Marta Tatjer: 'Con la Mercè, reinventé la ciudad'

Testimonios de la fiesta.

Marta Tatjer es una de las personas que más contribuyó a sacar Barcelona de la oscuridad del franquismo. Como ella misma dice, reinventó la ciudad. Y para hacerlo se sirvió de la fiesta mayor. Convirtió la Mercè en un elemento catalizador de la creatividad de Barcelona y de todo el país. Conectó su experiencia del Arboç –de dragones, gigantes y ‘castells’– con la de los mejores creadores del momento. La lista de nombres sería inmensa: Guinovart, Mariscal, Llimós… Realizó la síntesis entre modernidad y tradición de una manera transversal, como se dice ahora, pero que entonces era revolucionaria. Reforzó la ciudad como capital, vinculándola con la cultura popular de todo el país. Abrió vías que cuarenta años después todavía son la mejor parte de la Mercè y del concepto festivo que tiene Barcelona de sí misma. Satisfecha de aquello que hizo, mira con ojos críticos que la fiesta se aleje de las vanguardias artísticas. La inquieta que se imite la tradición y que la cultura popular pierda el valor de la contemporaneidad.

Este año hace cuarenta años de la primera Mercè organizada por un ayuntamiento democrático…
—Sí, pero se debe reconocer que la primera fiesta mayor nace en 1978. En 1979 se hace por primera vez una fiesta con carácter y diseño. Se debía dar un bandazo a todo lo que se hacía. En realidad, lo cambiamos. Barcelona es la capital, no es un pueblo. Tenemos otra forma de ser, somos mucho más, somos mezcla. Empezamos a hacer el cambio con la imagen y hacemos intervenir a los mejores artistas: Guinovart, Llimós, Mariscal… una lista inmensa. Brossa hizo el cartel del ‘correfoc’, que era un poema visual. Decía ‘ocorrefocorref’, todo seguido, y con todo el borde quemado. El cartel del primer carnaval que se celebró, en 1978, también era brossiano. Yo incorporo la cultura con mayúsculas a la fiesta popular.

¿Este es uno de los cambios más importantes que hace?
—Queríamos diseñar una fiesta nueva en Barcelona, que no tenía esta tradición. Nuestra estética era totalmente diferente y cambiamos el concepto por completo. Esto es lo que realmente fue importante, de todo lo que hicimos. Todo era nuevo. Para no cometer ningún disparate, incorporamos al equipo antropólogos como Jordi Pablo y Xavier Fàbregas. Por ejemplo, dentro de las fiestas de la Mercè hacíamos espectáculos de Carlos Santos. Era una forma de decir: nosotros tenemos todo esto que es nuestra cultura, que son los ‘castellers’, los dragones… pero también tenemos otro aspecto de la cultura que es la música contemporánea. Estrenar un espectáculo de Carlos Santos en la calle y gratuito era para que la gente viera que había otro modo de hacer cultura.

Hizo un equipo extraordinario.
—Sí, tengo buena vista y cogí gente muy buena. Y la prueba es que muchos han trabajado en el Ayuntamiento de Barcelona hasta que se han jubilado. Gente como Claudi Feliu y Víctor Blanes, de música más roquera y más pop saben más que yo. Bienve Moya fue mi mano derecha y trabajamos muchos años juntos. También incorporé a Xavier Jansana para el ‘correfoc’ y Xavier Fàbregas, que era experto en teatro y comparsas. Durante muchos años trabajé con Juan José Guillén, profesor del Instituto del Teatro.

Con Guillén, entre muchas otras cosas, hicieron la Comparsa Picasso.
—Yo no quería hacer unos gigantes como los que se hacen ahora, que me da vergüenza. Repiten aquello que se hacía hace trescientos años. Barcelona no es esto, Barcelona es la capital y se tiene que buscar otra estética que sirva para la misma función. ¿Y qué hizo Guillén? Hizo la Comparsa Picasso. Y eran los gigantes del Ayuntamiento de Barcelona. Por favor, salgamos de esta estética de cartón piedra de hace trescientos años. Claro está, yo fui mucho más contemporánea. Me gusta el minimalismo, me gusta Carlos Santos y me gusta toda esta gente que está en otras ondas. No entiendo que hagan una ‘cucafera’ ahora, en el siglo XXI, como se hacía hace trescientos años, lo encuentro demencial. Que en el siglo XXI… ¿Sabéis quién me hizo el Drac de Barcelona? Joan Baixes. ¿Sabéis cómo era? De hojalata. Y los ojos eran las luces de un coche. E iba sobre un eje, en una bicicleta, y lo iban empujando y escupía fuego por todas partes. Quiero decir que el Drac de Barcelona tiene que ser esto. Tiene que estar hecho de hierro, focos… porque hablamos de una ciudad industrial. ¿Qué tenemos que hacer ahora, aquí? ¿Una cabra o un asno?

