Límites ecológicos y límites de la ciencia

Cavallet de mar fet amb materials reciclats. © Curro Palacios

El cambio climático es el gran reto político, social y cultural de nuestro tiempo, pero también un gran desafío para la ciencia y la tecnología. La Bienal Ciudad y Ciencia, celebrada en Barcelona este mes de junio, nos ha brindado la oportunidad de aprender y discutir con expertos de primer nivel, de aquí y de fuera, sobre las posibilidades y los límites de la ciencia para revertir una crisis ecológica que necesitará un consenso supraestatal y una cooperación científica global.

 

Los humanos nos encontramos ante un deseo y una exigencia. En primer lugar, el deseo de alargar nuestra esperanza de vida o, incluso, de mejorar la capacidad cognitiva y moral de nuestra especie; un anhelo que, según los postulados del transhumanismo, parece a nuestro alcance con la secuenciación del genoma y los avances de la bioingeniería genética. En segundo lugar, la exigencia de preservar el planeta donde vivimos, que se ha desequilibrado por culpa de la acción depredadora del hombre. Son dos aspiraciones que no son incompatibles, algunos incluso dirían que son complementarias, pero que presentan urgencias muy diferentes.

El cambio climático está causando desastres naturales que ya no podemos ver como incidentes puntuales sino como episodios de una catástrofe progresiva. La destrucción de ecosistemas ha llevado a la zoonosis y al contagio de nuevos virus entre animales y humanos, que han provocado una pandemia como la covid-19.

Por otra parte, como ha apuntado Slavoj Žižek, los avances científicos en el campo de la biogenética suponen el fin de la naturaleza, que ya no puede ser entendida como un simple receptáculo de nuestra actividad productiva, sino que se ha convertido en una categoría históricosocial: en el preciso momento en que conocemos las reglas de su construcción, los organismos naturales se transforman en objetos susceptibles de manipulación. Ahora bien, ¿vamos a ser capaces de poner límites a la degradación del planeta? Y ¿qué límites tiene la ciencia a la hora de articular la reconstrucción de nuestro futuro?

En este foro recogemos y contraponemos algunas de las intervenciones de los debates de la Bienal Ciudad y Ciencia.

Desafiar un tiempo de desasatres

Retrat d'Israel Rodríguez

Israel Rodríguez

Investigador en el Institut Interdisciplinari d'Internet (IN3).

“Tenemos una falta de herramientas conceptuales para abordar las catástrofes”, dice Israel Rodríguez, que se ha consagrado al estudio sociológico del desastre y propone el concepto de desastre lento.

Desastre es una palabra de origen occitano que significa que algún acontecimiento que no está alineado con los astros, un hecho inesperado y monstruoso, provoca una destrucción generalizada en un tiempo delimitado. “Aparte de desastres agudos y puntuales, como el huracán Katrina o la fuga de Fukushima, convivimos con desastres lentos que comportan una degradación progresiva: la contaminación persistente, la radiación, los residuos plásticos... daños poco aparentes pero cronificados que a menudo afectan a comunidades más empobrecidas e invisibilizadas.

El desastre lento ya no es únicamente lo inesperado, sino que puede ser rutinario. También convendría ralentizar desastres más acelerados, como pueden ser un incendio, una ola de calor o incluso una pandemia. En el caso de la covid-19, debería ir más allá del concepto de emergencia sanitaria, que reduce la pandemia a la dimensión más clínica, biológica y aguda del contagio, y pone el foco en curvas, olas y alertas, incluso derivando en narrativas bélicas. Se han obviado las desigualdades sociales en la dinámica del contagio (en el caso de los temporeros de Lleida o la precariedad residencial en ciertos barrios), las desigualdades de género, menospreciando el hecho de que las mujeres, más dedicadas a tareas de cuidado, han sido también las más expuestas... También vamos viendo que la covid-19 tiene efectos de larga duración en la salud mental, que nos obliga a repensar críticamente los efectos de la pandemia más allá de la inmediatez”.

