L’Auditori

Fotos: Sara Guastevi i Nando Cruz

L’Auditori

C/ Lepant, 150 (El Fort Pienc)

Recital de Juan de la Rubia

El concierto más irrepetible de la historia

El instrumento 821 de la colección del Museu de la Música ha desaparecido de la sala de órganos. Es una de las piezas más valiosas del centro. La institución la compró en 1963 a una mujer de la zona alta de Barcelona que lo tenía como mueble decorativo. Es un órgano Hauslaib fabricado en Nuremberg en 1590. O eso creían, pues hasta los años 80 no se descubrió que tenía un hueco en el que una vez hubo una vez clavicordio. Por lo tanto, aquello era un claviórgano, instrumento híbrido del que solo se han localizado otros dos en todo el mundo.

Restaurar aquel claviórgano implicó construir una réplica del clavicordio que encajase en la estructura del mueble. El claviórgano Hauslaib del Museu de la Música es el único del mundo que se puede usar. Pero, ¿dónde está hoy el claviórgano? Nadie lo ha robado. Solo se ha desplazado unos metros hasta la sala 2 del Auditori para que el público de la ciudad pueda disfrutar de su insólito sonido. Será la primera vez que ocurre algo así. En su día fue propiedad de Baltasar de Zúñiga, hombre fuerte de Felipe II, de modo que siempre estuvo vinculado a la corte. Por primera vez podrá oírlo el pueblo llano del siglo XXI.

Nervios de torero

Juan de la Rubia, el organista de la Sagrada Familia, lleva días soñando con este momento. La otra noche tuvo una pesadilla. Estaba tocando el claviórgano y el público de la platea gritaba: “¡No se oye! ¡No se oye!”. Mientras Óscar Laguna, restaurador y conservador del claviórgano, acaba de afinar las teclas, él pasea alrededor del instrumento en silencio. Parece un torero antes de salir al ruedo, pensando ya cómo vencer al toro. Pero esto no es un duelo a muerte. Se trata de mostrar las prestaciones de tan insólito y anciano artefacto sin que sufra mucho. Y que vuelva al redil, al museo, con su frágil mecanismo intacto.

Resulta que De Zúñiga hizo bajar medio tono las teclas para adecuar su sonido al gusto español. Aunque hace cuatro siglos aún no se había acuñado la expresión tuneado, este dato nos invita a relativizar los debates sobre la pureza de la música e incluso ese otro sobre los ‘instrumentos reales’ frente a los instrumentos tecnológicos. El propio claviórgano es un monstruo de dos cabezas cuyo mecanismo permite al intérprete tocar el clavicordio y que esas teclas percutan sobre las del órgano para obtener un sonido combinado de las cuerdas y del aire que sale de los tubos del órgano. Tecnología punta del siglo XVI a la que, por supuesto, hay que sumar la presencia de un manchador, que hoy será el propio Óscar Laguna, insuflando aire al órgano con experta cadencia.

De la Rubia se sienta en el banco y empieza a repasar el repertorio. Sonríe, frunce el ceño, se mece, se ahoga, se eleva, expira… No se enfrenta al claviórgano Hauslaib por primera vez en su vida. Ya se conocieron meses atrás durante la grabación del disco ‘Antonio de Cabezón’, consagrado a rescatar el repertorio de este organista ciego de la corte de Felipe II. Pero aquella fue una cita a solas en la sala 4 del Auditori. Hoy todo será distinto. Hoy es el gran día.

La hora de la verdad

Llega la hora y la sala se llena con el público más intergeneracional que este cronista recuerde haber visto en un concierto de pago. En primera fila hay dos niñas de unos ocho años y un espigado abuelo de pelo blanco. Están tan cerca del claviórgano que oirán el crujido de la mancha. “Esta noche el protagonista no será el músico, sino el instrumento”, proclama De la Rubia. No por ello consigue domar los nervios. Le incomoda hablar en público, pero tan irrepetible momento exige ciertas explicaciones. Ya se calmará cuando empiece a tocar.

De la Rubia se sienta. Se hace el silencio. Arranca con una improvisación que muestra la variedad de timbres y sonoridades del instrumento, pero no es hasta que toca las ‘Diferencias sobre la gallarda milanesa’ que el público podrá degustar ese sonido único de las cuerdas del clavicémbalo mezcladas con las notas que salen de los tubos del órgano. Máximo estupor. Una mujer con un ataque de tos abandona la sala por unos minutos. En ‘Ancor che col partire’, De la Rubia tocará el clavicordio con la mano derecha y el órgano con la izquierda. Otra escena totalmente mágica por gentileza de esta gameboy renacentista.

Se suceden más tientos, más diferencias (eso que hoy conocemos como versiones) y más glosados. El organista manipula un mecanismo que le permite usar los cuatro registros del órgano. Y, de repente, acciona una pieza, extrae el clavicordio del mueble, se levanta del banco, baja las escaleras del escenario y se acerca al público para mostrarlo. “Mirad qué pequeñas son las teclas. Son más difíciles de tocar”, explica. Y no contento con dinamitar la liturgia clásica de los recitales, se sienta al borde del escenario, con los pies colgando, y toca. El público, asombrado, no sabe que está ahuyentando la pesadilla que tuvo la otra noche.

Aplausos y autógrafos

Acaba el concierto. El organista y el manchador se retiran. En escena solo está el claviórgano Hauslaib, pero la platea reclama al organista. Al fin y al cabo, sin instrumentista, el claviórgano es solo un mueble mudo. Habrá bis. Y minutos, minutos y más minutos de aplausos. Se encienden las luces de la sala y la mayoría de público abandona el lugar. Otros se acercan al escenario para fotografiar el instrumento.

De la Rubia ya ha salido al pasillo a firmar autógrafos a los compradores del CD. Hay una cola eterna. Una vez más, exageradamente intergeneracional. El organista lleva media hora sentado firmando discos cuando se le acerca un niño de unos 13 años. Se llama Martí.  De La Rubia está a punto de estampar una firma más cuando, de repente, el organista se levanta de la silla como un Gormiti. Se ha acercado a saludarlo una mujer de frágil andar. Es Montserrat Torrent, su maestra. 94 años tiene. Se funden en un largo y cómplice abrazo. Se susurran unas palabras. Cae alguna lágrima.

Al día siguiente, el anciano claviórgano recorre el camino de regreso al museo. Desciende por la plataforma móvil que lo subió al centro del escenario, recorre unos metros y asciende en montacargas hasta la sala de órganos. Los responsables del museo ya respiran tranquilos. El Hauslaib habrá regresado en perfecto estado. Y ahí seguirá hasta quién sabe cuándo. Quizás nunca vuelva a sonar.

(Publicat el 4 de juny de 2017)