“Rememorar es un acto de pérdida, de guardar luto”

Marta Marín-Dòmine

Retrat de Marta Marín-Dòmine © Albert Armengol

¿Somos de donde nacemos, de donde vivimos o de donde eran nuestros antepasados? Estas preguntas son la materia con la que Marta Marín-Dòmine ha escrito Fugir era el més bell que teníem, a medio camino entre el ensayo y la autoficción confesional. La autora mira de explicarse su trayectoria vital en contraposición a la de sus abuelos y, sobre todo, a la de su padre. 

Con un respeto finísimo por los hechos históricos testimoniados y por los vacíos incesantes de la memoria, Marín-Dòmine se pregunta cómo las trayectorias de sus antepasados, marcadas por la guerra, el dolor y la incertidumbre, dirigen todavía su vida. Y se pregunta hasta qué punto irte del lugar donde has nacido es viaje, exilio o huida. Si no es un acto reflejo de repetición histórica, inacabable y compartido, terriblemente humano.

Sentada en el bar del CCCB, vestida de negro, Marta Marín-Dòmine me recibe con una sonrisa elegante, de angora y sabiduría. Es la sonrisa de Marta Marín-Dòmine, que me hace un gesto con la mano. Ahora está en Barcelona, porque está pasando un año sabático. Pero desde hace casi veinte años vive en Toronto, donde es profesora de estudios de la memoria en la Universidad de Ontario y donde dirige el Centre for Memory and Testimony Studies. También ha vivido en París, y ha viajado siempre por aquí y por allá.

Naciste en Barcelona, pero has pasado temporadas en París y ahora vives en Toronto. ¿De dónde eres, realmente?

Suelo responder siempre con el lugar de origen: Barcelona. Y antes de decir que soy de Cataluña, digo que soy de Barcelona. Decir “soy de Barcelona” te sitúa en el mundo. De hecho, en Barcelona hay un diseño propio, que es conocido en el mundo y quizás no somos conscientes de ello. Existe una forma de montar, de poner luces, una puesta en escena muy propia y que me hace sentir muy identificada.

Barcelonesa, pues...

Lo que pasa es que soy un poco de Canadá, también. Y parece un cliché, pero creo que con los años te vas impregnando del sitio donde estás. Hay cosas de aquí que me empiezan a sorprender. A veces somos un poco rígidos, aunque parezca que el ambiente anglosajón tendría que serlo más... con Barcelona tengo una relación afectiva fortísima y me permito hacerle duras críticas, está claro. También es verdad que con el tiempo me he ido sintiendo menos de casa. Estar fuera me hace perder un cierto ritmo del desarrollo de las cosas. Yo soy un poco dura conmigo misma. Por ejemplo: creo que no tendríamos que votar los que no vivimos aquí. En Canadá, cuando estás cinco años fuera, no puedes votar. ¿Hasta qué punto puedo yo decidir, hoy, en Barcelona? ¿Qué derecho te da haber nacido en un sitio? ¿No es un derecho exagerado?

En Fugir era el més bell que teníem hablas de cómo veías a los extranjeros cuando eras pequeña, en la playa, de vacaciones. ¿Cómo se ve Barcelona desde el extranjero?

Hablo solamente de dos ciudades grandes, París y Barcelona. Dentro de las ciudades occidentales, Barcelona tiene muy buena imagen: cosmopolita, moderna, acogedora. En París no me pasó, pero en Toronto me dicen: “¿Qué haces aquí?”. Los canadienses me dicen que, en comparación con Barcelona, he ido a peor. Y en ciertas cosas es cierto. Pero a veces pienso que Barcelona es una ciudad muy dura, también, y no sé si me acomodaría fácilmente. A los barceloneses nos falta un punto de relajamiento, de ser más cercanos a los demás. A veces, en el metro, sonrío a la gente. Quizás me devuelven la sonrisa, pero es forzado. En Toronto hay más contacto humano. Cuando mi padre me dijo un día que le habían robado en Barcelona, me hizo mucho daño. Mi padre, mi familia, vivieron en el Clot, y lo que ellos explicaban, la vida de los ateneos, la vida cultural, ya no está. Y resulta sorprendente, incluso impactante, que haya desaparecido. La sensación ideológica de que les robaran en Barcelona me impacta.

¿Cómo ves la situación política catalana actual? ¿En Toronto se habla de eso?

