La cuestión del verde urbano actual: ¡no es lo que parece!

 Detalle de un nodo de biodiversidad de la plaza de las Glòries Catalanes.© Clara Montaner Augé

Los espacios urbanos son ecosistemas en los que habitan los humanos y, como tales, necesitan un tratamiento que tenga en cuenta que los recursos son finitos y que es necesario asegurar la sostenibilidad y proteger la biodiversidad. La ecología aplicada, en contraposición a la jardinería funcional —ahora inadecuada y obsoleta—, dota a las ciudades de una mayor absorción de CO2, de ahorro en el ciclo natural del agua, de mantenimiento menos costoso, de más conectividad ecológica, de mayor permeabilidad del suelo… En definitiva, se trata de aplicar el modelo de infraestructura verde, surgido de las conclusiones de la Cumbre de la Tierra de 1992.

 

Últimamente, se oyen opiniones muy críticas sobre la definición del espacio público y el verde urbano de Barcelona. Parecería que las acciones aplicadas son el resultado de una formidable propaganda política a partir de ideas de algunas o algunos iluminados poco sensatos, incluso poco cuerdos. Sin embargo, los cambios de modelo ocurren por otros motivos. Más todavía si aparecen en un mismo momento de la historia y en lugares diferentes y distantes como Barcelona, Moscú, Tirana o ciudades de Canadá y Países Bajos, e implican a la Organización de las Naciones Unidas, la Unión Europea y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Está claro que, para opinar, no hace falta tener mucho criterio ni ningún asesoramiento sólido; basta con tener ideología, fobias o manías o ser contrario a todo. Pero las cosas no surgen exactamente así, por lo menos en este caso.
 

Elementos de comprensión

Ha habido un antes y un después de la Cumbre de la Tierra del año 1992 en la forma de entender el papel de los humanos en el planeta. Ese año, el paradigma dio un giro radical, fundamentado con una solidez conceptual y científica casi inapelable.

Antes de la cumbre, la actividad de los humanos se basaba en la utilización de los recursos como si fueran inagotables, como si el planeta fuera infinito. A ningún empresario con sensatez se le ocurriría dirigir la empresa con estos criterios. El planeta, por primera vez, se nos empezaba a hacer pequeño.

En materia de protección de las especies en peligro, el interés estaba centrado en especies con algún atractivo a ojos de los humanos: con fortuna estética, popular o culturalmente atractivas o bien emblemáticas. Esto daba como resultado una protección sesgada de algunos pocos cientos de especies y descuidaba a otras muchas vulnerables.

Por último, en cuanto a la protección de espacios naturales, se escogía a los territorios sobre todo por su carácter monumental o su interés estético. Como estos lugares no representaban exactamente el abanico de situaciones ecológicas, el resultado fue una preservación incompleta de unos pocos espacios en cada país.

Esta síntesis contrasta fuertemente con la evolución que ha habido después de la Cumbre de la Tierra de 1992. Los problemas ambientales habían pasado de ser puntuales y locales a globales y territoriales, lo que supone un reto mayúsculo y sobrevenido. Además, un hecho relevante es que estos cambios se estaban dando muy rápidamente, en pocas décadas. Era imprescindible cambiar la forma de entender y de interaccionar de los humanos con la biosfera. Así, apareció la definición de sostenibilidad. El cambio se está produciendo de forma progresiva, pero todavía hay humanos que no lo han entendido y que tienen una actitud negacionista.

En cuanto a la protección de especies, la cumbre significó la preservación de “todas” las especies (la biodiversidad), es decir, los varios millones de especies del planeta y no solo unos cientos. Todas ellas son un activo patrimonial forjado a lo largo del proceso evolutivo de la vida y son un conjunto de programas biológicos de éxito y llenos de propiedades para la supervivencia.

Vista externa de un nodo de actividad de la plaza de las Glòries Catalanes. © Clara Montaner Augé Vista externa de un nodo de actividad de la plaza de las Glòries Catalanes. © Clara Montaner Augé

En cuanto a los espacios protegidos, también ha habido una importante evolución: han pasado a ser una representación más completa y significativa de los ecosistemas donde vive la biodiversidad bien conectada, y no una muestra de singularidades aisladas. Son espacios que contienen los hábitats proveedores de las condiciones y recursos que requiere la biodiversidad para vivir y desarrollarse.