Otra aportación suya fue cambiar la presencia de los ‘castells’ en la fiesta mayor. Como en más aspectos, engrandeció cosas que ya se hacían, transformándolas radicalmente.
—Soy ‘castellera’ de toda la vida y me emociono con los ‘castells’. Soy de Barcelona pero me he criado en el Arboç del Penedès, entre dragones, ‘diables’ y ‘castellers’. En Barcelona, solo había una colla y traían otra de fuera, pero sin ningún tipo de criterio. Es por esto por lo que cuando llego al ayuntamiento digo: no puede ser que solo hagamos el ‘quatre de set’, el ‘tres de set’… ¡y punto! Lo primero que hice fue ponerme en contacto con la ‘colla’ de Vilafranca y con la de Valls para que vinieran. En un primer momento, no querían venir. Decían que en la segunda ronda ya no quedaba nadie en la plaza. Y yo les explico que si vienen ellos, la plaza se llenará, que los ‘castellers’ tienen mucha importancia y forman parte de nuestra cultura y que aunque sean del Penedès y del Alt Camp son parte de la cultura del país. Y no paro de insistir para que vengan a Barcelona. Les decía que tenían que estar. Y lo conseguimos. Pero también lo pasé muy mal, sobre todo cuando los ‘castells’ me dieron la espalda… También con las cartas del alcalde.

¿Qué pasó?
—Es una anécdota, pero sirve para entender la época y las dificultades del momento. Ahora todo es diferente. Bien, resultó que en el momento de cerrar la fiesta castellera, las tres ‘colles’ de la plaza hacen el pilar de cuatro y se cogen a los ‘enxanetes’. Pues resulta que Narcís Serra, que era el alcalde, se había ido a comer con los directores y presidentes de las casas regionales. Y allí estaban los pilares montados y nadie cogía al enxaneta para subirlo al balcón. Todo el mundo se puso a gritar: ‘Cogedlos!’. Yo, que estaba en la plaza haciendo ‘pinya’, no me lo podía creer. La reacción de los ‘castellers’ fue girarse de espalda al ayuntamiento. Total, que el año siguiente los ‘castellers’ no querían venir a Barcelona. A mí me se cayó el mundo encima. ¿Qué podía hacer?

¿Y qué hizo?
—El año siguiente fui a Valls con una carta firmada por el alcalde pidiendo disculpas personalmente, donde decía que aquello no volvería a ocurrir. Y las ‘colles’ volvieron a Barcelona, incluso las de Valls.

Ahora se hacen dos festividades, una con las ‘colles’ locales y otra con las invitadas.
—¡Esto es una buena idea! Y ahora tenemos ‘colles’ de Barcelona que hace el ‘quatre de nou’. Imaginaos cómo ha cambiado esto. El primer ‘quatre de vuit’ lo hizo la colla de Barcelona en una Mercè. Todos acabaron llorando y abrazados. Claro está, fue emocionante, ver que las ‘colles’ se habían vuelto tan buenas y que podían hacerlo en su ciudad.

¿Por qué cree que la gente conectó tan rápido con una fiesta que era nueva?
—La fiesta arraigó porque la gente se pensaba que las fiestas de la Mercè no habían nacido en 1978, sino que procedían de hacía cincuenta años. Como se repetía la misma estructura de las otras fiestas mayores, todo el mundo la reconocía; pero, en cambio, habíamos cambiado el concepto de arriba abajo.

El ‘correfoc’ tuvo un éxito rotundo.
—El primer ‘correfoc’ fue una maravilla de arte. Salía del ayuntamiento, cruzaba la plaza, después iba por detrás de la Diputación, la baixada de Santa Eulàlia, Banys Nous, Sant Josep Oriol… Gòtic, Gòtic, Gòtic. Calles estrechas hasta La Rambla, volvía a subir hasta la calle de Ferran hasta la plaza de Sant Miquel, donde todos se quedaban parados. Claro está, yo lo veía porque daba la salida, pero después me iba hacia adelante por si había accidentes, incidentes o pasaba algo con el fuego. Oír allí los timbales de todas las ‘colles de diables’ y verlos por aquellas calles oscuras era maravilloso, pero tuvo tanto éxito que solo pudimos hacer dos ediciones.