Retrat de Paula Bruna

Paula Bruna

Doctora en Bellas Artes por la UB

Es importante cuestionar el lenguaje que usamos para hablar de catástrofes. Con demasiada frecuencia entendemos el desastre como una desgracia sobrevenida, como si no tuviésemos nada que ver. El concepto de desastre natural perpetúa esta separación ficticia entre nosotros y el desastre, y nos exime de responsabilidad. Otro concepto sospechoso es el de la emergencia climática, como si el calentamiento global fuese un hecho sobrevenido sin causas antropogénicas. El desastre no es el clima, sino el modelo económico de crecimiento ilimitado que nos ha llevado a sobrepasar todos los límites planetarios, poniendo en riesgo nuestra propia supervivencia. Otra expresión errónea es la “lucha contra el clima”, como si tuviésemos que luchar contra un elemento exterior, cuando más bien tenemos que replantearnos nuestro modelo productivista. Formamos parte de los desastres ecológicos que provocamos. La degradación de los hábitats y el descenso de la biodiversidad nos han llevado a entrar en contacto con patógenos como la SARS o la covid-19. Los ecosistemas enfermos y empobrecidos generan humanos enfermos y empobrecidos. Esta sociedad basada en un crecimiento ilimitado desemboca en un futuro catastrófico y limitante, en el que no somos capaces de entrever una alternativa. El pensamiento racional no será suficiente para llegar hasta ella. Hay que romper con las raíces del paradigma antropocéntrico, que solo nos permite sostener un modelo pero no cambiarlo. Para superar el modelo actual debemos traspasar los límites que constriñen nuestro pensamiento. La imaginación artística puede ser una vía para situarnos en puntos de vista no humanos con potencial transformador que nos permitan pensar en nuevos modelos de convivencia ecológica.

Retrat de Laura Benítez

Laura Benítez Valero

Doctora en Filosofía, investigadora y comisaria independiente

“A menudo el desastre se utiliza para paralizar el imaginario político, limitar la proyección de un futuro emancipador e imposibilitar un presente diferente”, dijo Laura Benítez, moderadora de este debate, en el que también participó Bob Trafford, del colectivo Forensic Architecture. “Cuando hablamos de parálisis del imaginario político quiere decir que aceptamos cómo opera la prepotencia axiomática del capitalismo, que hace que no se tengan que rendir cuentas de las desigualdades presentes ni que se pueda entrever en el desastre una potencia de cambio. Debemos prestar atención política a la crisis de la covid-19, que no es solo sanitaria, sino también una crisis de soberanía. La hiperestimulación del imaginario colectivo con imágenes de tragedia puede ser también paralizadora y alienante. Es difícil operar un cambio radical. En las universidades, por ejemplo, hay una visión crítica de lo que enseñamos, pero, durante la pandemia, la mayoría de las facultades usaron softwares privados de las grandes compañías tecnológicas y son estas plataformas las que están marcando qué se puede hacer y qué no desde el punto de vista pedagógico. Hay que dar valor a las humanidades y las artes para atravesar los muros y reimaginar las cosas, desde la potencia y a través de las redes de apoyo mutuo”, dice Benítez.

Retrat d'Agustí Nieto-Galan

Agustí Nieto-Galan

Catedràtic d'Història de la Ciència a la UAB

El incendio que arrasó Londres en 1660, el terremoto que borró Lisboa en 1755 o las erupciones volcánicas producidas en 1815 y 1883 en Indonesia son tres ejemplos de desastres que marcaron un antes y un después en la autopercepción de la humanidad. A partir del incendio de Londres, Rousseau cuestiona la vida urbana de las ciudades. El pesimismo inteligente del Cándido de Voltaire surge del terremoto de Lisboa. La erupción del Tambora en 1815 desencadena la creación del Frankenstein de Mary Shelley, una obra que nos habla de la capacidad humana para transformar la vida y que funda la imaginación científica y la ciencia ficción. La explosión volcánica del Krakatoa en 1883 causa un impacto mundial instantáneo y se convierte simbólicamente en un acontecimiento global y sincrónico. Estas catástrofes llevan asociadas reflexiones constructivas, creatividad científica y una capacidad de comunicación más intensa. Los desastres tienen un coste doloroso, pero también abren un resquicio de oportunidad. La peste negra medieval dio pie a una nueva cultura. La covid-19 ha creado una crisis de experiencia y de legitimidad. Ahora nadie tiene la certidumbre de lo que hay que hacer, los médicos discrepan, las vacunas se hacen la competencia, la población se da cuenta de que la ciencia no es objetiva y neutral, detectamos vulnerabilidades a muchos niveles. También se abre la clasificación del conocimiento, porque los saberes tradicionales no garantizan nada y tenemos una oportunidad única para replantear cuestiones fundamentales, como, por ejemplo, las materias de nuestros sistemas educativos, que vienen del siglo xix y aún se siguen perpetuando.

Retos y límites del progreso científico

Retrat de Pere Puigdomènech i Rosell

Pere Puigdomènech i Rosell

Doctor en Ciencias Biológicas por la UAB. Investigador del CSIC. Miembro del IEC.

