Escribir Barcelona es meterse en un jardín

Si echamos una mirada atrás, quizás nos daremos cuenta de que la novela sobre Barcelona ofrece dos maneras de ver la ciudad. La de los autores en castellano se basa en una ciudad más física, más tangible. En cambio, los autores en catalán enfocan una realidad más psicológica, a menudo amenazadora, como si la ciudad fuera un personaje invasor.

“No sé si de debò o en broma em va dir que a Barcelona passaven coses molt grosses.”
[No sé si de verdad o en broma me dijo que en Barcelona pasaban cosas muy gordas]
El carrer de les Camèlies
Mercè Rodoreda

Hace un par de años cayó en mis manos el manuscrito de una novela que retrataba una Barcelona maleable al gusto del autor (no tanto al de los personajes que la sufrían), llena de calles que se transformaban sobre la marcha en pasillos oscuros llenos de agujeros a ambos lados y extraños objetos cilíndricos y relucientes que representaban, en el código de aquella ficción, elementos de uso más o menos cotidiano.

No diré el nombre del autor porque el texto todavía se tiene que publicar —si es que se acaba publicando—, pero sí que diré que es extraño ver a un autor catalán (y en catalán) retorcer, exprimir y redibujar esta ciudad con tanta libertad de recursos inventados. Haberlos, los hay, eso sí: Marina Espasa, Sebastià Jovani y Víctor Nubla son tres autores que también lo hacen.

Esta manera de dibujar la ciudad no tiene nada que ver con los escenarios de cartón piedra a los que Falcones, Zafón y Cabré nos tienen acostumbrados. La que hacen estos últimos es literatura turística para los turistas de los libros; la prueba es que en la librería donde trabajo solo los guiris nos los piden. Hay donde escoger en la literatura en catalán, para quien la lee buscando maneras de explicar Barcelona. Pero hay una manera que creo que es específica de los autores en catalán.

Los personajes de las obras en castellano, como Fernando Atienza de Francisco Casavella y Pijoaparte de Juan Marsé, circulan o pendulan más bien por el plano de una Barcelona tanto física como metafísica: aquella donde conviven dos clases sociales muy definidas, por no decir cerradas una respecto a la otra. Ese también es el caso de Sandino, el taxista de Taxi, de Carlos Zanón, y de Tú de La cápsula del tiempo, de Miqui Otero, que no se conforma con hacer dar vueltas a su protagonista sino que, encima, quiere que el protagonista sea el mismo lector.

Por otro lado, los personajes de los autores en catalán también deambulan por la ciudad. Martí Sales, por ejemplo, explota este recurso en Principi d’incertesa, libro que, de hecho, es todo él un homenaje a Casavella, justamente. Pero es en La cremallera (poesía, esta vez) donde Sales se pone, creo, más específicamente catalán en cuanto a la manera de explicar la ciudad. El recorrido urbano que hace el “yo” omnipresente de Sales en este libro recuerda, y mucho, las excursiones nocturnas por los locales a lado y lado de la Rambla de Marc Esquert, el protagonista de Míster Evasió, que Blai Bonet escribió hacia mediados de los sesenta.

¿Qué tiene la Barcelona que viven estos dos personajes que no tenga la de Casavella, Marsé, Zanón u Otero? Pues que la ciudad es personaje invasor.

En Míster Evasió, Bonet explica muy bien esta ciudad agresiva cuando hace subir a Marc Esquert al bus que hace el recorrido Bonanova-Casc Antic. El autor describe cómo los jardines que hay ante cada casa en la zona alta van volviéndose pequeños hasta desaparecer a medida que el bus va bajando hacia el mar y cómo las calles van volviéndose más estrechas hasta acabar desapareciendo directamente en el Somorrostro, donde la arena, es decir, lo que es la ciudad en aquel punto, se cuela directamente dentro de las casas. La brillante metáfora del jardín como barrera o como tránsito necesario para afrontar la ciudad cuando se sale de casa es una idea que Rodoreda también usa en prácticamente cada capítulo de El carrer de les Camèlies.

Hay jardines también en las Barcelonas que pintan los escritores en castellano; un jardín es, de hecho, lo primero que tiene que atravesar Pijoaparte de Marsé para salvar la distancia física y simbólica que le separa de Teresa; pero son dos realidades sociales, materiales, las que separa aquel jardín. Lo que separan los jardines de las Barcelonas de los autores en catalán son realidades psicológicas: las de los personajes dentro y fuera de casa, las de lo privado ante lo público. Es una Barcelona con personalidad amenazante, peligrosa, con ganas de tragar, la que pintan los escritores en catalán. A ver si es, inconscientemente, porque el idioma que usan también sufre por miedo a ser engullido.

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