Y se empezó a hacer en la Via Laietana.
—Sí, tuvimos que cambiar la salida y el recorrido y nos fuimos hacia la Via Laietana. Salíamos del ayuntamiento, porque este momento de fuego y de luz es precioso en la plaza de Sant Jaume. Además, es la capital. Vinieron la mayoría de figuras de fuego que había en aquella época porque en Barcelona solo teníamos gigantes. En aquel momento no había ni un dragón, ni una ‘colla’. Pero Barcelona siempre ha sido el espejo. Entonces empecé a traer ‘colles’ de todas partes. ‘Venga, va, ¿el primer ‘correfoc’ quién lo abre? ¡Los Diables de l’Arboç, que son buenísimos, y hacen una fiesta!’ ‘¿Quién cierra? Los de Montblanc, con un vestuario precioso.’ Y fuimos poniendo todas las ‘colles’ que venían de varios puntos del país. El año siguiente ya teníamos a los Comediants, que también participaban con un dragón, y después algún distrito que ya montó alguna ‘colla’.

¿En aquel momento nacen los Diables del Clot?
—Todas las ‘colles’ nacieron en mi época. Con los portadores de gigantes, íbamos incorporando ‘colles’. Decíamos a Francesc Fabregat, que entonces no trabajaba en el ayuntamiento pero era portador de gigantes y sabía del tema: ‘Francesc, no puede ser que salgan todos de la plaza de Sant Jaume, porque los niños no ven nada. Tenemos que pensar dos salidas. Unos que salgan del parque de la Ciutadella y otros de Urquinaona. Y así mientras van por la calle, los más pequeños los ven, si no cuando en la plaza de Sant Jaume hacen el gran baile los ven los padres, y los críos solo les ven el culo.’ ‘Venga, va, ¿qué haremos este año? ¿De Barcelona, cuántos gigantes nuevos tenemos?’ ‘Pues de Barcelona, tres.’ ‘De acuerdo. ¿Y de Cataluña, cuántos?’ Y así iba creciendo. Todo era de una gran vitalidad.

¿Tener demasiado éxito significó alguna vez algún problema?
—A veces el exceso de público nos perjudicaba para las propuestas que nosotros queríamos hacer. Porque tú haces una propuesta que tiene visibilidad para veinticinco mil personas, pero si vienen setenta y cinco mil habrá cincuenta mil que dirán: ‘Qué fracaso, qué desastre, no se veía nada.’ Mi diseño partía de la idea de que las fiestas de la Mercè son las fiestas de la capital. No son las fiestas de Gràcia, ni de Sarrià, ni del Poble-sec, ni de Sants. Son las de la Casa Gran. Y la Casa Gran está situada en el barrio Gòtic. Por lo tanto, que sea esta área. Se tiene que aumentar el presupuesto de la gente de Gràcia, de Sants, para que tengan más dinero para hacer sus fiestas. Pero que la Casa Gran no invada este espacio. Yo esto lo tenía clarísimo.

¿Tener a Maria Aurèlia Capmany de concejala le ayudó?
—Con Maria Aurèlia tuve carta blanca y pude tirar millas. Siempre había un concejal más carca que decía: ‘Oh, el cartel de la Mercè que propone Marta es escandaloso.’ En cambio, Maria Aurèlia me lo delegaba al cien por cien. La verdad es que tuve suerte y me dejaron hacer bastante.

¿Habría hecho algo diferente?
—De aquello que hice, me siento sumamente orgullosa. Creo que nosotros dimos un cariz moderno, contemporáneo y rompedor. Reinventamos la ciudad. A los que hacían títeres les dije: aquí queremos nuevos lenguajes. Incorporé el circo para los niños. Empecé a trabajar con Tortell Poltrona y muchos grupos de circo, que eran los que me hacían los espacios para los niños, que eran mucho más imaginativos y creativos que estos espectáculos más pequeñitos que ya se hacen en el Poble Espanyol, que es un lugar fantástico donde tú vas a ver esto. Siempre iba un paso por delante. No es suficiente de ir a hacer esto y escuchar aquello. Tengo la sensación de que todo este espíritu en las fiestas de ahora no está.

