elemento simbólico de polarización, haciéndonos olvidar que su función principal es la de garantizar la seguridad de las personas que residen en su interior.

Ante una situación de creciente inseguridad residencial para el conjunto de la población, donde cada vez resulta más difícil acceder a una primera vivienda o llegar a fin de mes tras pagar el alquiler, repetimos ciertas consignas y se toma como cierto que las generaciones de mayor edad tienen todas sus necesidades residenciales adecuadamente cubiertas. Se asume que la edad de la jubilación funciona como una especie de umbral mágico que hace que todas nuestras necesidades, así como los efectos de la desigualdad de toda una vida, desaparezcan.

Detrás aparecen una mezcla de creencias, no todas erróneas: en España, la mayoría de las personas que hoy tienen más de 65 años son propietarias —lo son el 83,4%[1]— y, sin duda, el sistema de pensiones ha ayudado a mantener su calidad de vida. No obstante, también es cierta la gran heterogeneidad económica entre la población mayor de 65 años y que determinados grupos no pueden afrontar las necesidades básicas en la etapa final de su vida. Por ejemplo, 737.383 personas mayores de 65 años —de las que el 62% son mujeres— no tienen capacidad económica para hacer frente a gastos imprevistos (como la avería de una caldera); 1.284.894 personas de más de 65 años pasan frío en sus casas debido a restricciones económicas y, si bien la tasa de pobreza es comparativamente inferior a la de otros grupos de edad, esta alcanza el 18,7%. Por otra parte, 204.820 personas mayores de 65 años sin derecho a pensión contributiva por jubilación —de las que el 73,18% son mujeres— viven con pensiones no contributivas de entre 121,15 y 484,61 euros mensuales, sin que estas puedan ser complementadas con otras prestaciones o ingresos.

En lo que respecta a la vivienda, el indicador sintético realizado con los datos del Censo de 2011 (no replicable a partir de los datos del Censo de 2021, recientemente publicado) demostró que 1.596.675 mayores de 65 años residían en viviendas en situación de vulnerabilidad residencial extrema[2]. Esto significa que sus viviendas (en régimen de propiedad o no) acumulaban una serie de problemas de habitabilidad, salubridad o seguridad física, entre otras.

La evolución de los indicadores simples no acusa mejoras, ni siquiera en los más básicos. Además, nunca aparecen aislados; cuantos más problemas graves se sufren (no tener aseo o agua corriente, sufrir incidencias en la estructura del edificio que ponen en riesgo la seguridad…), mayor tendencia hay a experimentar otras carencias (como calefacción o ascensor) que pueden dificultar enormemente el día a día de la persona e, incluso, condenarla al aislamiento social.

Un parque de viviendas obsoleto

La existencia de vulnerabilidad residencial se entreteje con la propia configuración del parque construido. Haciendo una simplificación, casi el 61% de las viviendas principales fueron construidas antes de 1990, cuando el tamaño medio de las familias era muy superior y los hogares de una y dos personas tenían escasa presencia comparativa. Esto no implica que estemos ante viviendas de enorme tamaño; muchas no permiten el paso de una silla de ruedas o un andador por sus pasillos o puertas y la distribución irregular del espacio interior hace que habitarlas se convierta en una carrera de obstáculos, especialmente para quienes experimentan pérdidas de movilidad.

A esto se añade el funcionamiento del mercado inmobiliario: no siempre es posible vender esta vivienda para acceder a otra con mejores condiciones. Por otra parte, la existencia de un parque público en alquiler adecuado o programas como la permuta de vivienda son, en nuestro país, meras anécdotas de carácter local. A pesar de que algunas personas mayores puedan ser consideradas “ricas en vivienda, pobres en liquidez”, las viviendas no siempre alcanzan el precio de venta necesario para sufragar la compra de otras más adecuadas, mientras que vender para vivir de alquiler tiene una serie de penalizaciones tributarias. El apego al espacio y las redes de solidaridad creadas no son una cuestión menor[3] el coste emocional de abandonar el entorno conocido puede aparecer como la decisión menos positiva para la persona mayor.

Cabe además señalar el encarecimiento del entorno, asociado a procesos como la gentrificación o la turistificación, que acaban imponiendo cambios en el barrio no solo en términos sociológicos sino también económicos. Además de un evidente aumento del precio del alquiler, el tejido comercial cambia y provoca la desaparición de servicios y de tiendas de proximidad, y la sustitución de estas por comercios más caros y enfocados al turista o al nuevo vecino de renta elevada. Esto funcionaría como unas tasas inesperadas al proceso de habitar[4].

