Una cierta oscuridad

Manos de personas que fotografían La Gioconda con el teléfono móvil

Hasta el 5 de enero puede visitarse en el CaixaForum la exposición Una certa foscor, una muestra de obras de arte y documentos que construye una reflexión plural sobre nuestra manera de ver o no ver imágenes, sobre su valor de culto y su valor de exhibición, y que toma como punto de partida el robo de La Gioconda del Museo del Louvre en 1911. 

Hambre de imágenes, voracidad de imágenes, gastronomía ocular sin respiro. Se trata de engullir –o más bien de enocular– todo lo que se nos presenta y, en la medida de lo posible, digerirlo velozmente. El culto radical al presente nos ha abocado a una realidad ingrávida, sin grosor ni reverso. Hemos contagiado de estrés todo el alcance del campo visual. Esperamos de la experiencia inmediatez y de la visualidad un acceso directo a aquello que alcanza. Olvidamos que la imagen es aparición fugaz y la mirada se convierte en un mero mecanismo de identificación. La ley del mercado impera: para ganar valor hay que ganar visibilidad. Queremos ver antes de comprar y pagamos para ser vistos. ¡Dadme un punto de vista y venderé el mundo!

En la entrada de la exposición Una certa foscor, en el primer piso a la derecha del CaixaForum, una fotografía del lienzo de pared del Museo del Louvre en el que lucía La Gioconda a principios del siglo XX. Más exactamente, la fotografía tomada a finales del mes de agosto de 1911, poco después de que Vincenzo Peruggia la hubiera hecho desaparecer. Ligeramente a la derecha, la Elegia que Joan Brossa dedicó a Leonardo da Vinci, corría el año 1998.

La impresión de la fotografía es en blanco y negro, ampliada a una escala que muestra los objetos casi a tamaño real. En el centro de la imagen, en hilera, entre dos medios cuadros cortados por el marco de la fotografía, cuatro anclajes desafectados. Es neblinosa y eso alimenta el efecto de fantasmagoría. De los anclajes brota una mancha de pigmento oscuro, quizás una sombra, no sabríamos ver la diferencia. El perímetro del cuadro ausente, ligeramente más pequeño que los cuadros inmediatos, aún se adivina. El lienzo de pared desnudo, desprovisto de la obra, brilla con una luz aurificada. Es inquietante presenciar el fugaz capricho de la imagen, y aún lo es más cuando se nos da bajo la forma aparentemente tan estática de una fotografía. La Gioconda no se muestra de pleno derecho, sin embargo, algo sobrevive en la imagen. ¡Tan ausente y luminosa!

Sobre un pie a noventa centímetros y media altura, la Elegia de Joan Brossa a Leonardo da Vinci, el autor de la obra protagonista de la fotografía precedente. Un estuche de compás negro, abierto y vacío sobre un basamento prismático de mármol blanco, pulido, con la vena clara. El efecto de contraste cromático entre los dos elementos es cegador. En el interior del estuche, los relieves acolchados en los que se habría alojado el instrumental de un geómetra. Pese a la pulcritud quirúrgica de la composición, la tragedia es tangible. Impresiona tanta densidad en tan poca cosa. Todo el imaginario cartesiano, lujoso y aristocrático, se nos presenta con la volatilidad de una nostalgia. Brossa lo celebra como una preciosa pieza de museo.

Pese a la disparidad de formatos y autorías, el resto de las obras comparte con las dos descritas un mismo carácter esquivo, una cierta oscuridad... El sentimiento es que las obras expuestas son visibles solo en la medida en que intentan ocultarse. Como si su cometido fuese hacernos ver más que mostrarnos. Esta suposición adquiere un tono paradójico y casi cómico ante una fotografía de Martin Parr de 2012, al final del recorrido. En primer plano se identifican claramente las pantallas de tres dispositivos móviles. Las elevan las manos de tres de los muchos turistas anónimos que intentan fotografiar La Gioconda en su emplazamiento actual. El cuadro protagonista aparece desenfocado al fondo de la imagen. Si se fijan, verán que el personaje de la derecha tiene las manos realmente ocupadas. A la vez que dispara con el teléfono, hace equilibrios para evitar que el plano del museo se le escape. Pese a todo, la imagen respira un aire de resistencia. Pese a todo.

Vale la pena agradecer a la comisaria Alexandra Laudo y a su equipo una labor tan bien hecha. El gusto, la atención y el cuidado se perciben aquí y allí, de la selección de las obras a la redacción de los textos. Es una exposición cuidadosamente elaborada, si bien la afinidad entre las obras podría no resultar evidente a primera vista. Encontramos el Éloge de l’amour (2001) de Jean-Luc Godard seguido de El lloc i la data (1991) de Perejaume, el proyecto de Christo para cubrir el monumento a Cristóbal Colon en Barcelona (1984) delante de Sobre el sobre (1988) de Joan Brossa, o la entrada Les yeux del Archivo F.X. (2001) de Pedro G. Romero en la antecámara de Visual Strike (2012-2015) de Ira Lombardia —entre otros. La vecindad de las obras es sorprendente, y el diálogo entre ellas, constante. ¡Imagínense qué batiburrillo cuando el ojo se ausenta y la sala queda vacía de visitantes! Es una de esas exposiciones que no son frecuentes. Además, podemos recorrerla pausadamente sin salir exhaustos de ella, tiene la medida justa. 

Una cierta oscuridad
CaixaForum Barcelona
Hasta el 5 de enero de 2019

Del número

Portada de la revista Metròpolis Barcelona número 109.

N109 - Oct 18 Índice