“Buga” en Horta

Ilustración: Òscar Julve.

En la antigua villa el bullicio urbano convive con una insólita calma. El verde predomina sobre el asfalto.

Cuando empecé a frecuentar Horta tenía siete años y no había pronunciado nunca juntas las sílabas bu y ga. Mis padres me apuntaron a los Salesianos de Horta porque tenía acetona y me convenía respirar aire sano. La acetona era terrible. Te hacían mear apuntando a un cartoncito, y si se teñía de color lila, te prohibían comer chocolate. Desde la plaza del Virrei Amat llegar a Horta no era muy complicado, pero hasta los doce años no me dejaron subir por mi cuenta. Entonces ya conocía alguna palabra que uniera las sílabas bu y ga, y no era buganvilia. Algunos de mis compañeros de clase a un coche chulo, de los que corrían, lo llamaban “un buga”. Eran los mismos que cuando querían volver a casa decían “me voy a mi queo”. También tenían un sistema monetario paralelo: un billete verde de mil pelas era “un talego” o “una lechuga”, y uno de cien, de aquellos presididos por un Falla esmirriado y calvo, “una gamba”. En octavo de EGB empecé a recoger en un bloc todas aquellas palabras nuevas y en segundo de BUP ya formaban parte de mi vocabulario habitual. Hablábamos siempre en castellano hasta que, de repente, reconocíamos por alguna expresión extraña que alguien del grupo hablaba en catalán en casa. Éramos pocos; quizá siete u ocho de cuarenta.

Una de aquellas palabras epifánicas que me hizo descubrir un compañero catalanoparlante fue “bugaderes” (lavanderas). “¿Bugaqué?”, pregunté. Y me lo explicó. Había nacido en Horta y sabía muchas cosas del barrio que hasta entonces me habían pasado desapercibidas. En su boca, la palabra “bugaderia (lavandería) adquiría un aire prohibido. Una tarde me llevó a ver un callejón secreto, el de los lavaderos de las “bugaderes”. Hace dos siglos la ropa sucia de los barceloneses más ricos se lavaba en el valle de Horta. Llegaron a operar ochenta lavanderías. Aún hoy pasear por la recóndita calle de Aiguafreda nos permite imaginar el bullicio y la cháchara de las lavanderas. Es un lugar mágico y provoca la misma reacción en todo el mundo. Un hechizo. Llevé allí a Josep Pedrals, que vagaba por los alrededores sin localizarlo, o a los Txarango, que buscaban dónde hacerse fotos de grupo. El conjuro no falla nunca. Todos los que van allí acaba pronunciando las mismas palabras del hechizo buga: pues-no-parece-que-estés-en-Barcelona. Y no exageran. No lo parece en absoluto, pero sorprende que todo el mundo se sienta obligado a verbalizarlo.

Horta no es tierra de paso. Está situada en uno de los extremos de la ciudad y por eso hay que ir allí expresamente, sin otro pretexto. El nombre no engaña. Pese a su progresiva disolución en la urbe barcelonesa, de la que forma parte desde hace un siglo largo, Horta aún desprende aromas rurales. Además de la calle de Aiguafreda, tiene más rincones que provocan el hechizo buga del pues-no-parece-que-estés-en-Barcelona. Se dice o se oye decir paseando por la Clota, por el parque del Laberint o por los jardines de la recuperada masía de Can Fargas. En Horta aún hoy existen sembrados que nadie tilda de huertos ecológicos y más de un corral de aves. Horta es villa y es barrio. Quizá por eso el bullicio urbano convive con zonas de insólita calma y el urbanismo de trazo grueso topa con la irregularidad de calles y caminos. El verde predomina sobre el asfalto y casi hay más árboles en los jardines que en las calles.

La Horta que descubrí de niño ha cambiado mucho. Ha perdido rincones y ha propiciado discusiones, como cualquier otro lugar. Pero no ha empeorado mucho. De hecho, ya no nos amenazan las bombonas de gas –“los cojones de Porcioles”–, la rambla del Carmel tiene una magnífica continuación en el parque de las Rieres d’Horta y la plaza de Eivissa, al fin, es un lugar acogedor. Además, muchos de mis amigos que llamaban buga a los coches hablan ahora en catalán con sus hijos, sigue habiendo buganvilias por todas partes y por la fiesta mayor algunas hortenses se disfrazan de lavanderas a pesar de que apenas quedan tintorerías. La prensa del corazón catalana debería tener sede en Horta. ¿Quién puede temer la salsa rosa entre los descendientes de un ejército de lavanderas?

Màrius Serra

Escritor

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