Empezaré con dos afirmaciones fuertes y después matizaré: ¿hay progreso científico? Sí. ¿Debe tener límites la ciencia? No, no debería tenerlos. Si observamos el progreso de la ciencia en los últimos cien años, vemos que nuestra metodología nos ha permitido analizar objetos con una profundidad que nunca hubiésemos podido imaginar. Las ideas de la ciencia también se han hecho mucho más completas y las aplicaciones de este conocimiento también han crecido.

La ciencia no debería tener límites porque la curiosidad humana es infinita, y hay que preservar la libertad de investigación. Ahora bien, sí que hay límites. En primer lugar, metodológicos, porque hay experimentos que son materialmente imposibles de realizar, como remontarnos 3500 millones de años atrás para observar cómo se originó la vida en el planeta Tierra. También hay límites económicos, puesto que hay experimentos irrealizables por demasiado costosos, como multiplicar por diez las dimensiones del acelerador del CERN. Y, finalmente, hay limitaciones regulatorias y éticas, que velan por la bioseguridad en según qué experimentos con humanos. Solo consideramos válidas para la ciencia aquellas investigaciones que garantizan buenas prácticas. Hay, pues, límites obvios que marcan la actividad científica, pero debemos estar seguros de que tenemos la mejor ciencia posible a la hora de decidir sobre estos límites. La ciencia es, en definitiva, el conjunto de métodos que tenemos para entender nuestro mundo y una herramienta esencial para una sociedad democrática que quiere tomar decisiones correctas.

Retrat de Miquel Porta Serra

Miquel Porta Serra

Médico y epidemiólogo en el Instituto Hospital del Mar de Investigaciones Médicas (IMIM). Catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la UAB.

Es evidente que hay progreso, pero nunca es puramente científico, porque es el resultado de la suma de muchos conocimientos. Admito que pueda haber un conocimiento científico puro, aquel que no pretende tener una aplicación inmediata. Pero hay un conocimiento científico que debe estar encarnado en problemas sociales. La vacuna ha sido un ejemplo de ello. Hemos visto que no hay suficiente con crear una vacuna, hay que tener también a gente sobre el terreno capaz de convencernos de su legitimidad y persuadir a la población para que se la ponga.

Hay indicadores de progreso que no están libres de inconvenientes. Querría distinguir entre dos límites distintos con que se topa la ciencia. En primer lugar, los límites derivados de los conflictos de intereses de los investigadores y del poco coraje de algunos de ellos ante las poderosas instituciones que los financian. Ante esto nos hace falta un pensamiento crítico e instituciones científicas democráticas, bien dotadas e independientes del poder, que puedan decir la verdad a los poderosos sin dejarse manipular. La pandemia ha sido una oportunidad para ver cuán necesario es integrar factores sociales en el conocimiento científico. Es necesario un periodismo crítico que haga su trabajo, que nos ayude a combatir la tecnolatría, que es la adulación acrítica de la tecnología, que es religiosa y acientífica. Si hay una burbuja genómica en Wall Street, debemos ser capaces de denunciarlo.

Retrat de Annelien Bredenoord ​

Annelien Bredenoord

Profesora de Bioética en la Universidad Medical Center de Utrecht.

En el debate sobre la ética de la edición del genoma hay que distinguir entre la edición del genoma somático, que son las células de personas adultas como nosotros, y la edición de la línea germinal, que son óvulos y embriones humanos, que es la que centra el debate ético, ya que, cuando se edita la línea germinal de un embrión, este niño tendrá un genoma modificado, pero también su descendencia y las siguientes generaciones, con consecuencias importantes.

En principio no hay argumentos invalidantes contra el uso sistemático de la modificación de la línea germinal. Ahora bien, es importante que, si utilizamos la edición de la línea germinal para conseguir niños sanos, establezcamos una serie de requisitos.

En primer lugar, debe ser segura. Es una condición técnica. En segundo lugar, hay que establecer la equidad en el uso y la oferta de la técnica; es decir, que o bien tiene acceso a ella todo el mundo o nadie, porque este requisito permite prevenir que se produzca una competición feroz y grietas crecientes entre las personas a causa de su constitución genética.

La modificación de la línea germinal será el siguiente paso para los desarrollos biomédicos. No tiene sentido pensar solo en si estás en contra o a favor; ¿hay que pensar qué valores queremos promover si aplicamos esta tecnología y para qué enfermedades es éticamente aceptable ofrecerla? Deben ser enfermedades genéticas muy graves con un riesgo elevado de perjuicio.

Dejemos de debatir si estamos a favor o en contra de la edición del genoma de la línea germinal, y empecemos a pensar en políticas prudentes y también en disponer de directrices internacionales para la traducción clínica de tecnologías reproductivas humanas.

