Abrir la ciudad, repensar la ciudad

El cambio de época que vivimos altera muchos de los valores, de los esquemas conceptuales y de los equilibrios con los que se construyó la Europa de la posguerra. La Bienal “Ciudad Abierta” aspira a relacionar las reflexiones sobre el papel de la ciudad en este momento crucial con las grandes corrientes de pensamiento que debaten sobre el futuro de la democracia, la explosión de las diferencias, los retos del cambio tecnológico o la vigencia de los modelos urbanos.

Las ciudades han sido, desde hace mucho tiempo, espacios y lugares en los que vivir y convivir con intensidad. La concentración de personas, la necesidad de buscar fuera de la ciudad lo que se necesita para vivir y de producir con el fin de intercambiar, las grandes posibilidades de innovación que genera la densidad de vínculos e interacciones, han hecho de las ciudades lugares especiales; atractivos y también difíciles. Las ciudades combinan la dimensión “espacio” y la dimensión “lugar”. No son solo el marco físico en el que pasan cosas, sino que también son lugares donde se concentran identidades, intereses, proyectos, memorias y significados diversos. Y las dos cosas, los espacios y los lugares, son igualmente importantes. Los espacios de la ciudad son lugares de celebración y conflicto, lugares en los que se viven con intensidad todo tipo de experiencias humanas y sociales. Así, no nos puede parecer extraño que cuando en el mundo se viven momentos de cambio de época, momentos en que muchos de los parámetros de funcionamiento social (familia, trabajo, información, ciencia, tecnología...) cambian muy intensamente y con mucha rapidez, las ciudades necesiten repensarse.

En efecto, a lo largo de la historia, sobre todo cuando se han vivido momentos especialmente intensos de cambio (Renacimiento, revolución industrial...), el debate sobre el papel de las ciudades ha sido muy importante. Repensar la ciudad se convierte a menudo en repensar la vida en sociedad, en repensar valores y maneras de hacer.

Hoy en día, las incertidumbres que planean sobre el futuro, las dudas sobre la continuidad de muchas de las soluciones colectivas que se habían ido encontrando para resolver conflictos sociales de todo tipo, están generando una preocupante tendencia en las comunidades a cerrarse en sí mismas, basadas en el rechazo a los “extranjeros”, convirtiendo a los demás en los responsables de los propios desasosiegos. Las ciudades han sido siempre espacios abiertos, que necesitan los aires de fuera y a los recién llegados de todas partes para seguir innovando y encontrando nuevas oportunidades.

En el pregón de las fiestas de la Mercè del año 2000 Robert Hughes decía que la ciudad es la condensación más intensa de cultura que la humanidad ha conocido. Richard Sennett comentaba que “las ciudades pueden estar mal gestionadas, llenas de delitos, sucias o decadentes. Pese a ello, mucha gente piensa que, incluso en el caso de la peor de las ciudades imaginables, vale la pena vivir en ella. ¿Por qué? Porque las ciudades tienen la capacidad de hacernos sentir mucho más complejos como seres humanos”. La ciudad es relación, es diversidad, es aprender a convivir con quien es diferente a ti. La homogeneidad adormece, la diversidad estimula y expande la imaginación. Y la ciudad es diversidad. Por lo tanto, la ciudad permite que convivan muchas identidades, que exista una mayor riqueza de pertenencias. La sensación de estar en comunidad, pero al mismo tiempo ser extraño cuando se desee, otorga a la ciudad toda su fascinación y atractivo. El problema es que esa misma diversidad, esa heterogeneidad, puede provocar desazón e intranquilidad. Emmanuel Levinas habla de la ciudad como un espacio en el que es posible el “vecindaje de los extraños”, expresando probablemente así la mezcla deseable de comunidad y sociedad que toda ciudad debería contener para evitar tanto la intolerancia hacia las identidades excluyentes como la extrañeza o frialdad de una convivencia sin vínculos. Xavier Rubert decía que “la ciudad de la que surgió la idea de urbanidad se caracteriza por un equilibrio no muy fácil de mantener entre varios elementos: entre concentración y anonimato, entre espacio y tiempo, entre forma y memoria, entre reconocimiento y distancia”.

El porqué de la Bienal

La Bienal “Ciudad Abierta”, que se celebra en Barcelona a partir del 15 de octubre, quiere relacionar las reflexiones sobre el papel de la ciudad en el cambio de época con las grandes corrientes de pensamiento que hoy debaten sobre el futuro de la democracia, la explosión de las diferencias, los retos del cambios tecnológico o la vigencia de los modelos urbanos hoy aún predominantes.