Ya hace años que sabemos que los espacios urbanos son ecosistemas: los hábitats de los humanos. Son esenciales para nosotros, pero también lo son los no urbanos. Dependemos de la producción agrícola y ganadera, pero también sufrimos los problemas de residuos que causan. Conocemos los beneficios del turismo, pero también los desequilibrios que comporta. Sabemos lo importante que es el desarrollo industrial, pero también la contaminación que puede traer asociada. Somos conscientes de la importancia del agua, pero también de que es necesario ahorrarla, almacenarla y aprovecharla. Hoy estamos en disposición de comprender y diseñar los espacios urbanos de forma integrada a los factores territoriales, urbanísticos, ecológicos, sociales, de salud, económicos, de movilidad, de comunicación, de servicios, de ocio, de paisaje… Saber todo esto nos coloca ante la responsabilidad de diseñarlos y ejecutarlos, con estos parámetros, en adelante.
 

Una solución inteligente para el diseño de espacios urbanos

Había que abordar, pues, cómo realizar este cambio. Se trataba de un reto mayúsculo fruto de una maduración inevitable. Efectivamente, la comprensión del territorio y de los espacios urbanos ha precipitado el concepto de infraestructura verde. La Unión Europea, en 2013, la definió como “una red estratégicamente planificada de zonas naturales y seminaturales y otros elementos ambientales, diseñada y gestionada para proporcionar un amplio abanico de servicios ecosistémicos y proteger la biodiversidad tanto de los asentamientos rurales como de los urbanos”. En consecuencia, los hábitats humanos (ciudades y pueblos) diseñados y ejecutados bajo un concepto antiguo ahora se enfrentan a la revisión del modelo, para superar las grandes carencias que tienen y que tanto nos cuesta reconocer.

El tratamiento del territorio como principal infraestructura de la que disponemos, sin embargo, nos revela una nueva dimensión de nuestra responsabilidad. Efectivamente, todos los recursos que necesitamos provienen del territorio y, por tanto, de la naturaleza. Cualquier carencia la cubrimos utilizando recursos disponibles pero finitos, que nos dan seguridad, estabilidad y confort. Sin embargo, la naturaleza no es una despensa interminable, sino que está constituida por cierta cantidad de elementos: algunos son muy abundantes y otros, muy poco; algunos son muy especiales y otros, muy comunes; algunos se regeneran con el tiempo, y otros no pueden regenerarse más allá de las existencias, como si se tratara de unos ahorros; algunos han superado (por lo menos, de momento) las pruebas que supone la pervivencia, y están vivos como resultado de multitud de pruebas de ensayo y error.

Para conseguir el despliegue de la infraestructura verde hay que aplicar un nuevo instrumento llamado soluciones basadas en la naturaleza(NBS, por la sigla del término en inglés). La Comisión Europea, en 2020, las definía como “acciones que trabajan con la naturaleza y la mejoran para ayudar a las personas a adaptarse al cambio y los desastres”. Un enfoque nuevo derivado de las NBS es el de configurar los espacios verdes urbanos a partir de compararlos con los hábitats propios de la zona (habitats template). La motivación está clara: los hábitats autóctonos están bien adaptados y aclimatados a las condiciones ambientales, del sustrato del suelo y del clima local. Disponen de los recursos necesarios para que la biodiversidad implicada pueda completar con éxito su ciclo biológico. Igualmente, tienen la capacidad de establecer, entre las especies que interactúan en un lugar determinado, las propiedades emergentes que definen a los ecosistemas.

Todos estos aspectos refuerzan la estabilidad dinámica del hábitat a lo largo del tiempo y aseguran un buen nivel de complejidad ecológica. La idea subyacente es procurar la maduración progresiva del ecosistema, que se irá fortaleciendo con el tiempo a partir de las interacciones ecológicas que se vayan trenzando: competencia por el espacio y por los nutrientes, dinámicas poblacionales de las especies implicadas, colonizaciones y pérdidas…

Detalle del estrato herbáceo biodiverso del parque de la Guineueta, en el distrito de Nou Barris. © Clara Montaner Augé Detalle del estrato herbáceo biodiverso del parque de la Guineueta, en el distrito de Nou Barris. © Clara Montaner Augé

A partir de ahí, actualmente disponemos de una batería de NBS probadas para desarrollar la infraestructura verde. En primer lugar, a través de la restauración, recuperación o rehabilitación ecológica de ámbitos, mediante técnicas ya existentes pero ahora moduladas. La novedad reside en la visión renovada de los objetivos y las soluciones técnicas aplicadas. Son ejemplos de ello las recuperaciones de ecosistemas fluviales, costeros y forestales, la descontaminación del suelo o la estabilización de márgenes y pendientes.