Retrat d'Insoo Hyun

Insoo Hyun

Profesor de Bioética en la Facultad de Medicina de la Universidad Case Western Reserve. Profesor de Salud Global y Medicina Social en la Facultad de Medicina de Harvard.

En el campo de la bioética reflexionamos no solo sobre lo que podemos hacer sino sobre qué debemos hacer. Discrepo con Annelien Bredenoord cuando dice que no tiene sentido cuestionar la edición de la línea germinal. Antes de modificar un embrión nos tenemos que preguntar qué alternativas tenemos. Supongamos que quieres procrear pero corres el riesgo de engendrar a un hijo con problemas genéticos. Ahora mismo, tienes tres alternativas: puedes adoptar, tener un donante de esperma y hacer una fertilización in vitro, o hacer un embrión con esperma y óvulos propios, y analizarlo antes de implantarlo para descartar problemas genéticos. Son opciones realistas, que nos dan garantías para tener un hijo sano. En cambio, la edición germinal conlleva una serie de riesgos que por ahora podríamos evitar con estas tres opciones. Para hacer una buena investigación en la edición germinal, deberás disponer de una amplia muestra de óvulos. Después tienes que crear un embrión que estará destinado únicamente a la investigación y que eventualmente deberás destruir, pero hay países que prohíben la destrucción de óvulos fecundados. En Canadá, no puedes fecundar óvulos solo para estudiarlos. En Estados Unidos no está permitida esta investigación con financiación federal. Tampoco puedes usar los embriones sobrantes de las clínicas de fertilidad porque algunos de estos embriones tienen demasiadas células y, si intentas editarlas genéticamente, hay células que no incorporan el cambio y acabas teniendo un mosaico genético. Será mucho más seguro crear en el futuro esperma y óvulos humanos a partir de células madre, un experimento que ya se ha hecho en ratones. No estoy en contra de la alteración genética si es para curar enfermedades.

Retrat de Núria Montserrat

Núria Montserrat

Profesora de Investigación en ICREA Instituto de Bioingeniería de Catalunya (IBEC).

La biología sintética se sirve de las síntesis de biomoléculas o del uso de la ingeniería para construir sistemas biológicos con funciones nuevas que no se encuentran en la naturaleza. Las células madre pluripotentes tienen el potencial de proliferar, de organizarse y dividirse, y dar lugar a cualquier célula de nuestro cuerpo. La biología sintética nos permite programar este tipo de células y crear circuitos genéticos para formar microórganos humanos, organoides. No se trata solo de aplicar principios de ingeniería, sino de pensar en principios biológicos. Partimos de un sistema vivo para entender cómo se comunican las células y, a partir de aquí, ir modulando las respuestas para construir sistemas vivos nuevos.

En el laboratorio del Instituto de Bioingeniería de Cataluña hemos generado microórganos de riñón para entender cómo se organiza el tejido de un órgano o por qué un órgano deja de funcionar. Investigamos cómo se desarrolla un órgano para entender el sistema modelo a partir del cual se genera un riñón y, así, poder convertir las células en células de riñón. Ningún organoide de este tipo se ha implantado aún en un paciente, y seguimos estando lejos de generar sistemas vivos con cognición o con memoria, pero es interesante que ya hablemos de ellos.

REtrat de Julian Savulescu

Julian Savulescu

Profesor de Ética Aplicada en la Universidad de Oxford.

El transhumanismo es un movimiento que quiere mejorar el ser humano. No solo para tratar enfermedades, sino también para ampliar la esperanza de vida o hacer mejores nuestras capacidades físicas y cognitivas. Los primeros transhumanos ya se han dado con el nacimiento de Nana y Lulu en China, dos niñas que fueron modificadas genéticamente desde su embrión para que fueran inmunes al virus del sida.

Mi divisa es “ser humano es ser mejor”. No se trata solo de estar más sano o de vivir más años, sino de mejorar nuestras capacidades morales. Las psicopatologías tienen un alto componente genético. Con las técnicas adecuadas podríamos reducir los índices de psicópatas. Al principio, la ingeniería genética puede aumentar las desigualdades entre las personas, como hacen todas las nuevas tecnologías, pero cuando sea más barata y accesible podrá estar al alcance de todo el mundo, como ha pasado con el smartphone, o la educación y la salud, que todos queremos que sean servicios universales. Hay que ser prudentes. Las capacidades que queremos mejorar dependen de muchos genes. Se podría dar el caso de que hiciésemos un humano más inteligente, pero también más autista.

La ingeniería genética tiene sus riesgos, pero los retos que tiene por delante la humanidad son aún mayores. Necesitamos la biología para modificarnos, porque nosotros mismos somos el problema. Somos el elefante en la sala.

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