La vida femenina en los siglos XVI y XVII a través de los muebles del monasterio de Pedralbes

18 diciembre, 2017 | Barceloneses, Insólito

Hoy día el asiento es un elemento de descanso y se le pide un determinado grado de confort, pero esto no ha sido siempre así. De hecho, este concepto de sentarse para descansar el cuerpo no se empezó a extender hasta el siglo XVIII. Antes, en los siglos XVI y XVII, la acción de sentarse era una forma de expresar el estatus. Quién estaba sentado, dónde estaba sentado y cómo estaba sentado definían el nivel de las personas que había en una estancia. No todo el mundo tenía derecho a sentarse, y las mujeres que podían hacerlo se sentaban, habitualmente, en sillas bajas o cojines, de forma que para mirar a los hombres que tenían en frente tenían que levantar la vista. Era una manera de marcar la posición de cada uno, y la mujer debía demostrar humildad y respeto hacia el hombre.

El mobiliario en general permite hacerse una idea del estatus de las personas que lo han utilizado y de cómo vivían. El monasterio de Pedralbes, con casi setecientos años de historia, conserva una importante colección de muebles femeninos de los siglos XVI y XVII, que permiten descubrir cómo era la vida de sus propietarias. Muchos de estos muebles llegaron al monasterio como parte de la dote de las religiosas en el momento de ingresar en la comunidad, pero también hay algunos realizados expresamente o dados como obsequio de sus familias para hacerles la vida más cómoda. La exposición “Las mujeres también se sientan”, que se puede visitar hasta mediados de febrero del 2018, muestra cómo eran los espacios femeninos y algunos aspectos de la vida de las mujeres de aquella época.

Sillas, bancos, camas, mundos, obras de arte del monasterio y de colecciones privadas, permiten saber cómo era la vida femenina dentro y fuera de los muros de la clausura y cómo se relacionaba la comunidad religiosa con las autoridades barcelonesas. En la época a la que nos transporta la exposición había una sociedad muy jerarquizada, con rígidas barreras de género y unas pautas de conducta muy establecidas. Todo el mundo tenía su lugar, y los asientos eran objetos que indicaban cuál era este lugar. Las monjas del monasterio de Pedralbes provenían, en su mayoría, de familias acomodadas y recibían con cierta frecuencia la visita de reyes, consejeros y prohombres. Sor Eulària Anzizu recogió, en sus Fulles històriques, el relato de una de estas visitas, del 1514. Se describe el encuentro de la abadesa, Maria d’Aragó, con los consejeros. Ella estaba sentada en el centro, en una silla de reposo con brazos, es decir, un asiento individual con respaldo y brazos, y los prohombres estaban situados a ambos lados, sentados en unos bancos. Con esta disposición quedaba muy claro que en el interior del monasterio la autoridad la ostentaba la abadesa.

Aunque su papel estaba muy circunscrito al ámbito doméstico, las mujeres tenían responsabilidades familiares y sociales, normalmente relacionadas con la salud, la alimentación, la higiene y la educación, unas responsabilidades que solían adquirir al casarse. Los matrimonios solían unir a personas del mismo nivel social para garantizar el orden social. La pareja se escogía en función de las posibilidades económicas, y las mujeres pasaban de la casa del padre a la del marido, donde ejercían de amas de casa. Cuando se casaba, la mujer aportaba al matrimonio la dote, que estaba formada por dinero, bienes patrimoniales —que a partir de entonces administraba el marido— y muebles, entre los que tenía un papel muy importante el mundo, con el ajuar. En el libro de sala de la exposición se explica sobre esta baúl, sencillo o lujoso: “Identifica el estatus de la familia de la novia o de la monja. Ella es la propietaria, lo utiliza y custodia su llave.” Los que hay en Pedralbes “son más altos que en otros monasterios, pero inferiores a dotes de bodas entre seglares del mismo nivel social”.