Como decíamos, tenemos muchos elementos que apuntan al hecho de que el cambio de época que vivimos está alterando muchos de los valores, de los esquemas conceptuales y de los equilibrios con los que se construyó la Europa de la posguerra. Una Europa que se esforzaba en reconstruir la democracia en un contexto de sociedad industrial y que empleaba las políticas de bienestar redistributivas para compensar los desequilibrios que inevitablemente generaba la economía de mercado. Tanto en España como en Cataluña, este modelo europeo nos sirvió de referente a finales de los años setenta, en el momento de recuperación de la democracia, precisamente cuando en el resto de Europa se empiezan a poner en duda muchos de los principios de 1945.

Hoy somos conscientes de que vivimos una transformación tecnológica enorme que impacta en los modos de producción, en las lógicas de consumo, en la generación y distribución de información y saber, etc., y todo ello en un contexto marcado por una gran diversidad de todo tipo, dentro de una dinámica imparable de globalización pero también de movimientos que buscan protección en marcos de cierre y de homogeneización cultural. El conocimiento científico y tecnológico está en el centro de este escenario, tanto por lo que implica de fundamento del cambio tecnológico como por la inmensa cantidad de incertidumbres que genera desde el punto de vista ético y cultural la constante superación de lo que hasta hace poco se consideraban las fronteras del saber.

Las ciudades siguen situándose en este escenario como polos privilegiados que acumulan diversidades, oportunidades, capacidades de innovación y de creatividad para resolver desde la proximidad lo que cuesta mucho incluso de definir desde lejos. Es en las ciudades donde se acumulan saber y espacios de interrelación y combinación de conocimientos y de oportunidades. Al mismo tiempo, se desplazan hacia las ciudades oportunidades y problemas, sin que eso vaya siempre acompañado de poder y de recursos suficientes para hacer frente a nuevas incumbencias. La densidad reclama y justifica la existencia de equipamientos y servicios con la capacidad suficiente para encarar problemas cada vez más complejos e interrelacionados. Y todo ello en un contexto de economía global en red y que usa las plataformas digitales para moverse e innovar sin hacer caso de fronteras ni de las lógicas de estado-nación. Las ciudades son, pues, espacios de experimentación de nuevas concepciones de progreso y al mismo tiempo tienen que ser espacios de protección y de reconocimiento de la diversidad frente a las incertidumbres del momento.

No es sencillo averiguar cuáles son los elementos centrales de los que tienen que disfrutar una ciudad y sus ciudadanos para encarar las nuevas dinámicas de trabajo, exclusión, innovación o marginalidad. La educación sigue siendo un factor clave para reforzar las capacidades de las personas y de las comunidades en este escenario de incertidumbre. Pero cada vez más aparecen como aspectos complementarios —y finalmente decisivos— el bagaje cultural y de conocimiento científico y tecnológico que tienen que acompañar este nivel educativo, ya que son precisamente el poso y las experiencias culturales de las personas y la capacidad de comprensión de los avances científicos y tecnológicos los elementos que les permitirán reforzar sus potencialidades de trabajar en red, compartir ideas, mejorar las posibilidades de respuesta individual y comunitaria frente a problemas cada vez más difíciles de definir, caracterizar y resolver con las herramientas conceptuales y la división en competencias técnicas y en especialización educativa que fueron útiles en la sociedad industrial. Si todo el mundo está de acuerdo en que imaginación, creatividad, innovación y flexibilidad son atributos necesarios para la sociedad en la que estamos entrando de manera acelerada, la combinación educación-ciencia-arte-cultura es central en cualquier nueva perspectiva de progreso en un sentido contemporáneo.

Los temas de la Bienal

Ciudad, democracia, cultura, arte, ciencia y tecnología son elementos clave que quisiéramos combinar con especial intensidad en la semana del 15 al 21 de octubre y también en las posteriores. La idea es movilizar a personas, colectivos, entidades privadas y sociales e instituciones de todo tipo para debatir y encarar estos temas, combinando actos de diferente formato y de temática diversa, desde actos en la calle a sesiones en librerías o bibliotecas, producciones culturales y talleres de profundización. Pretendemos iniciar una experiencia que tenga continuidad en el futuro si este prototipo funciona.

Nos inspiramos en experiencias parecidas que se han organizado y se organizan en diversas ciudades europeas y del mundo (Módena, Turín, Berlín, Dakar...), y también recogemos lo que ya se ha ido haciendo en la propia Barcelona (Barcelona Pensa, Kosmopolis, Literal...).