Se habla, pero muy en la distancia. Como hay gente que venimos de todas partes, no deja de ser un lugar más del mundo donde pasan cosas. Sin embargo, la gente de la universidad me hace preguntas, y a veces no se entiende. Piensa que estoy en un sitio donde la independencia se ha vivido de una manera muy diferente...

El libro es una amalgama de voces. Está la voz de la hija, que habla al padre desaparecido. Una voz que a la vez va suponiendo aquello que debían de pensar los abuelos y otros familiares a lo largo de los vaivenes personales e históricos. También encontramos fragmentos del diario paterno y, en medio, reflexiones propias sobre la herencia de la memoria... Propones la observación de una cosa desde muchos ángulos.

Sí, a menudo pensamos que hablando podemos llegar al pasado, pero al pasado solo se llega con intuiciones; incluso la persona que lo ha vivido no llega del todo nunca más. Y eso se hace patente en este libro. Soy profesora de estudios de la memoria y mi intención ha sido hacer un tipo de recolección de las diferentes maneras que tenemos de almacenar la memoria. Una manera que no es lineal. La estructura está muy pensada.

¿Y qué quiere decir "almacenar la memoria"?

Rememorar. Y rememorar también es un acto de pérdida, de guardar luto. En cierto modo, este libro también es una investigación de paz interior, de no huir de nada del pasado.

Entonces ha sido un proceso largo...

He estado bastantes años escribiéndolo, pero intensamente tres años y medio. Me han concedido ayudas para poder hacerlo y he estado en el Centro de Arte y Natura de Farrera o en la Faber Residency de Olot. En 2016 murió mi padre; antes de que muriera, le di el manuscrito, y después encontré una nota dentro: “He leído hasta la página 30.” En parte pienso que es mejor que no lo haya leído todo, porque es una cosa mía, a pesar de su protagonismo. Tuve que parar la escritura durante un año por su muerte, pero también a causa de un motivo psicoanalítico. Necesitaba apartarme de la historia. Me pertenece una herencia, pero no una experiencia.

En una ocasión te oí decir: “Constantemente decimos las mismas cosas sobre la memoria, ya es hora de que nos desnudemos un poco”. ¿Has querido hacer eso en tu libro?

Me parece que vamos a los acontecimientos del pasado más próximo con unos parámetros fijos: los vencidos, los vencedores... Nos acercamos sin matices, y no es lo mismo ser anarquista que republicano de izquierdas: son cosas diferentes. Me parece que continuamos en las mismas limitaciones. Personas como Javier Cercas, por ejemplo, se han atrevido a hablar del pasado franquista de su familia, pero eso no pasa a menudo. Hijos e hijas, nietos y nietas, no hemos hablado mucho en tercera persona.

A menudo, la memoria de guerra compartida se usa como material político, perfectamente magreable. ¿Crees que distorsiona el pasado?

No creo que sea lícito, tenemos que poner en cuestión esta costumbre de explicar el pasado según el presente. El presente es consecuencia del pasado. Tenemos que hacer siempre un esfuerzo para ir más atrás. Incluso en las percepciones. La gente no olía igual antes que ahora, por ejemplo. Son esfuerzos que se añaden a la concepción de los hechos. La historia tampoco es lineal. Por lo tanto, no creo que sea bueno. Pediría una reflexión más profunda en lo que se refiere a la relación con el pasado. Por ejemplo, este libro también va del exilio anarquista del 29, ¡y no se habla nunca, de este exilio! ¿Dónde ha ido a parar? Me hace pensar que es muy difícil recuperar la historia del anarquismo. Es demasiado revolucionaria, cuestiona muchas cosas, es una utopía que veo que no está en circulación.

En algún momento hablas de "la memoria de la piel". ¿De dónde proviene este término?

Es un término que debo a Charlotte Delbo, detenida y superviviente de Auschwitz, que habla de esta memoria sensible, de las cosas pequeñas, que desaparece cuando el testigo muere. Jorge Semprún lo dijo: “¿Qué pasará cuando desaparezca la última persona que recuerde el olor a carne quemada?”.

Un conocido extranjero me dijo: “Se nota que en Cataluña habéis sufrido una guerra, porque untáis el pan con tomate para aprovecharlo”. ¿Crees que tenemos tics, costumbres, colectivas o individuales, que provienen de la herencia de la guerra?

