Minifestival de Música Independent

Fotos: Martí Fradera i Nando Cruz

Minifestival de Música Independent de Barcelona

Espai Jove Les Basses

C/ Teide, 20 (El Turó de la Peira)

El festival de los seis mil euros

“¡Shhhhhh!”, pide parte del público. El grupo estadounidense Free Cake For Every Creature es tan sigilosamente indie que si no guardamos silencio apenas se pueden oír. Y aún menos, si el local está lleno. ¿Lleno? El Espai Jove Les Basses se ha quedado pequeño para ver a este cuarteto de Filadelfia que hoy culmina su gira europea en este equipamiento público del Turó de la Peira. Todo ha sido culpa del Minifestival de Música Independent, que, un año más, y ya van 24, ha logrado sacar adelante otra heroica y modesta edición.

El público ha callado. “Es todo tan íntimo”, susurra una joven a su amiga, mientras la cantante maúlla dulces versos. La bajista tiene rasgos orientales. El batería ha colocado dos trapos en la batería para que no suene demasiado contundente. El guitarrista no debe haber roto una cuerda en toda la gira. No se puede sonar más a indie casero y recogido en 2019. Free Cake For Every Creature parecen nacidos para actuar en el Minifestival. De haber surgido en los años 90, los hubiésemos conocido a través de ‘Miracles for sale’ y ‘Marca Acme’, los fanzines que Xavi Guillaumes y Carles Lafuente impulsaron en sus días de veinteañeros antes de animarse a fundar este pionero minifestival.

Sin talonarios ni zona VIP

El Minifestival nació en el año 95 del siglo pasado, el mismo año que el FIB de Benicàssim. Aún no existían los festivales de pequeño formato ni los festivales mastodónticos donde más que disfrutar la música, la acabaríamos sufriendo. El Minifestival nació cuando el indie aún no olía a negocio, a moda ni a gancho cool para venderte coches, gafas de sol y móviles. Y así sigue. Bienvenidos a la antítesis de los festivales del talonario y la zona VIP, los estudios de impacto económico, las caminatas interminables entre escenarios y las pantallas para ver los grupos a doscientos metros de distancia. En el Minifestival solo hay seis actuaciones. Una detrás de otra. Y cuando acaba un grupo, puedes charlar con aquel amigo al que hace meses que no veías, lo cual puede resultar tanto o más gratificante que el siguiente grupo.

Ni más ni menos, tú. Los londinenses Night Flowers recuerdan a aquellos grupos que los semanarios británicos NME y Melody Maker nos vendían como la sensación del mes y que o bien aparecían aquel verano en el FIB o, ya de cara al invierno, en el Wintercase. Aquel indie atmosférico y sobreactuado del que luego se han derivado insulsas atrocidades como Beach House. La cantante baja del escenario para vender su última canción entre el público. Es una profesional y quiere explorar todos los trucos del show business. ¿Baño de multitudes en la intimidad? Pues vale. Ah, el Minifestival no ha utilizado la paridad de su cartel como arma de marketing aunque todos los grupos de esta edición tengan féminas al frente y de los dieciséis músicos que pasarán por el escenario, la mitad sean mujeres.

Ya falta menos para la gran actuación de la noche. A Kristin Hersh no se la veía como solista por Barcelona desde hacía más de una década. Todo un lujo tenerla en Les Basses por solo once euros. Un acierto más de un festival que lleva dos décadas manejando el mismo presupuesto: apenas seis mil euros con los que se las han apañado para traer en ediciones anteriores a Hugo Race, Luke Haines, Laura Veirs, Bettie Serveert, Eef Bazerlay, Dayna Kurtz, Cranes, Damien Jurado, The Bitter Springs, The Primitives, Nick Garrie, Helen Love y a principiantes locales como Love Of Lesbian y Els Amics de les Arts. Estamos ante un festival familiar en el sentido más literal. La esposa de Carles está en taquilla. Su hija sirve bebidas. La esposa y la hija de Xavi venden bocadillos y camisetas. Ah, por cierto, los bocadillos ya se han acabado y aquí no hay food trucks con noodles o nachos, pero puedes salir a la calle, caminar tres minutos y picar algo en el bar La Esquinica.

El silencio de las grandes ocasiones

El silencio durante la actuación de Kristin Hersh será reverencial; el silencio de las grandes ocasiones. Incluso cuando afina la guitarra, el público sigue mudo. Ver y escuchar tan cerca a la fundadora de Throwing Muses es una experiencia difícil de olvidar. Esta sola en escena, pero usa todos sus recursos. Pellizca las cuerdas con un nervio raro que enturbia el ambiente, fija la mirada en un punto que nadie más puede ver e insiste en el mismo punteo hasta que la guitarra la transporta donde ella quiere estar. A partir de ahí, alternará dos y tres registros vocales para acentuar la esquizofrenia de su cancionero. Y también usará las cejas, los párpados, las pestañas, las encías, los músculos del cuello y hasta los hombros para empujar las canciones hasta su destino final. Canciones que hablan de sombras y escalofríos, de pesadillas y desamparo, y que no dará por concluidas hasta que el eco del último acorde haya inoculado todo su veneno.

Suena ‘City of the dead’, de sus Throwing Muses. Suena ‘Gazebo tree’. Suena ‘Mississippi kite’. Suena ‘Your ghost’. Suena su inquietante versión de la tradicional ‘Wayfaring stranger’. Suena ‘The cuckoo’, una nana que le cantaban sus padres de niña y que incluyó en su primer disco en solitario. Suena ‘Your dirty answer’ y Hersh se desdobla en dos cantantes antitéticas: la que modula y la que berrea. Cuesta creer que esté aquí, en el Espai Jove Les Basses. Podría ser uno de los espejismos que alimentan sus versos, pero no. Es tan real como el leve ondear de su vestido. Tan real como esas camisetas del festival a ocho euros; 1.331 de las antiguas pesetas. Precio de 1995. El espíritu indie de 1995.

Kristin Hersh se agacha, desconecta los cables y el pedal de efectos, lo recoge todo y se va como llegó. Sin confetis. Sin foco que magnifique su figura.

Bollodramas y trap ye-yé

Faltaría una dosis de desparpajo indie en este Minifestival y a las madrileñas Cariño les sobra. El jovencísimo trío trae el repertorio anotado en una servilleta y ajusta el sonido lanzando voces al técnico, sin temer que el público perciba todo lo que falla. En el colmo del amateurismo, la guitarrista pide una púa al público. El colmo de su conexión con el público es que a los dos segundos le dan una púa. Su breve pase es una imparable cuesta arriba de euforia indie-pop gracias a títulos como ‘Mierda seca’, su irresistible oda a la bisexualidad ‘Bisexual’ (que definen como un bollodrama), la fabulosa ‘Nada es igual’ o su guitarrera versión del ‘Llorando en la limo’ de C. Tangana, reconvertida en un trap yeyé.

“No tenemos más canciones”, se excusan. “¡Tocadlas todas otra vez!”, suplica un espectador. Pero la 24ª edición del Minifestival ha tocado a su fin. Es hora de preguntar a Carles qué piensa hacer para celebrar el 25º aniversario del festival: “Lo mismo”, avanza en exclusiva. “Que tú estés progresando no significa que yo esté retrocediendo”, cantaba Billy Bragg. Podría ser el lema de este festival indie orgullosamente estancado en el tiempo. El festival tortuga.

(Publicat el 10 de febrer de 2019)