Esta primera Bienal seguirá diversos itinerarios para ir tratando temas que tienen su propia entidad, pero que con frecuencia se entrecruzan: ciudad y democracia, ciudades y diversidades, ciudad y tecnología, ciudad y trama urbana. Damos aquí algunas pistas que nos han llevado a pensar en estos itinerarios y que nos permiten imaginar un cierto mapa de la Bienal.

No hacen falta demasiados argumentos para justificar la preocupación por la salud y la calidad de la democracia en el mundo y por los fuertes dilemas que la globalización plantea. Las grandes incertidumbres que se plantean sobre el futuro en temas tan básicos como el trabajo o la subsistencia refuerzan la necesidad de protección que choca con lógicas mercantilizadoras y el debilitamiento de los sistemas de bienestar fatigosamente construidos a lo largo de los años. Vemos como ello comporta lógicas de cierre y dinámicas autoritarias que buscan seguridad aunque sea reduciendo el campo de las libertades. Los estados tienen ciertas dificultades para encarar estos retos, pero las ciudades no pueden aplazar las respuestas a los problemas que se les presentan día a día. Las ciudades asumen muchas más incumbencias de las que están realmente capacitadas para asumir con las competencias y medios de que disponen. Y al mismo tiempo, las problemáticas que enfrentan son muy parecidas a las de muchas otras ciudades del mundo. Las ciudades son al mismo tiempo cercanas y globales. Los vínculos entre ciudades, la cooperación ante problemas comunes, van creciendo más allá de las divisorias entre nación y estado. Quisiéramos que la Bienal recogiera estos temas en sus sesiones.

Por otro lado, las ciudades han sido siempre expresión de vecindaje sin constreñimientos identitarios ni homogeneizadores. Cada vez más la diversidad es un valor que toma fuerza y se va situando en los niveles de lo que han sido los valores esenciales del siglo XX: autonomía personal e igualdad. Las diferentes diversidades, de género, de opción sexual, alimentarias, culturales, religiosas o incluso de movilidad, han encontrado en la ciudad maneras de expresarse y cada vez más exigen formas de reconocimiento tanto público como institucional. Esta explosión de diversidad choca con tendencias de constreñimiento identitario o de blindaje argumentando razones de seguridad. La ciudad tiene que poder seguir siendo expresión y refugio de diversidades, con reconocimientos explícitos que dignifiquen las opciones de cada uno y permitan convivir desde la diferencia

No creemos que sea casual que la ciudad se haya ido convirtiendo en un campo de experimentación de los cambios tecnológicos. Las ciudades son espacios densos, acostumbrados a probar novedades y a convivir con ellas, y que permiten con facilidad hacer pruebas piloto. Conceptos como “smart city” han experimentado una rápida expansión, pese a que quizás ha faltado una perspectiva crítica en la consideración de los efectos de todo tipo que estos grandes cambios plantean en las intermediaciones y en las formas de relación y comunicación. La revolución tecnológica que implican internet y la esfera digital ha trastocado asimismo lo que antes se consideraban fronteras del saber y protagonismos en la producción de conocimiento. Las ciudades condensan talento, conocimiento, equipamientos y oportunidades disruptivas, a la vez que permiten interacciones y sinergias que no son fáciles en otros contextos. Hay que politizar el debate tecnológico; politizar en el sentido de discutir quién gana y quién pierde con él y cómo se distribuyen costes y beneficios.

No podemos prescindir tampoco de la dimensión espacial de la ciudad. ¿Cuál es el futuro de la ciudad como conjunto de viviendas, equipamientos y espacios públicos? La población que vive en las ciudades crece imparablemente, pero seguimos teniendo muchas dudas sobre densidades, segmentaciones de usos y personas, tipos de movilidad, etc. Y al mismo tiempo las ciudades concentran grandes intereses financieros y especulativos que en muchos casos, como en el de Barcelona, generan efectos sobre los precios de la vivienda o el encarecimiento de los alquileres. Volvemos a necesitar debatir sobre la ciudad y su futuro, y nos hace falta oír las voces que surgen de diferentes ciudades del mundo y conocer sus diversas experiencias y las reflexiones que generan.

Estos son los parámetros que nos han impulsado a promover esta experiencia, que nos gustaría que hubiera llegado para quedarse. Una experiencia que la ciudad haga suya y que tenga continuidad, con el fin de que Barcelona siga encontrando el modo de repensarse y a la vez de mantenerse abierta y plural.

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