El poder transformador de las artes decorativas

Forjas de hierro, cerámicas, madera, vitrales, pavimentos, escudos, relojes, campanas… El historiador del arte Francesc Fontbona ha editado el libro Les arts aplicades a Barcelona, una publicación coral en la que intervienen otros doce expertos en cada una de las artes decorativas aplicadas a la construcción, para acercar al gran público una visión completa de qué aportan y cuál es la historia de muchos elementos presentes hoy en día en la ciudad.

Forjas de hierro, cerámicas, madera, vitrales, pavimentos, escudos, relojes, campanas… Son elementos que revisten los edificios, que dan otra piel a la estructura, que dan vida y hasta cierto movimiento al esqueleto de la obra y que se pueden apreciar de un simple vistazo en Ciutat Vella, el centro histórico de Sarrià, Gràcia, Horta-Guinardó y buena parte del Eixample. Conforman, como la propia arquitectura, toda una historia de la ciudad, y a través de ellos se puede reseguir el devenir y hasta cierta evolución económica y social.

El historiador del arte Francesc Fontbona ha editado el libro Les arts aplicades a Barcelona, una publicación coral en la que intervienen otros doce expertos en cada una de las artes decorativas aplicadas a la construcción. Se trata de una obra que persigue acercar al gran público una visión completa de qué aportan y cuál es la historia de muchos elementos presentes hoy en día en la ciudad. “La idea es que cualquier persona, no necesariamente un especialista del sector, conozca, por ejemplo, que las pequeñas piezas de mosaicos, tan profusamente utilizados en el modernismo, se utilizaron en la época tardorromana. Es el caso del que se conserva en el Museo de Arqueología de Cataluña, del siglo IV”, explica.

Con todo, si se puede hablar de una época dorada de las artes aplicadas y la profusión de elementos en las fachadas y en la propia estructura de los edificios, esta es la del modernismo. En ausencia de un poder soberano que promoviera edificaciones refinadas y ricas, como ocurría en diferentes ciudades europeas, a partir del siglo XVIII fue el empuje de la floreciente burguesía la que tuvo ese papel promotor en Barcelona. No es que antes de esa época no existieran elementos decorativos; se usaban pero con fines utilitarios. Los diferentes materiales presentan formas y expresiones completamente distintas según las épocas. Se manifiesta, por ejemplo, en el paso de la forja de una reja medieval o barroca a la expresión del hierro colado de una casa modernista. Lo mismo ocurre con otros materiales de las construcciones como la madera o la cerámica, empleadas en las cubiertas con criterios de eficacia y cuyo uso evoluciona a otras expresiones mucho más complejas, como las combinaciones cromáticas de la época barroca o el “embriagamiento” modernista. O con la misma piedra. Explica Fontbona que la expresión popular “de piedra picada” le daba un plus de autenticidad. “Lo cierto es que de piedra picada lo eran solo zonas determinadas, como las esquinas o el marco de puertas y ventanas, y el resto podían ir revestidos de mortero o de otros materiales”, añade. La piedra artificial fue la que propició que se pudiera imitar lo que antes solo hacían artesanos. “El sistema constructivo y los elementos decorativos tienen una lectura clasista. Muchos edificios de los siglos XVIII y XIX tenían una escalera de piedra para los propietarios y otro acceso, mucho más sencillo, para los inquilinos. Lo mismo ocurría con los techos y acabados, que eran más nobles en la planta principal —de ahí el nombre— que en los pisos superiores”, añade.

El arquitecto e investigador Ramon Graus resalta en un capítulo del libro que fue a partir de los años setenta del siglo XVIII cuando se empezó a construir lo que llamaron “casas de escaleta”, que comportaron un cambio radical frente a las casas de un solo cuerpo. El invento partía de la construcción de un cuerpo central con escaleras para el acceso individual a cada piso —con jerarquía de alturas diferentes—, la sustitución de las cubiertas por el terrado y la utilización de finas paredes de moderno ladrillo en vez de las gruesas de piedra. Fue la forma de solucionar la demanda de vivienda que acompañó la industrialización y que se bautizó con el nombre de “construcción catalana”.

El uso del hierro y los materiales de forja tienen un recorrido muy amplio a partir del siglo XIII. Desde cerramientos de ventanas, picaportes, soportes de la Edad Media y una profusión de rejas y otros ornamentos en las iglesias, donde eran muy habituales para custodiar objetos de culto. La historiadora del arte Lluïsa Amenós, experta en el estudio de la forja y los metales, resalta en el libro la influencia de modelos franceses en la arquitectura barroca catalana y la segunda vida que supuso para los artesanos la industrialización y el estallido modernista. Algo parecido ocurrió con la cerámica desde finales del siglo XIX, cuando su uso se extendió y generalizó en edificios y conjuntos modernistas que han pervivido hasta nuestros días: desde el recinto de Sant Pau, de Lluís Domènech i Montaner, la recientemente restaurada Casa Vicens, de Antoni Gaudí, o la Casa Amatller, de Puig i Cadafalch.

Este es un libro que desvela curiosidades e historias de elementos que viven en la ciudad, como los relojes, escudos, campanas, vidrieras, papeles pintados y jardines. Unas artes decorativas que, en definitiva, han contribuido a la construcción de Barcelona.

Les arts aplicades a Barcelona
Dirección: Francesc Fontbona
Edita: Ayuntamiento de Barcelona y Àmbit Serveis Editorials
272 páginas
Barcelona, 2018