En aquella época existían muchas menos entidades en la ciudad.
—Me siento muy orgullosa de que después de estos diez años hubiera este cambio en la ciudad. De ‘colles de diables’, ahora hay un montón. Todo esto no existía, lo íbamos incorporando. Estaba el peso fuerte de las ‘colles’ antiguas, que conectábamos con la tradición, y los jóvenes se podían inspirar en ellas.

¿Hay algo que le dé miedo de que se pierda, de la Mercè que creó?
—Todo el tema de la imagen, que ahora es un engendro. Yo no sé quién se encarga, pero vale más ni saberlo. Teniendo tan buenos artistas y tan buenos diseñadores gráficos como tenemos. Peret mismo, que ha trabajado para mí haciendo los primeros carteles del Grec, con aquellas máscaras tan bonitas. No sé quién se lo pide, pero todo tiene un lenguaje infantiloide que a mí no me interesa en absoluto. A mí a veces incluso me hace pasar vergüenza, cuando veo los carteles de Santa Eulàlia hechos por caricaturistas… Que hay una Pilarín Bayés que dibuja? Pues, muy bien. Sí, señor. Que el Altisent dibuja muy bien? Fantástico. Ahora, esto está muy bien para los libros que hacen, pero para la imagen de la ciudad se tiene que ser más riguroso. Barcelona tiene que ser una ciudad puntera. ¿Cuáles son ahora los jóvenes valores, los que surgen, los que publican? Ha cambiado mucho el mundo del arte. Estemos un poco más al día. Es que miramos hacia atrás siempre. Hacemos unos gigantes y miramos los de hace trescientos años. Hacemos un Águila y ¿a cuál se quiere parecer? ¿La de Vilafranca? Pues ya no me interesa. Por qué no hacemos una bestia, una paloma que me represente más, en una versión de alguien que tenga los cojones para salir airoso y hacer una cosa bonita e interesante. ¿Me entiendes? Escupirá fuego, echará humo, llevará la música y hará lo mismo. Pero que sea algo con lo que te identifiques desde el presente. Yo no me identifico con una cosa nueva si ya tiene trescientos años. Me identifico con los viejos, porque dices: mira, esta gente qué hacían y que bien que lo han conservado y te hace sentir otra emoción. Hay algunos que los han pintado y son preciosos. Hay otros que los han limpiado y los han maquillado y dices: habéis estropeado los gigantes de… no digo nombres.

¿Qué acto recuerda como el más complicado?
—Lloré como una Magdalena cuando recuperamos el Moll de la Fusta, que no existía. Era un muelle de carga y descarga. Pensé que como teníamos que irnos de todas partes –en la plaza de Catalunya ya no cabíamos, nos habían echado del Escorxador…– pues debíamos ir a un sitio cerca del Ayuntamiento, que fuera grande. Pensemos que el puerto cedió el Moll de la Fusta al ayuntamiento para que lo urbanizara. Y estoy muy orgullosa de ello. La única que se atrevió a hacerlo fui yo, y tenía miedo. Ahora, por suerte, lo podemos utilizar 365 días el año.

¿Y este miedo, por qué dice que lo tenía?
—Era porque soy un poco fantasiosa y quiero hacer cosas grandes con poco dinero. Pues teníamos unas barcazas grandes, que eran las que llevaban el agua a los barcos. Yo las dispuse en forma de T y así el escenario estaba en medio del agua, a 30 metros de la gente. ¿Pero cómo puedes poner una estructura dentro del agua si tienes un presupuesto que es una miseria? Pues cuando ya lo teníamos todo hecho, de sopetón el puerto nos dice: ‘No. Esto es demasiado peligroso.’ Y ya teníamos todo el programa, preparado desde hacía meses… Y llorar y llorar… Y yo pidiendo a la Cruz Roja: ‘Por favor, ponedme aquí las zódiacs durante el concierto, vigilando que no se caiga nadie al agua.’ Porque es que en el primer concierto no sé si éramos setenta mil personas. Venía la Mondragón y te traía a cien mil personas. Y Serrat, cantando, desde el escenario va y dice: ‘¿Me veis?’ Y la gente. ‘¡Nooo!’, porque estaba a treinta metros dentro del agua. Total, que después ya pusimos el escenario en otro sitio.

En la Mercè de ahora, ¿qué echa de menos?
—Echo de menos riesgo, valor para hacer cosas nuevas, para reinventarse…