Hotel El Palace

Fotos: Martí Fradera

Hotel El Palace

Gran Via de les Corts Catalanes, 668 (La Dreta de l’Eixample)

Concert de Ray Cuza & Septeto Sazonando

 

Cuba en la Gran Vía de Barcelona

Son las once de la noche. A esta hora, según la nueva normativa de Barcelona, deben acabar todos los conciertos en los Espais de Cultura Viva. Sin embargo, el del Bluesman Cocktail Bar del Hotel El Palace, está a punto de empezar. Esto es otro mundo. Suelo enmoquetado, techo con molduras de inspiración frutal, butacones tapizados, lamparita y surtido de frutos secos en cada mesa y un camarero-acomodador atento a las necesidades de la clientela.

No es imprescindible ser cliente del hotel para asistir a los conciertos que se programan de jueves a sábado, pero sí lo es haber reservado una mesa. La entrada es gratuita, sí, pero la consumición mínima es de quince euros. Y cualquier cóctel cuesta dieciséis. Atención al Mary Pickford. Cuenta la leyenda que esta actriz de cine mudo lo cató en el Hotel Nacional de Cuba y no solo dio su nombre al brebaje sino que lo convirtió en la gran sensación de los locales neoyorquinos de desafiaban la Ley Seca allá por los años 20 del siglo XX. El barman de El Palace lo prepara como antaño: ron Santa Teresa 1796, marrasquino, granadina y zumo de piña.

Cuna del sabroso son

No estamos en 1930 ni en el Hotel Nacional de Cuba, pero casi. La sensación de haber emprendido un viaje espacio-temporal se acentúa en cuanto el grupo empieza a tocar. “Cuando tú vayas a Oriente / Mi legendaria región / Tierra que tiembla caliente / Cuna del sabroso son / Llégate al Puerto Boniato / Mira la loma San Juan / Vete al Caney por un rato / Y prueba las frutas, que allí dulce están”. Son versos de ‘Veneración’, un incunable del Trío Matamoros que hoy, 90 años después y en este hotel de cinco estrellas de la Gran Vía barcelonesa conocido hasta 2005 como el Ritz, está desempolvando el combo cubano Ray Cuza & Septeto Sazonando.

Como su nombre indica, el Septeto Sazonando son siete y apenas caben en el diminuto escenario. Al bongosero y al conguero se les oye, pero no se les ve. Tampoco, al violinista Carlos Caro, aunque el cantante destaca una y otra vez su ilustre presencia. El recital se compondrá de clásicos del repertorio isleño: de ‘Lágrimas negras’ a ‘Chan chan’. Un cancionero universal para un público también internacional y presumiblemente adinerado. Hoy dominan las parejas maduras y los empresarios solitarios. “Thank you. Gracias”, alterna Ray Cuza.

La Habana, 2007

Flashback. La Habana. Julio del 2007. Un turista conversa con un melómano local en una tienda que expone y vende carteles de películas. El turista le pregunta dónde puede ver una muy buena orquesta cubana. El dependiente le responde con un gesto que refuerza la obviedad de su respuesta: “En el Hotel Nacional. Es el hotel que paga mejor. Es el que tiene a los mejores músicos”. Fin del flashback.

A la derecha del escenario, tras la barra, el barman agita la coctelera al son de la guaracha ‘Pare cochero’. Se conoce el repertorio al dedillo ya que el grupo actúa aquí cada mes. La diferencia es que el barman está contratado por el hotel. La banda, no. Tocar en El Palace con regularidad no implica hacerlo en condiciones laborales mucho mejores que las de los locales más precarios de la ciudad. Para entendernos: con los cuatrocientos euros que suelen cobrar por noche los grupos que actúan aquí (sean quintetos, sextetos u octetos) apenas les daría para hospedar hoy a dos músicos en la habitación más sencilla: la Classic con cama de dos metros por dos, baño de piedra natural color wenge y amenities Chopard.

El violinista decora las piezas con melodías prestadas de otras partituras; ya sean ‘Frenesí’ o ‘El manisero’. Los cacahuetes de cortesía son grandes y muy sabrosos. Se nota que hay presupuesto. Son maní cinco estrellas. El cantante invita al público a unirse a la rumba batiendo palmas. El matrimonio alemán obedece. Las dos señoras que parecen amigas del grupo, también. El resto filma con el móvil o charla de sus cosas. Tras ahondar en el temario de Compay Segundo, pausa de descanso. “Vamos a publicidad”, anuncia Cuza. Y con el pulgar hace el gesto de atizarse un trago.

Hoy no hay conga

Algunos clientes del hotel bajan tarde a la actuación. Otros se largan a mitad de concierto. Hay butacas para unas cuarenta personas, pero hoy no se ocuparán más de una veintena. Eso sí, cuando la banda retome la faena con ‘El bodeguero’ de la Orquesta Aragón, se levantará a bailar la primera pareja. El festín cubano prosigue con ‘La negra Tomasa’, ‘El cuarto de Tula’, ‘El guararey de Pastora’ y demás clásicos. “Otras noches, con esta misma banda, todo el público salta a bailar la conga por el salón”, asegura el barman. La de hoy no va a ser una de esas noches, aunque, inasequibles al desaliento, los músicos se concentran en las melodías para exprimir al máximo el tres, el contrabajo, las congas y el bongó.

Hace ya rato que el cantante mira el reloj sin disimulo. Es casi la una de la madrugada. Mejor dar la velada por concluida y regresar por donde vinieron a bordo de ‘El tren’ de Compay Segundo. “Yo voy a Cuatro Caminos, Songo, La Maya y viro p’atrás”, cantan. Carlos Caro emula con el violín el sonido del tren al frenar sobre los raíles. La locomotora cubana se detiene. El concierto acaba. Cambio de decorado sonoro en el Bluesman Cocktail Bar: suena Frank Sinatra.

Un enorme Porsche blanco todoterreno con matrícula de Andorra ocupa media acera del chaflán. No hay problema ni multa. Es de uno de esos clientes que a medio concierto ha huido en busca de otro ambiente. Tal vez, el del Cigar Club, el club de fumadores con cava de puros para socios. Sube al vehículo con sus amigas y sale zumbando por la Gran Vía. Justo delante de la tienda que Oxfam-Intermón abrió en el número 641, un sintecho duerme entre cartones.

(Publicat el 9 de juny de 2019)