Cary McCay

“El 8 de marzo debe ser también una jornada para luchar contra el racismo”

06/03/2019 08:26 h

Drets de Ciutadania

Cary McCay es trabajadora social y mediadora familiar. Además, desde hace años se dedica a dar charlas y a organizar jornadas con el fin de sensibilizar a las familias adoptivas, las personas que trabajan en el mundo de la adopción o a cualquier persona interesada, sobre la importancia de reflexionar acerca de lo que significa crecer en una familia racialmente diferente. Con motivo de la celebración del 8 de marzo, hablamos con ella sobre feminismo interseccional, adopción transracial, y en general, sobre cómo construir una sociedad más igualitaria y que ponga en valor la diferencia y la diversidad.

 

Mujer, negra, española, adoptada, de orígenes africanos, ¿podrías decirnos de qué manera gestionas o priorizas tus múltiples identidades?

A lo largo de mi vida y, especialmente durante la etapa en la que interioricé mi identidad, las tres vertientes -de mujer, negra y española- han estado presentes. Sin embargo, dado el color de mi piel, la negritud siempre ha sido el eje central alrededor del cual giraban las otras identidades. Ser negra era lo único que me diferenciaba externamente del resto de mi familia. Con el tiempo, fui desarrollando las otras identidades, y por ejemplo, comprendí mejor lo que significaba ser mujer nacida en un lugar en el que era minoría.

Sin embargo, nunca he llegado es a sentirme completamente “de aquí” porque, como persona afrodescendiente, no se me ha permitido. Sólo consigo compartir esta identidad con mi círculo de conocidos pues, sé que estos no me van a preguntar “¿y tú de dónde eres?” porque ya me conocen. El resto de gente sé que, de entrada, me va a tratar como una extranjera.

 

En alguna entrevista te hemos oído decir que cuando eras niña tú no querías ser negra ¿ha sido difícil crecer en España?

La verdad es que para mí -al igual que para otras personas negras-, crecer en España significó no contar con referentes. Es decir, las personas adultas en las que yo me podía ver reflejada en un futuro eran modelos que no estaban en mi entorno. Además, la negritud o la diferencia étnica o racial, tal y como estaban representadas en este país, tampoco dejaban espacio a que yo me pudiera sentir identificada pues, no ser una persona blanca era sinónimo de que te considerasen “invisible”.

Además, ser negra significó que, durante amplios periodos de mi infancia y adolescencia, me insultaran en la escuela, en la calle… ¿cómo iba a querer ser negra dadas esas circunstancias? Honestamente fue traumático y doloroso asumir que mi color de piel iba a ser la parte central de mi identidad. Quería ser como el resto de mi familia y mis amistades: blanca. No quería ser diferente ni llamar la atención. No fue hasta la época adulta, momento en el que ya disponía de herramientas para buscar referentes y posicionarme en un entorno en el que me sintiera más cómoda, que pude comenzar a abrazar mi negritud.

 

¿Podrías decirnos que se entiende por “privilegio blanco”? ¿Crees que la ciudadanía en general es consciente de este privilegio?

Cuando a una persona le otorgan un privilegio, sin haber hecho ningún tipo de mérito para conseguirlo, es muy difícil que sea consciente de que tiene ese privilegio. Por lo tanto, no, no creo que la mayoría de la ciudadanía blanca sea consciente de que forma parte de un grupo privilegiado. Imparto talleres de privilegio blanco y a menudo veo como hasta ese momento muchos de los participantes no eran conscientes del poder y las ventajas que les han sido otorgados solo por ser blancos.

Para mí, que además de ser negra viví en una familia blanca, es muy fácil poner un ejemplo del desconocimiento de este privilegio. Al ser adoptada, cuando era una niña y salía a la calle de la mano de mi madre “tenía acceso a esos privilegios de blanca” y así lo creía mi madre; ahora bien, en el momento en el que pasé a enfrentarme yo sola a  la sociedad, ¡boom!, una explosión de racismo y clasismo me explotó en la cara y descubrí que yo, como mujer negra, “no tenía derecho a esos privilegios, si había estado disfrutando de ellos era gracias a la protección de mis padres”.

Para evidenciar este clasismo y racismo patente en nuestra sociedad, me gustaría hablar de un ejemplo muy claro: el que nos encontramos en la esfera laboral. Y hablo desde mi experiencia profesional porque yo trabajo mucho con población migrante, y en particular, con mujeres que se dedican al cuidado de personas: es una realidad que muchas de ellas -en su mayoría inmigrantes trabajando en el sector informal- se encuentran con “empleadores” que están convencidos de que a ellas se les puede ofrecer peores condiciones, porque “al no ser de aquí”, aceptarán cualquier cosa. Un terrible ejemplo de lo que significa no tener el privilegio de ser blanco.

 

Próximamente se celebrará en España la huelga con motivo del 8 de marzo. El año pasado algunos colectivos como Afroféminas no se adhirieron a ella al no considerar que defendiese un feminismo interseccional. ¿Podrías decirnos qué significa para ti la palabra “interseccionalidad”? ¿Crees que el movimiento feminista en España es interseccional?

