El cartel

La Mercè de Maria Corte

 

Cuando era una niña, desde la ventana de la primera casa en la que vivió, divisaba una de las torres de una gran casona con un jardín de ensueño. Nunca llegó a saber quién vivía allí, pero a menudo aquella visión hacía volar su imaginación. Luego se trasladó a vivir a Gràcia, un barrio que todavía hoy considera su casa, pero, desde aquella visión de la niñez, esa imaginación la ha acompañado toda la vida y ha resultado ser una herramienta de lo más útil en su carrera. A sus padres —ambos argentinos que huían de la dictadura militar— les gustaba la pintura, también tenía una hermana que estudiaba Historia del Arte, una tía artista y un abuelo que dibujaba la mar de bien. No es de extrañar que ella también se sintiera cómoda con un lápiz entre las manos ni que decidiera matricularse para estudiar Ilustración en la Escuela Massana. Recuerda la experiencia con afecto y, a diferencia de lo que le sucede a tanta gente, a veces sueña, con placer, que todavía está estudiando.

Hace ya cerca de diez años que recibió su primer encargo importante: un cartel para las Fiestas de Santa Eulàlia, que firmó en 2009 y que era solo el preludio de lo que había de venir. Porque Maria Corte empezó a encontrarse encargos aquí y allá, ganó algún premio y se dio cuenta de lo dura que era la carrera de una ilustradora, obligada a trabajar muchas horas para poder mantenerse a flote. Sin embargo, un día se lanzó a la piscina pensando que no iba a haber agua: un agente de Nueva York convocaba un concurso entre ilustradores. Y no, puede que no ganara ese concurso, pero las imágenes que producía aquella chica de Barcelona, que a veces hacían pensar en el constructivismo ruso, a veces en Fernand Léger, a veces en el Picasso más cubista y, según cómo, en Botero, atrajeron poderosamente la atención de aquel agente. Y enseguida empezaron a llegarle unos encargos internacionales que, hoy, alterna con publicaciones de aquí. Sí, tenéis que haber visto sus ilustraciones en el Cultura/s de La Vanguardia, en el Barcelona Metròpolis o en la revista Descobrir, pero todavía tendréis más posibilidades de verlas si hojeáis The New York Times, un ejemplar de The Washington Post o de The Wall Street Journal o bien periódicos europeos como The Times, La Repubblica o Le Monde.

Y es que, como suele pasar, Maria Corte es más conocida fuera que aquí. Como mínimo hasta ahora, porque, posiblemente, muchos la recuerden, a partir de esta fiesta mayor, como la creadora de una Mercè que quizás sea mestiza, quizás migrante o quizás ambas cosas a la vez. Al repasar los carteles anteriores de la Mercè, Maria descubrió que había muchas imágenes de la ciudad y pocas de la mujer... y que las que había (excepto la de América Sánchez del año 2005) retrataban una Mercè, quizás mediterránea, pero inmaculadamente caucásica. Repasando la iconografía de la santa, se encontró también con que era una imagen popular en América del Sur y el Caribe y que, a menudo, esas Mercedes eran tan negras como la propia Moreneta. De ahí que Maria pensara en representar una Mercè que, sin ser santa, fuera barcelonesa. Y de ahí también que, como tantas barcelonesas, fuera mestiza o negra, una mujer quizás nacida aquí o quizás una persona migrante, como los padres de Maria. Si su padre y su madre no hubieran sido bien recibidos, quizás se habrían ido de Barcelona, no se habrían conocido y esta ilustradora no habría nacido. Y nosotros, hoy, no tendríamos esta Mercè mestiza que lleva una ciudad entera enredada entre su pelo. De su alegre peinado surgen castellers, músicos, esculturas mironianas e incluso alguna bestia de fuego, rematado todo ello por un mar por el que navega un barco. Pero fijaos bien, porque es uno de esos barcos que rescatan personas desplazadas del mar. Si pudiera hablar, esta Mercè diría, muy alto y muy claro: “Sed todos muy bienvenidos y bienvenidas a Barcelona”.