En el libro El moble català al monestir de Pedralbes, editado en el año 1976 por el Ayuntamiento de Barcelona, M. Assumpta Escudero afirma: “En el monasterio encontramos muebles catalanes de todas las épocas, desde el gótico hasta el modernismo. No son muebles lujosos, salvando pocas excepciones, ni tampoco obra de artistas. El espíritu franciscano aflora en ellos, pero maravilla la perfección de oficio que demuestra el artesano.” Y añade: “Algunos de los muebles, por su funcionalidad, como los armarios, vemos claramente que fueron construidos a propósito para el uso de las religiosas. Otros creemos que entrarían como dote de la monja que profesaba (especialmente los mundos). La gran variedad de tipos nos hace pensar también que seguramente las familias daban a las religiosas elementos con los que amueblar las celdas de día.” La misma autora nos cuenta: “Las ‘celdas de día’ son pequeños apartamentos que encontramos alrededor del claustro, en los tres pisos, y en otros rincones del monasterio; las hacían construir las religiosas para aislarse en ciertos momentos de la comunidad.”

En la exposición “Las mujeres también se sientan” se muestran objetos de uso personal, tanto de las religiosas como de seglares de familias acomodadas, como joyas o relicarios. También hay prendas como guantes de punto de seda o zapatos de mujer; unos chapines de suela gruesa que, además de proteger los vestidos de la suciedad, hacían aparentar más altura, y un bolsillo de terciopelo de seda, una especie de bolsa que hombres y mujeres se ponían bajo la ropa para esconder el dinero.

Además de varios tipos de sillas, la exposición muestra cómo era una cama con pies de gallo, donde dormían las monjas, y también se reproduce el dormitorio de una casa acomodada. En la sala capitular se reproduce una situación como la relatada en la visita de los representantes del Consejo de Ciento de la ciudad al monasterio, con una silla, como la que debió utilizar la abadesa, entre los dos bancos, colocados a ambos lados en forma de cuña, similares a los que utilizaron los consejeros barceloneses.

En la muestra se expone también la llamada Silla de la Reina, que es la que se utiliza como imagen de la exposición. Se trata de una silla baja de finales del siglo XVI procedente de la bahía de Bengala, en la India portuguesa, testigo de los primeros muebles orientales llegados a Europa. No se sabe cómo terminó en el monasterio, pero su presencia no es extraña, teniendo en cuenta la sucesión de visitas reales y las relaciones familiares de algunas monjas con el entorno de la monarquía.

Paseando por el claustro y por distintas estancias del monasterio, la visita a la exposición permite contemplar algunas piezas inéditas, como un óleo de Francisco de Zurbarán; una serie de siete amazonas, que es uno de los pocos conjuntos pictóricos no religiosos catalanes del siglo XVI, recientemente restaurado, y una selección de joyas y de objetos de orfebrería renacentistas y barrocos. Del monasterio se muestran al público obras que hasta ahora se habían conservado en clausura y no habían sido expuestas con anterioridad.

Pies de foto: Silla de la Reina, de finales del siglo XVI. Procedente de la bahía de Bengala, es uno de los primeros muebles orientales llegados a Europa. No se sabe cómo llegó al monasterio. | Composición en la sala capitular de cómo estaban situados los asientos de la abadesa y de los consejeros barceloneses en una visita de estos consejeros al monasterio, en el año 1514. | Recreación de una cama de patas de gallo y una caja de madera de abedul en los pies, tal como se encontraban en el dormitorio de las monjas en el siglo XIX. | Tres chapines del siglo XVI. | Silla de estrado de nogal, cuero gofrado y hierro en las tachuelas, y velador de nogal, hueso y boj, del siglo XVI. Es la única mesa de altura regulable del siglo XVI que se conserva en España. | Bolsillo de terciopelo de seda, cordón de oro y seda y cabritilla, del siglo XVI, y guantes de mujer de punto de seda, plata, cobre y oro de principios del siglo XVII. | Reproducción del dormitorio de una persona acomodada. | Dos de las amazonas de la serie de siete, que es uno de los pocos conjuntos pictóricos no religiosos catalanes del siglo XVI que se conservan. | Arquilla decorada con marquetería de boj, simbiosis entre la tradición local y la islámica. Servía para guardar joyas, documentos, monedas y objetos de valor.