Por supuesto! La obsesión por la comida, por que no nos resfriásemos, que tenían nuestros abuelos con nosotros viene, seguro, de su propio sufrimiento como niños de la guerra. Y esto lo hemos heredado y proyectado en las nuevas generaciones. Esto significa que algo circula, de la dictadura, seguro. O, ¿por qué nos preparamos tan pronto en el metro cuando vamos a llegar a nuestra estación? En la mayoría de ciudades la gente se levanta de su asiento cuando el tren ya se ha detenido. Hay una exageración que no es normal, en esta precipitación. Puede que me equivoque. En Europa casi todas las generaciones desde hace siglos están y han estado afectadas por guerras, por lo que la pregunta sobrepasa también el ámbito catalán. Europa es un continente de guerras; hay muy pocas generaciones que no hayan experimentado una.

En tu escritura no haces condenas rotundas, ni sentencias sobre cómo se tendría que tratar la memoria colectiva. Observas y pones de manifiesto el abismo entre lo que se nos muestra en un museo, teñido de una cierta nostalgia, con lo que realmente es vivir una guerra.

Simplemente hago observaciones, es cierto. Es lo único que puedo hacer. Pero sí que me gustaría ver una vertiente más amplia del tratamiento de las guerras, o de la memoria, que no fuera tan mítica, que fuera más real. De hecho, tendemos a pensar que en una guerra la gente está todo el rato llorando; pero la gente también ríe, en una guerra. Y quizás ríe de una manera más desesperada que cuando asumimos que la muerte nos queda lejos. Me gustaría que fuéramos capaces de mostrar y de ver el poliedro de la experiencia humana en una situación como esa.

¿Constatas alguna diferencia relevante entre los museos de historia catalanes y los de los otros países? ¿Nos falta o nos sobra algo?

Creo que todos los museos van un poco por el mismo camino. Los artistas, en cambio, sí que indagan más. Van más al fondo de la cuestión y por los márgenes. Nos hablan sin rodeos de cómo vemos las guerras, los genocidios... Y en este sentido tengo que decir que el Museo Memorial del Exilio de la Jonquera es bastante interesante, porque no se decanta tanto por mostrar el objeto, sino su efecto. Es mi preferido.

¿Harías alguna recomendación museística barcelonesa?

En Barcelona no tenemos ningún museo de la guerra. Tampoco de la historia inmediata. Están los búnkeres, eso sí. Hay una exposición, ahora, que se llama “Víctimes 1936-1945”, del Memorial Democrático; pero no me gusta que la gente que ha vivido una guerra sea tratada de víctima y no de protagonista. Yo habría preferido “Testigos”.

Has vivido en Barcelona, en París, en Toronto, siempre buscando una casa. ¿Crees que buena parte de tu trayectoria personal es por fidelidad a tu familia, siempre nómada?

Sí, sí, tienes razón, seguro. Y también se debe a una fidelidad histórica con la humanidad. Por poco que te adentres en la historia, en la literatura, topas con el Holocausto, con el caso armenio o el de los Balcanes... Y ahora estoy adentrándome en la memoria canadiense de los aborígenes. Creo que no dejaré nunca el tema. También estamos trabajando con un colega la historia de la colonización africana desde el punto de vista de Cataluña, nuestra responsabilidad en la colonización. Estamos buscando artistas de origen africano. También estoy empezando otro libro sobre la historia de mi familia por parte materna. Me he adentrado tanto en la parte paterna que Maria Bohigas, la editora, no ha sabido hasta ahora que la familia de mi madre ¡es francesa!

Retrat de Marta Marín-Dòmine © Albert Armengol © Albert Armengol

¿La decisión de echar a volar, de huir, de vivir en el extranjero que tomaste en una playa cuando eras pequeña, como dices en el libro, es una voluntad estrictamente personal o se puede vincular a una posible marca generacional?

Yo creo que este terreno tampoco está muy explorado. Pero la generación anterior, y Montserrat Roig lo explica muy bien, coincide con la época de los hippies, cuando el mundo se empieza a hacer pequeño. Seguro que hay, por lo tanto, en mi trayectoria, una huella generacional. He querido hacer un pequeño artículo que se llama “Flors al Pol Nord” porque escribir en catalán en el extranjero es como querer que nazcan flores en Polo Norte... (ríe). En este artículo me pregunto qué hemos ido a hacer allí, los de mi generación. Yo me fui porqué me desvié. Yo adoraba a mi padre. Pero adorar demasiado al padre es peligroso. Así pues, pongo el mar por medio, ¡el océano! Sé francés y me voy al Canadá anglófono, tenía que hacer filología francesa y me dedico a hacer filología inglesa... Hay, pues, un esfuerzo por separarme. Y es solo cuando me separo, yendo a la otra punta del mundo, cuando puedo leer las memorias escritas por mi padre, que más tarde introduciré en el libro fragmentariamente.