Los desafíos que vienen

Si este es nuestro presente, la prognosis presenta desafíos añadidos. En 2050, uno de cada tres españoles tendrá más de 65 años. Si bien la cuestión de la potencial caída de la proporción de las rentas salariales a favor de un aumento de las pensiones y de otras prestaciones sociales recibe numerosa atención, la falta de adecuación del hábitat y las viviendas a esta realidad no parece tener la misma suerte. La incapacidad de acumular recursos económicos para gran parte de la población será un aspecto a tener en cuenta. Algunas posturas plantean fondos de pensiones privados, pero no todos los hogares pueden permitirse ese tipo de ahorro a largo plazo.

La vivienda dejará de ser el colchón con el que —suponemos— cuentan hoy en día las personas mayores. El análisis de la evolución de la propiedad indica una clara tendencia a la baja: los mayores de 65 años que no son propietarios (que viven de alquiler o en otras modalidades) han aumentado en el periodo 2011-2021 del 13,3% al 17%, según los datos censales del Instituto Nacional de Estadística. Este hecho puede deberse al aumento de la edad en el acceso a la propiedad (por la dificultad de reunir el dinero de la entrada, por la necesidad de contar con dos salarios para poder pagar la hipoteca en el contexto de las relaciones líquidas…), al incremento de los años necesarios para pagar una vivienda e, incluso, al efecto de los desahucios (aún presentes) y a otros fenómenos asociados. No desdeñemos tampoco el efecto de los divorcios y de las separaciones: nos casamos más tarde y nos divorciamos más, lo que supone una división de los recursos. Además, y teniendo en cuenta que en la vejez eclosiona la desigualdad sufrida a lo largo de todo el ciclo vital, es en esta etapa cuando se agudizarán las inequidades experimentadas a lo largo de la vida laboral, como aquellas relacionadas con el género o el origen.

Incluso si nuestro país logra llevar a cabo las reformas necesarias para mantener un sistema de pensiones fuerte, habrá de ser capaz de corregir la menor protección que experimentarán aquellos segmentos de población cuya vida laboral registra mayores vacíos de cotización, como los asociados a cuidados, al desempleo, a los efectos de las crisis que habrán experimentado esas generaciones —2008, 2011, covid-19 o la reciente invasión de Ucrania— o bien por haber accedido al mercado laboral en regímenes laborales distintos del general[5].

El porcentaje de los llamados riders, no lo olvidemos, es creciente, como lo es el de la población no propietaria, lo que impedirá que la vivienda sea un recurso para financiar cuidados u otras necesidades derivadas de la vejez.

Por los motivos anteriores, la vejez futura llegará a la jubilación con menor acumulación de recursos y ahorros que la vejez del presente, y con situaciones residenciales mucho más polarizadas que las actuales. Estas poblaciones, sin ahorros, con menores tasas de cotización y, muy probablemente, sin vivienda en propiedad, se enfrentarán a un parque residencial envejecido, no adaptado a las necesidades de las personas de edad avanzada[6] y a entornos no adecuados, pero, sobre todo, a una situación de absoluto desequilibrio entre los ingresos y el precio del alquiler.

La defensa de la vivienda y la protección del sistema público de pensiones será más importante que nunca. Si se producen reformas que reduzcan la cuantía futura de las pensiones o la proporción de beneficiarios, si no se consigue ofertar una vivienda en alquiler accesible (sea pública o privada), estas poblaciones quedarán condenadas de una forma clara a la exclusión social, con un aumento de la vulnerabilidad entre personas y, además, enfrentadas a un mercado laboral caracterizado por el edadismo.

Referencias bibliográficas

Lebrusán, I. “Personas mayores en situación de riesgo residencial extremo en España: un diagnóstico regional”. EURE - Revista de Estudios Urbano Regionales, 48(145). 2022. via.bcn/9Fu750Pbsoq


[1] Censo de población y viviendas 2021. Instituto Nacional de Estadística.

[2] Lebrusán, I. La vivienda en la vejez. Problemas y estrategias para envejecer en sociedad. Colección “Politeya”. Editorial CSIC, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2019.

[3] Lebrusán, I. y Gómez, M. V. “The Importance of Place Attachment in the Understanding of Ageing in Place: ‘The Stones Know Me’”. International Journal of Environmental Research and Public Health, 19(24), 17052. 2022.

[4] Lebrusán, I. “Las dificultades para habitar en la vejez”. Documentación Social, 6. 2020. via.bcn/WPMm50PcziO

[5] Los afiliados en régimen de trabajadores autónomos o en el régimen especial del servicio doméstico son algo menos de medio millón de personas. La economía sumergida supone un número aún más superior.

[6] El 34,3% de los edificios de viviendas principales no es accesible, según la Encuesta de Características Esenciales de la Población y las Viviendas del Instituto Nacional de Estadística del 2021.

Publicaciones recomendadas

  • "La vivienda en la vejez. Problemas y estrategias para envejecer en sociedad"Colección “Politeya”, CSIC, 2019.

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