Rastros de las modas orientales en Barcelona

18 junio, 2014 | Barceloneses, Insólito

La Casa Vicens, en la calle de las Carolines, en Gràcia; la Casa de las Altures, sede del Distrito de Horta-Guinardó; la Casa Ferran Guardiola, en la esquina entre las calles de Muntaner y del Consell de Cent; las plazas Monumental y de las Arenes; algunos panteones del cementerio de Montjuïc; la decoración de los techos del Palacete Albéniz, o los esgrafiados de los comedores de la Fonda Espanya, en la calle de Sant Pau, son algunos de los vestigios que todavía perduran de la moda orientalista que estuvo tan presente en Barcelona entre mediados del siglo XIX y los primeros años del siglo XX.

Oriente es un término impreciso que empezó a emplearse en Europa para definir varias regiones y culturas que se pueden englobar, a grandes rasgos, entre Egipto y el mundo musulmán —lo que se acostumbra a denominar Oriente Próximo—, y el continente asiático. De alguna manera también servía para poder definirse a sí misma como Occidente.

El interés de Europa por el mundo oriental viene de muy lejos. Desde hace siglos productos como el té, la porcelana china, la seda o las especias eran bienes preciados en las ciudades europeas, muy interesadas también por las indianas, un tipo de tejido de algodón originario del subcontinente indio que dio pujanza económica al Imperio mogol, que dominó hasta principios del siglo XVIII. Fue precisamente a partir del segundo tercio de ese mismo siglo cuando empezaron a surgir las fábricas de indianas en Barcelona, lo que supuso la aparición de la industria moderna en la ciudad.

En Barcelona, tradicionalmente bien vinculada desde un punto de vista comercial a diversas ciudades portuarias del Mediterráneo, la atracción por el mundo oriental surgió con fuerza a partir del derribo de las murallas, en 1854, y la urbanización de L’Eixample proyectado por Ildefons Cerdà. La ciudad se expandía territorialmente, crecía demográficamente y se abría al mundo. Y poco a poco se iban viendo manifestaciones públicas de interés por el Oriente Próximo. Así lo demuestran el estreno de óperas como La Africana, en 1866, o Aida, en 1877, o los trajes de los bailes de disfraces de aquella época.

La moda, las costumbres y las artes se extendieron a la arquitectura, coincidiendo con una época de bonanza económica, con una burguesía enriquecida que empezaba a levantar sus casas en el paseo de Gràcia y en las calles de L’Eixample, pero también en algunos otros puntos de la ciudad. Tras el interés por el Oriente Próximo, la ciudadanía descubrió Asia y, sobre todo, la China y el Japón, hasta el punto de que apareció una corriente denominada japonismo, al que en el año 2013 dedicó una exposición el CaixaForum.

La fascinación por el mundo oriental tuvo uno de sus puntos más álgidos con la Exposición Universal de 1888. El recinto de la muestra acogió una casa japonesa que fue traída expresamente de Tokio, y los pabellones del Japón, la China, Egipto y Turquía estaban llenos de objetos y productos orientales que atrajeron la atención del público.

En el paseo de Gràcia y en los entornos más próximos llegó a haber hasta una decena de edificios de estilo oriental, y la calle de Ferran se llenó de tiendas de productos de Oriente. Entre los años 1860 y 1912, en esta calle, en las paralelas de la Lleona y de los Tres Llits y en la plaza Reial, hubo hasta quince comercios con nombres como Depósito de Géneros de China, El Mikado o El Imperio del Japón, por ejemplo.

Paseando por las calles de Barcelona todavía se pueden ver algunos edificios que recuerdan esta fascinación por el Oriente. Aparte de los ya citados al principio, existen otros, como los Pabellones Güell, en la avenida de Pedralbes; el recinto modernista del Hospital de Sant Pau, o el paraninfo de la Universidad de Barcelona. Toda esta información está recogida en una de las guías de historia urbana editadas por el Museo de Historia de Barcelona (MUHBA), que incluye un mapa con la situación de los espacios que todavía se pueden ver y con imágenes y la ubicación de los que han desaparecido.