En segundo lugar, la ejecución de acciones para la constitución del verde urbano (parques y jardines) tratándolos desde la ecología aplicada; es decir, desde la jardinería funcional y no la clásica, ahora inadecuada y obsoleta. Con ello, se consigue una cubierta más continua, con mayor absorción de CO2, más especies, más conectividad ecológica; un ciclo natural del agua con mayor ahorro, mayor permeabilidad del suelo, menos coste económico de mantenimiento… Se trata de acciones de este tipo, por ejemplo, la constitución de copas de árboles continuas; nodos de biodiversidad y de actividad, rodeados de una valla de verde; zonas multiespecíficas de herbáceas o de arbustivas, con o sin árboles dispersos; zonas vegetadas en pendiente; hileras amplias de árboles o de arbustos multiespecíficos; rincones con vegetación; refugios climáticos…

Por último, la creación de microhábitats para especies o para determinados grupos biológicos es clave para que la biodiversidad progrese bien de forma sinérgica o complementaria a la acción global prevista. Algunos ejemplos son las depresiones y embalses temporales, estacionales o permanentes; las fachadas, muros y marquesinas vegetales; los hoteles de insectos; los biotroncos; los elementos rocosos; las cajas nido (para pájaros, quirópteros…); las madrigueras y escondrijos; o las microrreservas de mariposas, entre otros.

Estos elementos favorecen la presencia de la biodiversidad, pero no como una colección, sino buscando la calidad ecológica. Esto comporta una mejor capacidad del verde para dar cabida a más especies y para resistir las perturbaciones que se puedan presentar. Implementar estos ecosistemas permite que el verde urbano gane en estabilidad (resistencia y resiliencia), que mejore la funcionalidad ecológica y que se incrementen los servicios ecosistémicos para la población (conservación del suelo y de su calidad, aumento de la fijación de CO,mejora de la calidad del aire y del ciclo del agua, bienestar psicológico, confort ambiental…). Todavía existe un aspecto práctico más para constituirlos: no se debe caer en exigencias ni rigideces nada recomendables por querer reproducir con exactitud el hábitat de referencia.
 

Planificar el territorio no solo desde el urbanismo

Sabemos que la actividad humana está teniendo un impacto significativo y creciente en los ecosistemas del mundo. Los cambios que se han producido han contribuido a obtener considerables beneficios netos en el desarrollo del bienestar humano y económico. Pero estos beneficios se han obtenido con crecientes costes en forma de degradación de muchos ecosistemas, un aumento no lineal de los riesgos y la exacerbación de la pobreza para algunos grupos de personas. El modelo de infraestructura verde nos propone una forma menos lesiva, un nuevo modelo a partir de la naturaleza donde los bienes y servicios (servicios ecosistémicos) que obtenemos nos proveen de los recursos y actividades que necesitamos los humanos, a la vez que nos aseguramos el bienestar, la salud y el desarrollo económico y social presente y, sobre todo, futuro.

Hasta hace pocos años, la planificación del territorio había sido una cuestión abordada desde el urbanismo y, por tanto, desde el antropocentrismo, y el foco se ponía principalmente en los espacios urbanos. La visión urbana es de suma importancia, pero ha sido parcial. Y, fruto de esta parcialidad sostenida en el tiempo, los espacios urbanos se han diseñado de forma sesgada, con una visión ecológica nula o claramente secundaria. Desde una perspectiva actual, este enfoque está obsoleto. Por tanto, argumentar que las ciudades han funcionado siempre así y que no es necesario hacerlas de un modo diferente es propio del desconocimiento y de la cerrazón mental, y más cuando a estas alturas ya hemos podido probar y comprobar las consecuencias negativas sobre la calidad de vida de las personas y del planeta. Fundamentalmente, por eso se están produciendo todos estos cambios.

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