A mí la palabra “interseccionalidad” me lleva directamente a pensar en la lucha a la que muchas mujeres negras llevamos adhiriéndonos desde hace décadas, al ser conscientes de que el feminismo hegemónico, normalmente compuesto por la clase media, blanca y occidental, defiende un discurso en el que nosotras no nos vamos a poder sentir nunca representadas. Lo cierto es que, personalmente, muy pocas son las veces en las que yo he salido a la calle a reivindicarme junto a otra mujer que no me representase.

Para mí, como para muchas otras mujeres negras, el sistema de opresiones está interconectado: patriarcado, racismo, capitalismo…no se puede concebir una cosa sin la otra. Sin embargo, en algunos espacios de debate alrededor del 8 de marzo, a menudo no solo no nos sentimos representadas, sino que, además, vemos que o quieren hablar por nosotras o se silencian nuestras voces. Es decir, se busca que estemos presentes, sí, pero no para dejarnos hablar, sino para representarnos. Nosotras no queremos que nadie nos represente, podemos hablar por nosotras mismas; y para ello, necesitamos que se nos tenga en cuenta en los espacios de decisión: el 8 de marzo debe ser también una jornada para luchar contra el racismo.

Sin embargo, lo que hemos visto hasta ahora es que para el feminismo blanco hegemónico los otros “ismos”, la xenofobia o el racismo, no eran temas tan relevantes. De hecho, me pregunto, ¿cuántas de las mujeres que salen a manifestarse ese día, han salido también a manifestarse a lo largo del año para denunciar el racismo institucional o la opresión y la violencia que se ejerce sobre las mujeres migrantes?, por ejemplo.

Cuando las opresiones se cruzan y una percibe a la otra como una amenaza se crean barreras, barreras que son muy difíciles de traspasar. Por tanto, si al intentar participar en estos movimientos más amplios, nos encontramos con que no se nos permite un espacio para hablar de los temas que para nosotras –las mujeres no blancas– son importantes, ¿cómo vamos a sentirnos representadas? ¿cómo vamos a sentir que es posible crear un espacio juntas?

Además, hay que tener otra cosa presente, el feminismo negro, al menos del que yo formo parte, no reclama una lucha única, al contrario, lo que queremos es una lucha que acepte la diversidad, es decir: que acepte las diferentes realidades que conforman la sociedad y, por tanto, las diferentes opresiones que hasta ahora estaban siendo silenciadas. Y ya estamos trabajando para ello: desde hace unos años las mujeres negras tenemos proyectos propios, asociaciones feministas, estamos creando nuestros espacios de reivindicación, de encuentro entre nosotras, lugares en los que no tenemos que descodificar el mensaje, etc. Nuestra intención es dejar de estar en el margen, para pasar a estar en el centro, y desde ese centro, incluir en la agenda feminista aquellas reivindicaciones que a nosotras más nos afectan.

 

Dicho esto, ¿crees que es posible ser consciente del propio privilegio (blanco) y a la vez, construir alianzas entre colectivos?

Creo que sí. Quizás debido a mi experiencia personal, al haber crecido en una familia blanca, y/o profesional, al haber trabajado durante muchos años con familias blancas que adoptan a menores étnica o racialmente diferentes -y que no tenían ni idea de las discriminaciones a las que se iban a enfrentar-; para mí ha sido muy necesario aprender a moverme entre mi identificación como mujer racializada y el entorno que me ha rodeado. Y, al hacerlo, he observado impresionantes procesos de evolución y me he encontrado con algunos padres y madres que se han convertido en voces y altavoces de sus hijos e hijas en la lucha antirracista, al darse cuenta de que su privilegio blanco no lo iban a heredar.

Por tanto, sí, pienso que se puede trascender a estos privilegios y trabajar de manera conjunta para acabar con las opresiones y las discriminaciones. La clave, sin embargo, es entender que no existe una lucha única, sino muchas, y que cada uno, desde su realidad y experiencia, puede aportar enfoques diferentes desde los que llegar a espacios de trabajo en común. Por ello, y estableciendo así una conexión con el ejemplo del movimiento feminista, defiendo también la existencia de espacios no mixtos, en los que minorías como la afrodescendiente o personas de diversidad sexo-afectiva, por ejemplo, puedan trabajar, mirarse a los ojos y expresarse de manera segura y libre, sin sentirse amenazados.

 

Este espacio de divulgación señala algunos de los discursos de odio que tienen lugar actualmente. ¿Crees que el origen o la identidad racial son aspectos que condicionan las posibilidades de que una persona sea víctima de discurso de odio?

