La novela más ambiciosa de Rojals

Marta Rojals se ha propuesto hacer lo que podríamos calificar de una “gran novela catalana”. La novela está organizada como uno de esos mosaicos irregulares de cerámica en que las piezas se han juntado haciendo saltar por los aires el orden cronológico. Es una estructura que refuerza la idea de que hacerse mayor es romperse y de que vivir consiste en construir lo que deseas y reconstruir lo que perdiste.

El concepto de “la gran novela americana” es difícil de definir y, además, hace referencia a un propósito imposible de alcanzar: no puede haber una única gran obra de nada ni sobre nada en ninguna disciplina creativa. Con todo, cuando de un autor yanqui se dice que ha intentado escribir “la gran novela americana”, enseguida nos hacemos una idea de lo que implica en términos de ambición literaria, de afán panorámico, de magnitud (número de páginas y personajes, amplitud del arco temporal, etc.) y de ganas de tomar la temperatura social, política, cultural y moral del país, los EE.UU., en una época determinada.

Pese a que aquí no es frecuente hablar sin ironía en términos tan grandilocuentes, me atrevería a decir que, con su tercera novela, El cel no és per a tothom, Marta Rojals (La Palma d’Ebre, 1975) se ha propuesto hacer, a la manera americana y con la materia prima de la realidad propia de nuestra tierra, lo que podríamos calificar de una “gran novela catalana”.

Para ello, Rojals ha cogido a una familia —los padres, las dos hermanas y el hermano— y ha reconstruido el entramado de afectos, manías, lealtades, conflictos, recelos, mentiras, secretos, traiciones, envidias, odios, sacrificios y perdones; ha relatado su evolución y sus vaivenes —tanto los particulares de cada individuo como los colectivos— y lo ha situado todo sobre la escenografía cambiante de un país —Cataluña, España— a lo largo de cuarenta años, desde los sesenta hasta el 2007. El resultado es una novela de seiscientas páginas —el doble que las dos primeras obras de la autora—, ambiciosa en el sentido más valiente y laborioso de la palabra.

La novela está organizada como uno de esos mosaicos irregulares de cerámica en que las piezas se han juntado haciendo saltar por los aires el orden cronológico. Es una estructura que refuerza uno de los motivos implícitos pero recurrentes de la historia: la idea de que hacerse mayor es romperse y de que vivir consiste en construir lo que deseas y reconstruir lo que perdiste. Hay un eje en torno al que gira todo: la relación, tempestuosamente fratricida, entre Eva y Sara. Las dos hermanas, gemelas, se diferencian por su carácter y su tipo de vida. Mientras que Eva, con dos hijos y una relación complicada pero constante con dos amores de juventud —los gemelos Ferragut—, no ha desconectado nunca de su familia ni de su pueblo natal, Sara es una nómada y una desarraigada que primero trabajó de azafata y más adelante alcanzó el sueño de ser piloto, que tiene dos amantes permanentes y una vida inestable.

Aun así, las hermanas también son muy iguales. Les une, sobre todo, el hecho de que ser mujeres en una etapa histórica en que la feminidad —la conciencia de ser mujer, el papel social de la mujer— se transforma a toda velocidad. Evitando en todo momento convertirlas en víctimas indefensas o pasivas, Rojals hace que sus dos protagonistas tengan que sufrir o hacer frente a todo tipo de obstáculos y de violencias de naturaleza digamos masculina. Un mérito de la autora es, precisamente, haber construido a las dos hermanas a partir de la singularidad de su humanidad irreductible pero, a la vez, dotándolas de un cierto grado de representatividad.

Los lectores familiarizados con la literatura de Rojals reencontrarán aquí dos de sus rasgos marca de la casa: un lenguaje potente y una gracia especial para consignar la realidad de un período histórico determinado. Narrada en un estilo indirecto libre que sobre todo se focaliza en las dos hermanas y el hermano, Rojals ha realizado un trabajo lingüístico meticuloso, esmerado y lleno de intención. El uso de modismos, castellanismos y giros coloquiales en general le sirve para presentar y definir a los personajes. El catalán lleno de incorrecciones de Sara, por ejemplo, es una señal ofensiva, al menos a ojos de sus hermanos, de hasta qué punto ha desconectado de su familia y de su tierra.

Más que querer dejar constancia de una realidad, Rojals es una autora que detesta que los personajes evolucionen en un vacío histórico. Aquí hay referencias a todo tipo de episodios —el hombre en la Luna, la muerte de Franco, la epidemia de las drogas, el Mundial de 1982, los Juegos Olímpicos, el sida, los primeros avisos de la crisis...–, los cuales a veces son un attrezzo con cuerpo y a veces unos simples asideros temporales.

Bien escrita, con unos diálogos que tintinean como cascabeles con una autenticidad vivísima, concebida con coraje y montada con audacia, El cel no és per a tothom adolece, no obstante, de un exceso totalizador. El sugestivo y parsimonioso detallismo con que se nos explica todo —hay saltos temporales, pero pocas elipsis— puede asfixiar la fuerza expresiva de algunas escenas y, en ocasiones, puede empañar la potente limpieza con que nos tendrían que llegar las pulsiones y las emociones de los personajes.

Si la ambición es una cuestión de propósitos, de laboriosidad, de complejidad y de dimensiones, no hay duda de que El cel no és per a tothom es la novela más destacada de Marta Rojals. Para quien escribe esta reseña, sin embargo, su mejor novela sigue siendo Primavera, estiu, etcètera.

El cel no és per a tothom
Autora: Marta Rojals
Edita: Anagrama
595 páginas
Barcelona, 2018