“A mí me habría gustado protegerte del dolor del pasado”, dices a tu padre. Tu libro, ¿es un homenaje, una investigación de justicia?

Es un homenaje a mi padre, sí. Pero en este libro he intentado hacer, también, un gran homenaje a los cuerpos que nunca llegan a caer. Y he pretendido que mi escritura los recoja. Tenía mucho en mente la fotografía del guerrillero de Capa, que quedó suspendido en la caída por siempre jamás, que para nosotros nunca llegó a caer... Al principio el libro se titulaba No todos los cuerpos caen a la misma velocidad, y me refería precisamente a esto.

Hay un tema del que no hablas: la mala conciencia. ¿La has tenido, por alejarte de tus familiares?

Sí, seguro, he tenido mala conciencia. Estoy contenta del placer de viajar que he vivido y de la sensación inmensa de no pertenecer a nada ni a nadie. He encontrado amigos, y esto para mí ha sido una fuente de libertad... Pero he tenido mala conciencia y a medida que mis padres se iban haciendo mayores y enfermando, más.

Leyendo tu libro, alguna vez he tenido una ligera sensación de pudor, de meterme en la vida de otra persona. El atenuante era que se hablaba de una guerra y de un exilio compartidos. Escribes: “Dice que las guerras, todas, son siempre nuestra guerra”. ¿Cómo definirías tu libro, como un ensayo, como autoficción?

He intentado hacer una mezcla. Por un lado he hecho una experiencia de desnudamiento. Y, por otro, he tenido que aprender a ser púdica. Y ser afectiva a la vez, a través de una frase corta y sincera, que tiene la intención de llegar sin grandes florituras. Curiosamente hay mucha gente que no aprecia mucho la autoficción... Yo soy una gran amante de la autoficción francesa. Me gusta este género porque creo que combina el arte de mostrarse y el hecho social. El autor habla de una cosa muy personal, sí, pero es muy consciente de que es a causa de un hecho social o político: los desplazamientos, las marginaciones, los acontecimientos históricos. Pero el autor no parte, para escribir, de este hecho social, sino de su experiencia. Y eso es el que hace que autores pequeños como yo podamos escribir y conseguir que haya cosas compartidas.

En la solapa del libro casi no se dice nada de ti. Ni de qué otros libros has publicado, ni la edad... ¿Está hecho adrede?

Sí, sí, adrede. En el Canadá no se dice nada personal de los autores. Cuanta menos información, mejor. Esto es interesante. Lo hacen para proteger la discriminación, los prejuicios por ser demasiado joven o demasiado mayor, por ejemplo. Es triste, pero hay prejuicios.

¿Por qué no estamos cansados de tantos libros sobre la Guerra Civil?

Yo creo que, en el fondo, sabemos muy poco. Ha habido pocos testigos directos, en parte porque había mucha gente analfabeta que no podía dejar un testimonio fidedigno, en parte porque muchos emprendieron el camino del exilio... En definitiva, sabemos poco y nuestros familiares no han hablado, fueran del bando que fueran, porque una guerra civil es muy bestia. Lo que pesa es la vergüenza. En los Balcanes tengo muchos amigos y el conflicto todavía dura ahora. Me dan lástima. La gente de los Balcanes son los que me dicen más a menudo que Cataluña deje de pensar en la independencia, que el precio que pagaremos será altísimo. Ellos hacen esta reflexión tan simple: todos vivían muy bien y de repente el vecino se volvió enemigo.

¿Me dirías un objeto, una palabra y un recuerdo que sean, para ti, “casa”?

No soy coleccionista, pero como objeto te diría el reloj que compró mi abuelo cuando llegó a Besiers. Como recuerdo, las noches de verano de mi niñez y la voz de Charles Aznavour. Pero tengo dificultades con la noción de “casa”. Me cuesta. Si no, quizás no habría escrito este libro.

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