Sí, por supuesto que el origen, la identidad racial o el género son aspectos que condicionan nuestra vulnerabilidad. La población negra y la población migrante son, de hecho, los principales objetivos de los discursos de odio pues, especialmente en los tiempos que corren, no hay mejor manera de dividir a la población que “presentar al otro como a una amenaza”. Por lo tanto, sí, ser negra, ser pobre, ser migrante, ser mujer…son condicionantes (ejes, intersecciones) que sin duda aumentan la vulnerabilidad de una persona ante estos discursos, actitudes y comportamientos discriminatorios.

 

¿Crees que, actualmente, contar con espacios virtuales como las redes sociales supone que estos discursos de odio se extiendan más rápidamente?

En la era de Internet, las redes sociales son un caldo de cultivo evidente para la propagación del discurso de odio, en gran medida porque se pueden difundir de manera impune en muchos casos y desde la comodidad del sofá de casa. Y es que cuando no tienes que mirar a la cara “al otro”, es muy fácil denigrarle. Los colectivos antirracistas lo vivimos a menudo al ver cómo representantes políticos utilizan los medios de comunicación para lanzar discursos que nos dividen y “crean una ciudadanía de primera y otra de segunda”.

 

¿Crees que estas herramientas de comunicación pueden utilizarse, sin embargo, también de una manera positiva?

Sin lugar a duda. El problema no son las herramientas sino el uso que se hace de ellas. Si las personas o las instituciones utilizan las redes sociales como altavoces para compartir y perpetuar los discursos de odio racistas; estos espacios virtuales servirán sin duda para expandir el odio.

Por otro lado, en todos mis años de activismo, las redes sociales y/o determinados espacios virtuales me han sido de mucha utilidad para conocer experiencias de otras personas afrodescendientes como yo, o de otras mujeres que también son víctimas de opresiones –machismo, la xenofobia, la transfobia, el racismo–. Las he utilizado para intercambiar conocimientos con otras organizaciones antirracistas, para debatir y para compartir opiniones, de manera inmediata y en lugares lejanos. Es decir, las redes sociales pueden ser utilizadas como espacios de transformación.

Sin embargo, creo que si queremos crear espacios de encuentro en los que quepan nuestras diferencias, necesitamos poder sentarnos y trabajar también de manera física, es decir, conociéndonos personalmente las unas a las otras y mirándonos a los ojos; porque si no, corremos el riesgo de no ser capaces de encontrar nunca una posición común y de no “reconocernos”.

 

Sabemos que tu trabajo está centrado en acompañar a los padres en la adopción transracial, ¿qué crees tú que puede hacerse desde las familias y la infancia para caminar hacía una sociedad libre de estas discriminaciones y estereotipos?

Pues básicamente lo que ¡ya se está haciendo!: crear espacios para poder encontrarnos; trabajar estas discriminaciones y estereotipos desde una perspectiva interseccional; facilitar canales en los que se dé voz “al otro”, y que estas personas que ahora están en los márgenes puedan ocupar y liderar el centro –para que así los progenitores y las personas educadoras reciban también otros discursos y normalicen esta diversidad–, etc. Es decir, trabajar para que las personas que ostentan “el privilegio blanco” escuchen otras experiencias y voces que no sean la suya propia.

Por ejemplo, en el mundo de la adopción transracial se están llevando a cabo muchas actividades para que las familias que adoptan puedan comprender mejor la vivencia de sus hijos e hijas gracias al testimonio de otras personas adultas que crecieron siendo no blancas en una familia blanca. Ello ha permitido que estas personas jóvenes, se sientan mejor comprendidas y entendidas por sus familias; así como más preparadas para hacer frente a la sociedad racista, machista y clasista en la que vivimos.

Al fin y al cabo, si las madres y padres ignoran este problema durante la niñez, cuando su prole sea adulta, se le hará más difícil sentirse identificada con sus familias blancas. Por tanto, creo que es positivo que estas familias reconozcan que vivimos en una sociedad tremendamente racista y que sus hijos e hijas no disfrutarán del privilegio blanco de sus padres y madres; por ello, si queremos que estos niños y niñas sean capaces de desarrollar una identidad sana, creo que es importante que se les ayude, entre otras cosas, a encontrar referentes en los que puedan verse reflejados. Crear estos espacios de intercambio de conocimientos y experiencias es una manera de hacerlo.

 

Finalmente, ¿te gustaría destacar algún proyecto local o nacional, que admires o en el que participes, orientado a trabajar contra el racismo de una manera interseccional?

Pues lo cierto es que no conozco proyectos que incluyan a colectivos racializados y no racializados que estén trabajando conjuntamente desde un enfoque interseccional para poner fin al racismo. Mi sensación es que existen, por un lado, los colectivos racializados y antirracistas que trabajan desde el enfoque interseccional; y, por otro lado, los colectivos no racializados, a los que a veces se nos “invita” a compartir nuestras experiencias. Sin embargo, en general creo que aún estamos en un momento muy incipiente de este trabajo conjunto, y que, por tanto, es urgente que tratemos de buscar puntos de encuentro para poder trabajar más y mejor, contra las opresiones, desde una perspectiva verdaderamente interseccional.

 

 Entrevista realizada peor Almudena Díaz Pagès

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